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Fiesta lúgubre por el fin de ETA

En el día de hoy, cautiva y desarmada la sociedad española, ha alcanzado la organización socialista revolucionaria vasca de liberación nacional sus últimos objetivos políticos. La guerra ha terminado.

Este es el mensaje que ha comunicado la banda terrorista ETA este jueves, en el que habla de su disolución. Está escrito con un sentimiento de plena satisfacción, de orgullo por todo lo hecho y de gran optimismo por la consecución de sus objetivos, a los que no ha renunciado, ni tiene motivos para hacerlo. Es el parte del final de guerra de un bando victorioso. Todo en el comunicado es un insulto a la gente de bien, poca o mucha, la que quede en España.

Al mal hay que mirarlo a la cara. Y es lo que propongo hacer aquí. Vamos a adherirnos al texto de la ETA para darle contenido real a sus palabras. ETA es ahora lo que ha sido siempre, y sus objetivos no han cambiado. Su “militancia” da por terminados “el ciclo histórico y la función de la organización”, que ha llegado al final de su “trayectoria”. Son los medios que ha utilizado hasta el momento: el asesinato, el secuestro, el expolio, el terror que descendía hasta cada pueblo, hasta cada calle.

Han cumplido su función, la de luchar contra un “Estado jacobino”, y la de crear una conciencia entre los vascos de que son un pueblo distinto del resto de los españoles: “existe un pueblo vivo que quiere ser dueño de su futuro”. En el único detalle humano y educado del comunicado, la ETA le da las gracias al Partido Nacionalista Vasco por su contribución a este objetivo: “gracias al trabajo realizado en distintos ámbitos”. Hay un punto de la declaración, por cierto, que parece pactada con el PNV; ese en el que promete que la banda “no será más un agente que manifieste posiciones políticas, promueva iniciativas o interpele a otros actores”.

Detengámonos aquí un momento. Es preciso recordar que ya en 2011, ETA “renunció” a matar. Lo pongo entre comillas porque entonces, como ahora, la banda justificó sus crímenes y mantuvo incólumes los objetivos con los que los justificaban. Lo cual quiere decir que ni entonces ni ahora ha cambiado esencialmente nada. En las circunstancias propicias, la ETA volverá a recurrir a matar para conseguir lo que quiere. Mas lo cierto es que la decisión de la banda ha hecho que las circunstancias sean menos propicias para la vuelta al crimen político.

No es que no hubiese antes co ntestación social al terrorismo de ETA, pero ahora le costaría más a la banda volver a los charcos de sangre, en términos estrictamente mediáticos; es decir, democráticos. Y esa es la debilidad de ETA, que todos sus objetivos han de pasar por el filtro de la democracia española. Todo su programa político pasaba por condicionar el funcionamiento de las instituciones, la posición de los partidos políticos, el voto de los ciudadanos. Por eso siempre hemos podido derrotar a la banda por mucha sangre que derramase. Y por eso se detiene a agradecer al PNV su participación en su proyecto político.

Ese proyecto continúa. Lo explica el manifiesto diciendo que los asesinos y las asesinas “de ETA continúan con la lucha por una Euskal Herría unificada, independiente, socialista, euskaldún y no patriarcal”, que para matar con bombas lapa son muy valientes pero para sustraerse a la corrección política, no. Seguirán con la llama de ETA “en otros ámbitos”, es decir en la política.

Y llegamos a la clave del documento; la clave catalana. ETA interpele a España y a Francia (“los Estados”) y les dice que temen “la confrontación estrictamente política” y una “situación que provocaría una resolución integral del conflicto”. Es lo que más adelante la banda llama un “escenario democrático”. Y por si no ha quedado claro, se trata de “construir un proceso como pueblo”, gracias a la “activación popular” y “los acuerdos entre diferentes” (un nuevo guiño al PNV, y aquí también a Podemos) que materialice “el derecho a decidir” para “lograr el reconocimiento nacional”. Queda claro, ¿no?

El Estado, con el Rey a la cabeza, ha logrado parar el golpe de Estado en Cataluña. Rajoy, Don Julián redivivo, busca la forma de reconducir la situación al cauce de donde nunca debió haber salido, que no es el de la legalidad sino el de los pactos políticos. Ahora se le abre un segundo frente, el vasco, y ETA le pone en bandeja los términos para un gran acuerdo político, otra vez al margen de la ley y, sobre todo, al margen de la justicia.

Ahora ¿qué podemos esperar? ETA quiere blanquear su pasado y presentarse ante la sociedad como un actor democrático. La Iglesia vasca y navarra, uno de los actores políticos más abyectos de la reciente historia de España, ya se ha prestado. Tardó unos segundos en sacar un comunicado que daba cobertura, una vez más al grupo de asesinos vascos. Primero, porque hablaban estos católicos sin fe ni esperanza ni, desde luego, caridad, como vascos y navarros. Segundo, porque piden perdón para ellos para que el manto del perdón cubra también a los asesinos vascos. Tercero, porque estaba sincronizado con la declaración de ETA.

El PSOE, que desconoce tanto la vergüenza como la legalidad española y la propia nación, y con él Podemos y otros, se apunta a tender un puente que pase por encima de las leyes, en nombre de la paz y del entendimiento. Una paz que no es justicia y sí un entendimiento con criminales. Precisamente porque son lo que son, es necesario vestir a los dirigentes etarras con trajes de hombres de Estado. De “hombres de paz”, como el Otegi imposible de José Luis Rodríguez Zapatero. Los medios de comunicación que hacen negocio con la destrucción del país, asumen por su parte el lenguaje triunfalista de la ETA y plantean cebar la organización con más objetivos cumplidos.

Por eso vivimos una lúgubre fiesta por el fin de ETA. Primero, porque ETA no desaparece, sino que pasa por una metamorfosis que le permite ocupar las instituciones y condicionar, desde ellas, la democracia, las leyes, la sociedad, los jueces, todo. Todo lo que le dejemos controlar. Luego, porque vemos de nuevo al gobierno de Rajoy cediendo ante los enemigos de los españoles. Y, en definitiva, porque vuelve a sacrificarse la justicia en la mesa de negociaciones de los políticos. Y nuestro nombre, el nombre de España, quedará manchado por este inmenso oprobio.