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Hacia la hiperinflación

Unos líderes racistas han visto las imágenes, y en lugar de vanagloriarse de que una figura mundialmente conocida preste pública atención al tubo aborigen, se ve que no lo han didgeridoo bien y se sienten muy ofendidos, porque dicen que el instrumento es de uso exclusivo de los hombres.

Labios rojos no ofenden, diría un caballero aborigen, pero la llamada de la tribu resulta de lo menos caballerosa. La ofensa es una de las armas culturales más despreciables, más opresivas y a la vez más liberadoras. Es liberadora, porque funciona como un disolvente universal, aplicada conveniente y abundantemente sobre ciertas convenciones, cuyo peso es en ocasiones tan enorme que justifican el sometimiento de la libertad al decoro, el buen sentido, el respeto a los sentimientos ajenos y demás.

Nosotros, los descreídos herederos de Occidente, hemos anegado nuestra cultura en el aguarrás de las ofensas hasta el punto de que criticar la cultura propia se ha convertido en algo de buen tono. El insulto ha llegado a extremos abyectos y despreciables, pero ha allanado el camino a la libertad de expresión. Muchos temen que la libertad desatará ese lado deleznable que tiene la naturaleza humana y resultará en un torrente de ofensas. Yo lo veo como que esas ofensas fortalecen la libertad de expresión más incluso que el daño que le puedan infligir. El Islam necesita décadas de ofensas, muchas más de las que puedan plantearse volar por los aires, ofensas desde debajo de las piedras, hasta que pasadas dos o tres generaciones alguien pueda decir por la televisión que no cree en la Palabra de Mahoma y volver a casa con el único temor de no tener ningún incidente en la carretera.

Aquí, donde el insulto y la ofensa han hecho ya su trabajo, se está haciendo de ella un instrumento para la opresión. No se tolera ningún comportamiento que pueda ofender a los demás (excepción hecha de la Iglesia Católica), y como el sentimiento de indignación es subjetivo, cualquiera puede hacerse el ofendido y pretender así prohibir las opiniones que a uno no le gustan. El nuevo delito de homofobia, que está de camino al Parlamento, es el último ejemplo de ello. Tenemos derecho a decir y hacer lo que nos de la gana, y quien se pica… ajos come.