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Elecciones e impuestos

Cuando Jude Wanninski introdujo la teoría de los "dos santa", cambió la dinámica de la política estadounidense. En el pasado los demócratas hacían el papel de buenos, de Santa Claus, al recurrir al gasto público como reclamo político, mientras que los republicanos actuaban de apagafuegos, llamando a la responsabilidad fiscal; un discurso mucho menos atractivo, salvo en momentos de crisis. Ahora, sugería Wanninski, los republicanos también harían de santa, pero por el lado de la rebaja fiscal. Sus ideas, como las del resto de representantes de la Economía de la Oferta, influyeron en la actuación de Ronald Reagan, que rebajó los impuestos en 1981 y luego en 1986, con enorme éxito. El actual Presidente se ha apuntado sin remilgos a ser el santa de la bajada de impuestos, y está dejando para los demócratas el ingrato discurso que antes tenían que hacer los republicanos: el de la responsabilidad fiscal. Con un aumento del gasto público al que el Presidente no pone límites, una gestión improvisada y pobre del Irak posbélico, y un Patriot Act que se puede utilizar para mermar algunas libertades civiles, el de los impuestos es un aspecto de la política de George W. Bush en el que se puede defender con total soltura.

En su favor tenía no solo el respaldo teórico de la Economía de la Oferta, sino la historia. Las tres experiencias del Siglo XX en que se redujeron drásticamente los impuestos, en los 20’ con la reforma de Andrew Mellon bajo presidencia de Hardin, en los 60’ con John F. Kennedy y en los 80’ con Ronald Reagan los resultados fueron los mismos: una aceleración del crecimiento económico, un aumento de los ingresos fiscales, mayor empleo y una menor participación en los porcentajes de contribución fiscal por parte de las rentas más bajas. George W. Bush ha seguido la misma receta, en la coincidencia de una fuerte recesión con el peor atentado terrorista de la historia de los EE.UU. Una apuesta fuerte de la que ahora, precisamente cuando se acerca su posible reelección, Bush comienza a recoger los frutos. No solo la economía y el mercado laboral están recuperándose, sino que, como en las anteriores experiencias, el porcentaje de ingresos fiscales procedentes de las rentas más bajas vuelve a reducirse con la última rebaja impositiva. Se adivinaba ya con los datos de 2001, pero otros más recientes confirman que son ahora las rentas más altas las que más están contribuyendo, en favor de las más bajas. De hecho las reformas impositivas de la actual Administración han liberado del pago del impuesto sobre la renta a 7,8 millones de estadounidenses, entre los que menos renta generan.

Los impuestos son siempre un argumento electoral, y este año no es una excepción. Lo que sí resulta extraordinario es que uno de los candidatos, John Kerry, ha prometido acabar con gran parte de las rebajas fiscales del Presidente en ejercicio, sin que vaya diez o quince puntos por debajo en las encuestas. Quizás porque estas elecciones, las primeras desde el 11 de septiembre, no son como las anteriores. Su propuesta fiscal es sensiblemente peor que la del republicano, ya que no está al servicio de cuatro sanos principios que informan la reforma prometida por George W. Bush: No desincentivar en exceso el riesgo y el éxito, evitar los incentivos perversos por determinados sectores o prácticas de ahorro e inversión, favorecer el crecimiento, y hacer el sistema inteligible, o incluso sencillo.

Es una pena que ninguno de los dos candidatos, ni si quiera el republicano, haya dado el paso de proponer un sistema impositivo basado en una tasa marginal única. Paradójicamente, es el sistema impuesto en Irak y está funcionando con gran éxito.