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En la política española falta equipo

Ya terminaron todas las elecciones de la temporada. Todavía con la resaca provocada por la larga campaña, los fichajes sorpresa de última hora, y todo el circo que hemos vivido, tengo que reconocer que no me queda muy claro quién maneja el barco. O los barcos. Porque, quienes vivimos en Madrid y en otras localidades, tenemos una combinación de posibilidades enormes en cuatro ámbitos diferentes. Por un lado, está la Unión Europea, luego está el gobierno de la nación, en el tercer nivel está el gobierno de la Comunidad Autónoma y, finalmente, casi el más importante porque sus efectos los padezco cada día, está el barco de la ciudad de Madrid, que tampoco tiene patrón en estos momentos.

En estas circunstancias, el presidente del Gobierno, desde Bruselas, ha pedido al Partido Popular y a Ciudadanos que, por favor, afinen su estrategia para que se pueda gobernar el país y no demos una mala imagen a nuestros socios europeos. De momento, que un personaje como Pedro Sánchez venga dando moralinas de “imagen” me hace sonrojar. Sin embargo, es cierto que pueden darse situaciones muy comprometidas que pongan en entredicho (otra vez) la seriedad de la democracia española.

Podría pensarse que cada partido va a mantener una estrategia única, de manera que los ciudadanos pudiéramos anticipar qué va a ser de nosotros. Pero no. Lo más probable es que el criterio del Partido Popular de Murcia y el de Madrid, o que la decisión de pactar de Ciudadanos en Zaragoza y en otro lugar de España, no tengan nada que ver. Las variaciones son infinitas. En Madrid, concretamente, los medios de comunicación anticipan un gobierno pepero si logran pacta con Ciudadanos y Vox. De esta manera, echarían a Carmena. Sería la única manera de desbancar a la izquierda. ¿Podría pensarse en un mejor escenario para el centro derecha madrileño? Sí. Para muchos votantes de Vox es preferible resarcirse de los desprecios perpetrados por Ciudadanos durante la campaña. ¡Que viva Carmena!

Esta actitud no es la única insospechada desde mi ingenuo punto de vista. Albert Rivera dijo repetidamente en campaña que no pactaría con Sánchez de ninguna manera. También dijo que, a la ultraderecha, ni agua. Sin embargo, ahora se abre a pactos puntuales con el PSOE, no necesariamente con Sánchez a nivel nacional, pero sí en concreto con candidatos del PSOE a nivel local y regional. Con la misma lógica se plantea llegar a acuerdos con la derecha “sin excluir a Vox”. La andanada de improperios hacia Rivera y sus muchachos en las redes sociales ha sido importante.

Por un lado, los despechados de Vox. Por otro, los peperos más puristas. Todos ellos sumados a los socialistas que afean a Rivera no tener convicciones. Como si Sánchez fuera un ejemplo de coherencia ideológica.

Desde mi atalaya abstencionista, con derecho a opinar porque pago impuestos, con los que, por cierto, se financian los partidos políticos que ustedes votan, creo que hay un problema de equipo. Creo que cada cual tiene un norte diferente al que dirigirse. Y eso aplica también a la actitud frente a la Unión Europea.

¿El objetivo es sacar pecho y resaltar la importancia de ser en algunos lugares el partido que decanta el fiel de la balanza a un lado o a otro, como parece querer Vox? ¿El objetivo es desbancar a la izquierda como parece predicar el PP? ¿Para qué? ¿Para reducir el gasto y bajar los impuestos? ¿Cómo Gallardón en Madrid o como Rajoy en el gobierno de la nación? ¿El objetivo es que gane el bando no independentista y seguir presentándose como el muro de contención catalán? ¿Acaso el problema no es que sin esa etiqueta Ciudadanos pierde su esencia y queda retratado como un partido insípido?

Un control de las acciones del Gobierno

En este escenario en el que los radicales no quieren ser llamados radicales, ni de izquierda ni de derecha, y todos excepto Pablo Iglesias se declara liberal, atisbar en qué van a quedar las cosas es harto difícil.

Pero ¿qué sería lo conveniente desde mi punto de vista? Yo soy partidaria de un control exhaustivo de las acciones del gobierno, sea en el ámbito que sea. El multipartidismo debería implicar que no tuvieran más remedio que vigilarse los unos a los otros. Cada cual está apuntando lo que dicen y hacen los demás para arrojárselo a la cara. Eso, en mi opinión, garantiza a los españoles que, aunque sea para no ser pillados, los políticos se tienen que “comportar”. Pero, también es cierto, conlleva el riesgo de que se bloqueen las decisiones y no se pueda gobernar.

El que cada partido político estudie las posibilidades y la coherencia de un pacto en casos concretos no me parece tan descabellado. No es mi ideal (no voto por algo) pero es propio de la política. Un diputado autonómico del PSOE de Cuenca probablemente es un tipo más honrado y menos “viciado” que Sánchez. Esta premisa, que es aplicable a Ciudadanos y al Partido Popular, no está clara en el caso de Vox, cuyos representantes locales a veces proceden de filas mucho más carcas y rancias que alguien como Iván Espinosa de los Monteros, por poner un ejemplo que conozco. En el caso de Podemos, desde mi punto de vista, son todos homogéneos: llevan la agenda común de la izquierda radical populista a nivel internacional.

El fenómeno que se observa cada vez más en las redes sociales es la aparición de los “ofendiditos” de Vox que, en lugar de reclamar a sus líderes que muestren su gran capacidad para gobernar (ya que aspiran a conducir a la nación española por el camino recto), se rasgan las vestiduras y se arrancan los cabellos ante la posibilidad, tan común en la cosa política, de pactar con el menos malo para evitar que triunfe el peor. Hombre, pues para ese viaje no se necesitan alforjas.