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El podemicidio

Llevan en crisis desde hace prácticamente un año, desde el mismo momento en que se alejó, quizá para siempre, la posibilidad de hacerse con el poder. Como los matrimonios que ya están rotos, se dieron una última oportunidad antes de pasar al juzgado. Fue con motivo de las elecciones de junio. Pero ya no era lo mismo. Una campaña de cartón piedra con corazoncitos y lágrimas de cocodrilo, demasiados en la misma cama y una insoportable sensación de deja vù durante aquellos mítines primaverales que eran una repetición en clave de tragedia de los que les habían llevado en volandas un año antes hasta los ayuntamientos.

Del Podemos de aquella jornada fundacional en el Teatro del Barrio de Lavapiés no han pasado tres años, ha pasado una eternidad. En aquel momento no eran más que un grupo de activistas muy conocidos en los ambientes de la extrema izquierda capitalina. Solo Pablo Iglesias era relativamente popular para el gran público gracias a las tertulias televisivas, en las que empleaba un lenguaje punzante y justiciero que, con el paro en el 24% y la crisis económica enfilando ya su séptimo año, llegaban a muchos hogares como un mensaje de redención colectiva.

Hoy son diputados nacionales, europeos y autonómicos, senadores, concejales y alcaldes. Nadie se había instalado tan rápido en España desde la jubilación masiva de la Transición, cuando dos generaciones enteras pasaron a retiro mientras los penenes de Suarez y los parricidas de Suresnes se acomodaban en las Cortes y en todos los resortes de poder del país. El problema de la tropa podemita es que su asalto ha sido infructuoso. A estas alturas se veían ya como los dueños del cotarro pero en la noche triste del 26 de junio todo se vino abajo.

A partir de aquel momento el Camelot perroflauta cuyas evoluciones mediático-políticas habían maravillado a España se quebró sin remedio. Los números les cerraban la puerta de la Moncloa. Habían perdido un millón de votos en seis meses, el PP, por su parte había ganado 700.000 y los socios del PSOE, los que iban a franquearles las puertas del Olimpo, se quedaban como estaban. Y donde fue miel, hubo hiel. Al principio todo se limitó a cuestiones de mera estrategia, luego de enmiendas ideológicas y, al final, desavenencias personales. Lo primero y lo segundo pueden llegar a arreglarse, lo tercero no. Nadie olvida ni perdona una ofensa personal. Y en Podemos las coleccionan. 

Desde hace meses los de la sonrisa hacen honor a su nombre y se enuncia en plural. Cada bandería tiene su propio equipo que hace la guerra por su cuenta, incluyendo en esta guerra la de la financiación. Las suscripciones populares, los célebres crowdfunding de los primeros tiempos, hoy ya no van a la misma caja. Hay un Podemos nuclear en torno al líder máximo, otro que rodea al todavía primer oficial de a bordo, otro más que encarna a los Anticapitalistas y sus anticapitalismos, otros, a veces varios por región, que pastorean al rebaño autonómico. Las confluencias eran una ventaja para asaltar el castillo, pero como no lo consiguieron hoy esas confluencias son divergencias

En Cataluña Ada Colau, que desde los inicios miró con cierto desdén a los philosophes de la Corte, siempre fue a lo suyo. Tiene casi un millón de votos que son enteramente de su propiedad, o al menos eso es lo que ella cree. Ídem en Valencia o en Galicia. En esta última la llamada En Marea, un refrito de no menos de nueve partidos que van desde el nacionalismo hasta el ecosocialismo decrecentista, es un hervidero de intrigas desde hace meses. Así no hay quien gobierne nada.

Pero es en Madrid, rompeolas de todo lo que sucede en España, donde han llegado a las manos y donde tendrá que deshacerse el entuerto. Los pablistas quieren reeditar Izquierda Unida pero con 70 escaños. Tienen que ser, eso sí, 70 escaños reales que obedezcan ciegamente al líder. Los errejonistas se inclinan por la táctica griega. Acercarse al PSOE ahora que está debilitado y fagocitarlo. Así conseguirán la ansiada centralidad del tablero y podrán gobernar en 2020 o en cuanto se les presente la oportunidad. Los anticapitalistas, por su parte, muy fuertes en Andalucía, llaman a la “desobediencia” (sic). Ya me gustaría ver su cara si mañana a los contribuyentes nos diese por desobedecer y dejamos de pagar esos impuestos de los que muchos de ellos viven ahora.  

En otras circunstancias o con un partido ya asentado la rebelión errejonita hubiese durado menos que una estufa de madera. Pero las circunstancias no son las normales y el partido no es propiamente un partido. Si son hábiles saldrán fortalecidos porque, contra todo pronóstico, las disputas internas no les están penalizando en intención de voto. Pero en política no terminan los más habilidosos sino los más malvados. En Vistalegre se despacha algo más que una cuestión meramente política. Se despachan cargos bien remunerados, canonjías y todas las prebendas que trae el vivir en las cercanías del poder. Matarán por ellas y por ninguna cosa más.