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¿Estaríamos mejor sin una Unión Europea como la conocemos?

Hace relativamente poco tiempo habría sido impensable plantearse una Unión Europea que pudiera constituirse como una institución diferente a la que conocemos, ese aparato burocrático descomunal que va tomando posiciones en nuestras vidas de ciudadanos de a pie. Desde que formamos parte de ella, la sociedad española ha asistido a la evolución de la UE: políticas cada vez más centralizadas, ámbitos de actuación cada vez más amplios, una comunidad creciente, y finalmente, una vocación de encontrar soluciones colegiadas entre todos y para todos. Hasta ahora. El cambio, probablemente, comenzó cuando Yanis Varoufakis retó a la “troika” con no devolver la deuda para evitar perjudicar a sus pensionistas. Pero esa fiebre pasó. Fue cuando Varoufakis se retiró del proyecto griego al sentirse traicionado por Alexis Tsipras y sus concesiones a la UE.

El siguiente en la lista es el Reino Unido. La imprevisible victoria a favor de la salida del Reino Unido de la Unión Europea y el desarrollo de una hoja de ruta de la misma aún es un proceso activo. En este tiempo se han hecho (y se van a seguir haciendo) todo tipo de cálculos para anticipar qué sectores se van a ver perjudicados, cuál va a ser el coste real del Brexit, etc. Pero, sobre todo, ha sentado un precedente. Los más escépticos respecto a la deriva centralista de la Europa de los 27, como yo, ya somos capaces de visualizar el abandono por este país o el otro, de la Unión, por diferentes razones, al menos sobre el papel. A pesar del aumento de los 'remainers', para quienes los pros pesan más que los contras, la posibilidad de que los miembros de la Unión Europea nos podamos relacionar de otra manera está en las mentes de mucha gente.

No obstante, es la crisis de inmigrantes, en general, y de refugiados, en particular, y no tanto la economía, lo que está dividiendo opiniones. No es un problema nuevo. Se ha ido difiriendo en el tiempo, entre reuniones, compromisos que ya se cumplirán, y algunos países que se ven más afectados que otros. Por ejemplo, Italia. Pero, ahora, el presidente italiano se ve con fuerza como para declarar, tras la reunión con los socios europeos en Bruselas, que cumplirán con las regulaciones europeas, o tal vez no, dependiendo si eso perjudica a los italianos. Sus compatriotas le premian con subidas en las encuestas de popularidad. La propia Angela Merkel tiene problemas internos en su coalición de gobierno por este tema.

Así las cosas, la política comercial estadounidense, las amenazas arancelarias de Donald Trump, están forzando medidas revanchistas de la misma índole por parte de la Unión Europea. China también se ve afectada. Trump está anunciando una guerra comercial. Y eso implica una enorme dosis de incertidumbre.

¿Qué pasaría con la economía española si, como imaginan cada vez más europeos, la UE se transforma en una institución distinta? ¿Qué sucedería si nos desvinculáramos parcialmente de ella o si, eventualmente, desapareciera? Atendiendo a las cifras del año 2016, dispondríamos de 9.564 millones de euros más, que dejaríamos de abonar a la UE. Pero también dejaríamos de percibir 11.593 millones de euros en forma de proyectos agrícolas, de infraestructuras, proyectos sociales, etc. El saldo sería deficitario. Pero de todas formas, esos proyectos, aparentemente necesarios, tanto como para merecer ser financiados por la UE a día de hoy, habrían de ser financiados y gestionados por el Estado español o por las Comunidades Autónomas. Y, sinceramente, creo que serían más ineficientes. Somos un país con una hacienda pública históricamente manirrota. No somos los únicos, eso es cierto.

Esta necesidad de que nos sujeten con rienda ajena, entre otras cosas, explica que muchos españoles se entusiasmen con el proyecto de Unión Bancaria. En la rueda de prensa posterior a la cumbre de Bruselas, el presidente Pedro Sánchez, que iba de estreno, reconocía que apenas se había progresado en el tema de la Unión Bancaria ni en la reforma del euro, que son temas muy relevantes y en los que España tiene una posición a favor de “sí a todo y antes mejor que después”. Habrá que esperar. ¿Por qué?

Porque lo que antes era una mirada de reojo tratando de disimular la desconfianza hacia quienes gestionamos mal la crisis y la recesión, con el problema de los refugiados ya no hay disimulo posible. Los países que abran más sus fronteras van a tener que aumentar el gasto público. ¿Quiere decir eso que van a tener que compartir riesgos financieros aquellos países que rechazaron inmigrantes y refugiados precisamente para no perjudicar sus cuentas y su estabilidad? Pues parece que, de momento, no están dispuestos a ello y prefieren esperar.

España, por su poca costumbre de exponerse a la competencia, por su dependencia exterior, por su repetida falta de disciplina gubernamental, no puede permitirse el lujo de cuestionar su pertenencia a la Unión Europea. Italia, con un sistema bancario problemático, pero una industria más competitiva, parece más dispuesta. Alemania, en general, es europeísta y sus votantes no son egoístas. Pero tampoco son idiotas: no quieren financiar a los estados del sur si no demuestran su responsabilidad.

¿Qué puede mantener unida a la Unión Europea? Curiosamente, Donald Trump, que parece haberse ofrecido voluntario como “enemigo común”. La necesidad de responder y actuar frente al proteccionismo estadounidense con una sola voz puede contemplarse como una buena razón para la unidad. Pero también puede elegirse la otra opción: presentarse ante el mercado internacional como un país con vínculos europeos pero sin la rigidez de la UE y buscar alianzas bilaterales. Una alternativa que requiere una mentalidad librecambista y una madurez económica improbable en España. Una pena.