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El riesgo del coronavirus: caer en pánico y que aumente el intervencionismo

"Surrender, but don’t give yourself away”, Rick Nielsen.

La página web de la Universidad John Hopkins (lean) muestra que la tasa de mortalidad es bajísima. A cierre de este artículo, 83.774 casos, 2.867 fallecidos y 36.654 recuperados. Es normal que los medios se centren en las dos primeras cifras, pero creo que es importante recordar la última.

Los recuperados son más de diez veces los fallecidos. Es probable que, entonces, que el lector piense que las cifras de fallecidos son falsas y prefiera caer en el pánico, pero me permito al menos dejarles el estudio científico que muestra que la tasa de mortalidad en ciudadanos de menos de 60 años es menor al 1,3% y del 0,2% en jóvenes, y que en media es un máximo del 4% (The Epidemiological Characteristics of an Outbreak of 2019 Novel Coronavirus Diseases, febrero 2020).

En varios debates a los que he asistido en medios internacionales he coincidido con científicos que recordaban estos importantes factores para evitar el pánico y las exageraciones. Una vez más, recordemos a las víctimas y sus familiares y recemos por una rápida respuesta de la comunidad científica y una solución que, a buen seguro, se dará.

Pero el impacto económico es otra cosa. Las ramificaciones no son pequeñas. China ha cerrado 21 provincias que suponen alrededor del 90% de las exportaciones y el 80% del PIB. A cierre de este artículo, 13 provincias, que suponen alrededor del 51% del PIB de China han empezado a recuperar actividad económica, pero de manera muy lenta. La reacción de las autoridades en muchos países y el miedo a lo desconocido generan un importante retroceso en decisiones de inversión y en comercio internacional. No podemos caer ni en el pánico injustificado ni en la autocomplacencia de pensar, como leíamos en algunos análisis económicos en febrero, que esto se va a solucionar en un mes y en dos meses el crecimiento mundial se relanza.

Debemos ser cautelosos porque se va a utilizar el comodín del coronavirus para revisar a la baja estimaciones de crecimiento que ya eran demasiado optimistas en diciembre. Recordemos que el desempeño de economías como España, Francia, Italia, Alemania, Japón o China ya mostraba debilidad en el cuarto trimestre de 2019, antes de cualquier noticia sobre la epidemia. Las materias primas, que han entrado en corrección de manera muy fuerte en lo que va de año, ya empezaron el año con debilidad, sobre todo las ligadas al sector industrial y energético.

No podemos olvidar señales importantes como el índice de fletes de carga seca, que muestra la enorme sobrecapacidad global y el desplome en precio de dichos fletes marítimos.

En su análisis de Claves económicas, PricewaterhouseCoopers mostraba una estimación sobre el impacto económico global. Fijaba cerca del 0,7% del PIB, usando la metodología de la John Hopkins y McKibbins & Lee. Recientemente, Bloomberg elevaba el impacto a un billón de euros (casi el doble que el gráfico reflejado por PWC), ante la evidencia de que el impacto en materias primas, economía industrial y servicios va a ser mayor a corto plazo y la recuperación no va a ser en forma de V, sino más lenta. En ese entorno, es esencial recordar la debilidad de muchas economías, especialmente la eurozona, por el exceso de deuda, bajo crecimiento y altos escollos.

No podemos tampoco olvidar el impacto en mercados emergentes, que se enfrentan a más de 1,4 billones de dólares de vencimientos de deuda en dólares mientras el precio de las materias primas se desploma y el volumen de exportaciones cae a mínimos. Deutsche Bank analizaba las economías más expuestas y concluía que Corea del Sur, Japón y México serán los más afectados por este impacto, mientras que Estados Unidos, que exporta muy poco (11% del PIB más o menos) sale menos perjudicado.

El mayor error que se va a cometer es intentar disfrazar el impacto económico con más bajadas de tipos (el consenso ya descuenta un 68% de probabilidad de que ocurra) y más liquidez. Ninguna empresa va a invertir más por tener mayor represión financiera, y se percibe un exceso de complacencia en los gobiernos que ven poco movimiento en la prima de riesgo de sus bonos. Una combinación muy negativa.

Adicionalmente, lanzarse como promete China o Hong Kong a un programa de enormes elefantes blancos (proyectos de gasto público innecesarios) para disfrazar el impacto económico nos puede generar un efecto peor. Acelerar el estancamiento a la “japonesa”. Recordemos que Japón se gastó casi 6 billones de dólares en construir muchas cosas tras el pinchazo de su burbuja inmobiliaria y lleva camino de cuatro décadas de estancamiento tirando de deuda, tipos bajos e intervencionismo.

Estoy convencido de que tendremos una solución a esta epidemia, pero los tiempos de la economía real y de la ciencia no son los de los mercados. El exceso de pesimismo reflejado estos días solo puede explicarse por el imprudente exceso de optimismo que los agentes financieros teníamos a finales de 2019 y principios de año… cuando las bolsas alcanzaban máximos a pesar de conocer ya el impacto en China del coronavirus.

Es importante reducir las llamadas al pánico y a las teorías de la conspiración y también bajar los niveles de euforia monetaria que disfrazan el riesgo acumulado. En las próximas semanas teneos que empezar a pensar en importantes efectos como aumento de impagos, riesgos en países expuestos a grandes desequilibrios monetarios y comerciales, y analizar con calma. Pero si debemos aprender una lección es que ni podemos pensar que los bancos centrales van a disfrazar el impacto económico real, porque ya es evidente, ni tampoco pensar que un enchufe de gasto en monolitos y elefantes blancos financiado con más deuda todavía va a cambiar la tendencia de la economía.

Muchos lo llaman “incertidumbre”, pero tenemos mucha certidumbre. Este impacto será más largo de lo que le gustaría a la mayoría (a mí el primero), se va a intentar disfrazar con más represión financiera y monetaria y ahogar en un mar de gasto. Como en todos los episodios de pánico, uno de los mayores riesgos es caer en exageraciones y otro el de los gobiernos que, por dar sensación de hacer mucho y a lo grande, probablemente contribuyen a ese mismo pánico tomando medidas innecesarias, intervencionistas, cerrando la economía y disfrazando el riesgo con ladrillo.

Igual que en tantas otras epidemias, veremos una solución. Confío en la comunidad científica y las redes de colaboración global. Pero no lo olviden, se va a utilizar el comodín del coronavirus para cercenar estimaciones de crecimiento y empleo, culpar a un enemigo exterior, y presentar a ciertos gobiernos como la solución -con el dinero de los demás- tirando de ladrillo, deuda y gasto.