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El relator de la ONU se equivoca

La falacia de la evidencia anecdótica supone sacar conclusiones generales únicamente a partir de una muestra reducida y sesgada de observaciones particulares. Si uno solo se pasea por las calles de Las 3000 Viviendas, llegará a la conclusión de que España es un país donde la pobreza se halla masificada; si uno solo se pasea por las calles de Pozuelo, creerá en cambio que la pobreza es inexistente en nuestro país: en ambos casos, empero, se tendría una visión parcial e incorrecta de la realidad del conjunto de España. Y para evitar tal visión segmentada disponemos de la estadística, entre cuyos cometidos se encuentra justamente el de realizar inferencias poblacionales a partir de amplias muestras aleatorias y siguiendo procedimientos mucho más robustos que la mera generalización a partir de observaciones particulares.

De ahí que todo el eco mediático que se le ha dado al relator de la ONU, Philip Alston, y a sus declaraciones sobre la situación de la pobreza en España esté en gran medida injustificado. No porque las observaciones específicas que haya efectuado tras haberse recorrido durante dos semanas y media algunas zonas de España no reflejen la realidad que él ha visto en primera persona, sino por inferir a partir de esas observaciones parciales conclusiones generales acerca de la evolución de la pobreza en la totalidad de España.

A la postre, el mensaje fundamental de Alston es un mensaje equivocado: a saber, que la pobreza se ha estancado en España porque los frutos de la recuperación se han concentrado en las empresas y en los más ricos. “Durante mi visita de casi dos semanas a España, me ha quedado muy claro que la recuperación económica que tanto ha ayudado a algunos ha dejado a mucha gente atrás, y que se ha hecho muy poco para la gran mayoría de este último grupo (…) La gente se siente abandonada por buenas razones. Los beneficios de la recuperación han afluido mayormente a las grandes empresas y a los ricos”. Un relato característico de Podemos que, sin embargo, casa muy mal con los más generales y fiables datos que nos proporciona el Instituto Nacional de Estadística.

Primero, la tasa de riesgo de pobreza y exclusión social ha descendido sostenidamente en España desde el año 2014: en aquel momento afectaba al 28,1% de la población, mientras que en 2018 cerró en el 25,6% (todavía por encima de las tasas previas a la crisis, del 22,7% en 2008, pero con una trayectoria claramente a la baja).

Segundo, los ingresos que más han aumentado entre 2014 y 2018 (tomando como referencia las rentas del ejercicio precedente, esto es, entre 2013 y 2017) han sido precisamente los de los deciles más bajos: en particular, el límite inferior del segundo decil ha crecido un 20% en ese período, más del doble que el del décimo decil.

Tercero, si en lugar de medir la evolución de la renta por deciles y sin tener en cuenta la movilidad social (al alza y a la baja) de las personas entre esos deciles, estudiamos cómo han cambiado los ingresos de los ciudadanos desde 2013 (y con independencia del decil en el que se encontraran años después), comprobaremos que la recuperación ha beneficiado de manera aún más notable a las personas que en aquel momento se encontraban en los deciles más bajos de la sociedad: concretamente, la renta de quienes en 2013 se hallaban en el primer decil en 2013 ha aumentado más de un 91% frente al decrecimiento del 2,6% de quienes se encontraban en el décimo decil.

Y cuarto, debido a todo lo anterior, la desigualdad en España no ha hecho más que descender desde que comenzó la recuperación: el índice Gini ha bajado desde 0,347 en 2014 a 0,332 en 2018 (su menor nivel desde 2009) o desde 0,317 en 2014 a 0,304 en 2018 (su menor nivel desde 2008) si tenemos en cuenta el valor de los servicios que proporcionan las viviendas a sus propietarios. Asimismo, los ingresos del 20% más rico han pasado de equivaler a 6,8 veces los ingresos del 20% más pobre en 2014 a equivaler a 6 veces (su nivel más bajo desde 2009).

En definitiva, no es en absoluto cierto que, como sostiene el relator de la ONU, la recuperación económica solo haya beneficiado a los más pudientes y que, en consecuencia, las situaciones de pobreza se hayan enquistado dentro de la economía española: al contrario, desde que se reanudó el crecimiento económico y la creación de empleo en 2014, las personas con menores ingresos han recibido —vía generación de empleo— gran parte de los frutos de esa recuperación y, merced a ello, sus condiciones de vida han mejorado de un modo apreciable.

No se trata de negar, claro, la existencia de bolsas estructurales de pobreza dentro de nuestro país (muchas las cuales, dicho sea de paso, ya existían antes de la crisis económica), sino de rechazar que uno pueda generalizar su diagnóstico sobre la pobreza en el conjunto de España a partir de la observación parcial de esas bolsas extremas de pobreza. Que sigamos teniendo importantes retos por delante en materia de bienestar social no debería servir como pretexto para presentar una imagen distorsionada de la realidad. Tampoco para comprársela acríticamente a un relator de la ONU.