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Frum-Bannon, el debate sobre el populismo

Munk Debates ha logrado algo casi imposible en nuestra sociedad, y es abrir verdaderos debates sobre los temas y las ideas que marcan nuestra vida. Las ayudas al desarrollo ¿hacen más daño que bien? La religión ¿contribuye al bien en este mundo? ¿Hará Donald Trump grande a América de nuevo? ¿Es la corrección política un progreso? El último debate tuvo lugar este mes, el día 2 de noviembre entre el canadiense afincado en los Estados Unidos David Frum y el ex “estratega” de Donald Trump, Stephen K. Bannon. Y la materia de su discusión es si el futuro de Occidente será populista o liberal.

Es un debate entre conservadores, o lo que se llama conservador en los Estados Unidos, que puede ser lo que en Europa llamamos liberal. Una asistente no se resistió a que no se oyera una voz de izquierdas, e interrumpió la intervención inaugural de Stephen Bannon pidiendo que se acallara su voz. La institución Munk es más seria que cualquier universidad, de modo que en este caso continuó el debate.

Como es normal, el extremista fue moderado y el moderado, extremista. En sus alocuciones iniciales. Frum y Bannon transmitieron no sólo sus ideas; también mostraron el modo en que querían relacionarse con el público. Bannon expresó sus ideas de forma tranquila y terminó haciendo un llamamiento al público a que le escuchara. Hubo un momento en el que dijo que el nacionalismo de Donald Trump no entiende de razas o religiones, o preferencias sexuales, y fue interrumpido por parte del público que apenas podía refrenar su estupefacción. Y Bannon hizo ver que entendía la discrepancia, pero que si el público le prestaba atención acabaría convenciéndoles. Y el envidiable ingenio de Frum fue duro y mordaz, no con su rival ideológico, por el que mostró respeto personal, sino con sus ideas y, sobre todo, con Donald Trump.

¿Y las ideas? Bannon expuso sucinta y eficazmente el relato populista. Hay grandes enemigos del pueblo americano, más poderosos que Hitler o Stalin, pues han llegado a humillar al país como nunca antes en su historia. Y esos enemigos son “la élite”, “el partido de Davos”, frente a la cual hay una ola, una revuelta que llamamos populismo, y que se enfrentará a esos poderes que sólo se sirven a sí mismos.

Frum dijo que lo que ofrece el populismo es rabia y miedo, sentimientos que son las vías comunicantes entre un “ellos” y un “nosotros”, dos realidades sociales clara y nítidamente distintas, contrapuestas en sus intereses, y entre las cuales media el sistema. Un sistema que ya sabemos a quién sirve, “ellos”, y de quién se sirve, “nosotros”.

El sistema está corrupto, pero hay unos pocos líderes que se han zafado de sus tentáculos y que tienen el coraje de decir la verdad frente al poder y de defender al hombre común. La mujer que va todos los días a trabajar y se pregunta cómo pagará las facturas este mes, el hombre que pone la televisión y ve cómo una élite auto satisfecha le dice lo que tiene que hacer y pensar; ellos están hartos de tanta injusticia y han comenzado a levantarse, a rebelarse ante ese poder con rostros pero sin manos, porque las tienen debajo de la mesa repartiéndose los frutos de nuestro esfuerzo.

Los que hemos visto el surgimiento de Podemos no podemos sorprendernos de ese discurso. Y lo que dice Frum es que ya conocemos ese camino, y ya sabemos dónde nos lleva. Nos lleva a romper las instituciones que nos han hecho libres, a quebrar los consensos que nos permiten vivir en una sociedad compleja, abigarrada, cambiante, y a substituirlos por la barbarie. Y que ese hombre común es el que saldrá perdiendo de todo ello.

Sí, continúa David Frum ya en el intercambio entre los dos protagonistas, el sistema está en entredicho, se ve con desconfianza y parece no responder a lo que se espera de él. Por la crisis económica, quizás porque el consenso que lo ha sostenido durante décadas se ha quebrado, acaso porque el sistema ha prometido mucho más de lo que podía dar. Bien, reconozcámosle eso a los populistas.

Pero “los fallos de un buen sistema no son razón suficiente para irnos a un sistema perverso. Tenemos que renovarlo y repararlo”. Tenemos que elegir entre la reforma y la destrucción, entre la libertad y su opuesto. Y tenemos que elegir entre tener una sociedad que acepta a todo el mundo y tener otra que coloca a una parte en oposición a la otra, que construye una ciudadanía negando ese derecho a una parte.

