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Hasta nunca, Obama

No se recuerda semejante escandalera desde que los norteamericanos eligen democráticamente a su presidente, y de eso hace ya más de doscientos años. La llegada contra todo pronóstico de Donald Trump a la Casa Blanca pasará a los anales de la historia política de los Estados Unidos. Y lo peor es que ese diablo con tupé que nos pinta la prensa todavía no ha empezado a gobernar. Lo hará esta semana con la tradicional inauguration en la explanada que se abre frente al Capitolio. Allí se escenificará la coda del obamismo al compás de una marcha fúnebre que los medios llevan dos meses y pico retransmitiendo a todas horas.

Los norteamericanos tienen motivos para celebrar el final de una época marcada por una crisis cerrada en falso y en la que han resucitado fantasmas familiares que se creían enterrados desde hace décadas. Los Estados Unidos no hacen hoy honor a su nombre. No están unidos. El país se quebró en algún momento durante el segundo mandato de Obama. Una división profunda que cristalizó durante las pasadas elecciones en forma de dos candidaturas pésimas que no gustaban a casi nadie, pero que eran la expresión viva del abracadabrante legado que Barack Obama deja a su país.

Los americanos son hoy más pobres que hace ocho años, están más endeudados y dependen en mayor medida de las dádivas del Estado. Las denostadas élites financieras, por su parte, han prosperado como nunca antes. El Dow Jones está hoy muy por encima de los años más calientes de la burbuja inmobiliaria. Los lobos de Wall Street, el 1% que quitaba el sueño a los niños de aquella acampada frente a la Bolsa de Nueva York, nunca habían ganado tanto dinero como con Obama.

Las deportaciones de emigrantes han alcanzado un récord histórico. En estos ocho años se ha expulsado del país a 2,5 millones de personas. Con razón los críticos le llaman el “deportador en jefe”. Trump tendrá complicado superar el listón, y no solo ahí, también en todo lo relativo a la seguridad de la frontera sur. Bajo la presidencia de Obama la verja con México ha seguido creciendo, especialmente en sofisticación, sistemas de videovigilancia, sensores de movimiento y nuevas dotaciones para las patrullas fronterizas. Si Trump se decide finalmente a construir el célebre muro simplemente estará completando la obra de su antecesor en el cargo.

Entretanto Guantánamo sigue abierto y operativo al ciento por cien. Su nueva política en Medio Oriente, la que iba a traer la paz y la concordia a la región tras los funestos años de Bush, se ha sustanciado en una sangrienta e inacabable guerra civil en Siria e Irak. Estados Unidos ha perdido peso específico en el mundo. Rusia, un país cuyo PIB es similar al de España, le torea y condiciona hasta las mismas elecciones. Su economía se ha convertido en adicta a las emisiones de deuda del Tesoro y muchos norteamericanos de todo el espectro ideológico están asqueados de serlo. La tierra de los libres y hogar de los valientes nunca había criado tantos complejos de culpa como en el último y malhadado octenio. Para un presidente que decía traer la esperanza y el cambio para la gente común no parece desde luego el mejor de los registros.

Los años del obamato ni siquiera han conseguido que el país mejore su popularidad más allá de sus fronteras. El antiamericanismo sigue gozando de idéntica buena salud que en los tiempos de Bush, Clinton o Reagan. Ha crecido incluso en algunas regiones como Oriente Medio, China o ciertas partes de Europa del este. El mundo, por añadidura, es un lugar más inestable, más incierto y menos seguro de lo que lo era en 2008. A Estados Unidos le costó medio siglo convertirse en la cabeza del mundo libre. Si siguen por este camino en menos de medio siglo habrán dejado de serlo.

Pero el verdadero daño no es ese. La política exterior se puede revertir con mano izquierda, unas cuantas firmas y voluntad de prevalecer. La economía se arregla aplicando reformas sencillas que no tardan en surtir efecto. Ahí tenemos los reaganomics de los ochenta como evidencia empírica. Pero lo otro no. Cuando una sociedad cae enferma de resentimiento y se engolfa en interminables querellas mutuas el tratamiento es más complejo y la cura se demora en el tiempo. El obamismo ha cabalgado furioso sobre causas como la raza, el género, el ecologismo y el pacifismo de boquilla, ensayadas todas a modo de tanteo durante la última etapa de la era Clinton pero que felizmente naufragaron juntas el 11 de septiembre de 2001.

Lo ha hecho impregnándolo todo de una nauseabunda corrección política que, como el cáncer, se ha infiltrado en todos los tejidos de una sociedad antaño sana, confiada, vitalista y risueña. Los frutos de esta división premeditada de la sociedad entre buenos y malos, blancos y negros, mujeres y hombres, ángeles demócratas y demonios republicanos, presuntas víctimas y supuestos verdugos, los tenemos a la vista. Trump es la resulta final de estos ocho años de pose buenista atiborrada de ideas caducas y, además, letales para una sociedad de personas libres. No se le echará de menos. Ni ellos ni nosotros.