En el terreno de la geopolítica, David Frum se aferra al internacionalismo liberal, que cree que hay terreno para el entendimiento de los países sobre la base del comercio y de la resolución de los grandes conflictos, como el terrorismo y las guerras. Mientras que Bannon adopta el paradigma hobbesiano, en el que los intereses de los países son conflictivos y se produce una lucha en la que la ganancia de unos es la pérdida de otros. Una lucha en la que impera una moral de supervivencia en la que uno ha de prevalecer sobre los demás; de ahí el America first.

La inmigración es uno de los grandes debates en el contexto del populismo, y Bannon no dijo ni una sola palabra al respecto. Frum le espetó que “eres un patriota si amas a tu país como es, no como imaginas que debe ser”, algo que valdría también para Pablo Iglesiasy su banda.

Una de las críticas más certeras de Frum a Bannon y el populismo es la de su carácter mesiánico. Pero es una crítica apenas sugerida, lo cual le permitió al ex asesor de Trump volar sobre su discurso esencialista e historicista: “Somos el cuarto movimiento de cambio de la historia de los Estados Unidos. La revolución, la guerra civil, la gran depresión y la segunda guerra mundial”. Donald Trump es un presidente “transformador”, dice Bannon, utilizando una de las palabras fetiche de nuestra izquierda. Y su legado, dice, estará ahí dentro de 10, 20, 30 años.

Frum le lanza críticas que valdrían asimismo contra la izquierda: “El populismo no es popular. Si tú crees como yo en la libertad de comercio, en que el gobierno tiene que responder ante el Parlamento. En que tenemos una sociedad diversa. Si crees que hombre y mujer pueden vivir juntos en igualdad y respeto. En un mundo basado en el respeto, no en el dominio de unos por parte de otros”, entonces no debes seguir el populismo de Bannon, pero tampoco (y eso no lo dice), el izquierdismo actual. Y Bannon tiene una respuesta perfecta para Frum: “Se trata del ciudadano de la calle frente a las élites. El futuro pertenece a los populismos, y lo único que podemos decidir es si serán de izquierdas o de derechas”.

Y lanza un misil contra la tradición conservadora en los Estados Unidos: “América no es una idea; es una nación. Tenemos una Constitución y una Declaración de Independencia de inspiración divina, pero eso no es lo que somos. Lo que somo es los deplorables. Es el hombre de la calle. Todo descansa sobre sus hombros. Ellos son el núcleo del movimiento populista. No son racistas, no son nativistas, no son xenófonbos”.

Y así, ganó el debate. Los asistentes al debate tenían que juzgar si era cierta o no la afirmación “El futuro de la política en Occidente es populista, no liberal”. Antes del debate, asentían ante esta afirmación el 28 por ciento de los asistentes, mientras que un 72 por ciento se oponía a esa idea. Terminado el intercambio de pareceres, un 57 por ciento de los asistentes pasó a creer que efectivamente el futuro es populista, por un 43 que todavía se aferraba a las tesis que defendía Frum.

Bannon tenía ganado el debate de antemano. ¿Cuál es el atractivo de defender que podemos mejorar nuestro sistema poco a poco, pieza por pieza, substituyendo lo que no funciona o aplicando mejores ideas en tal o cual aspecto del sistema? Ninguno. Es materia para libros blancos que nadie lee, artículos de prensa que nadie lee e informes oficiales que nadie lee. Sí hay espacio para el genuino debate de ideas, pero eso le interesa a unos cuantos; siempre ha sido así. Pero ¿cómo negar el atractivo de sentirse protagonista de un movimiento social que marcará la historia, al que pertenece un futuro que casi podemos tocar con las manos, que redimirá a la sociedad y arrebatará a los poderosos de su capacidad para seguir hundiéndonos? ¿Cómo vamos a quedarnos con la reforma del sistema, si es fácil verse como una víctima del mismo? ¿Qué racionalidad es posible cuando nos han enseñado a odiar?

El populismo de Bannon es la izquierda en la derecha, es la política identitaria, es la redención por los grandes líderes, es la visión del mundo como un conflicto permanente, es la vuelta del romanticismo y la dimisión del racionalismo. Decía Gottfried Wilhelm Leibniz que no hay causa sin razón suficiente, y algunos de los temas populistas son más ciertos que falsos; lo señalaba el propio Frum en el debate. Pero es un camino que hemos recorrido otras veces y que sabemos cómo acaba.