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Hipocresía y astenia estatal

En lugar de intentar entender por qué tantas personas procuran pagar menos impuestos, el pensamiento único se aferra a la fabulosa falsedad conforme a la cual es la pura maldad egoísta de una minoría de indeseables la que nos está ocasionando a los demás toda clase de desgracias.

Por ejemplo, Jesús Maraña habló en InfoLibre, a propósito de los llamados papeles de Panamá, de

la gigantesca hipocresía del capitalismo financiero mundial. Es imprescindible conocer quiénes son los que ocultan su riqueza mientras los asalariados sostienen lo que aún queda del Estado del Bienestar. Conviene, sin embargo, no olvidar que el grueso del botín no está en las cuentas de esos famosos sino en los entramados societarios de empresas y bancos, asesorados por grandes bufetes de abogados y capaces de torcer la mano a gobiernos democráticos y a instituciones internacionales.

Es un notable diagnóstico, porque, como sabe cualquiera, la gente que quiere pagar menos impuestos ni son hipócritas ni forman parte de ninguna entelequia maligna como el capitalismo mundial. Los cineastas de izquierdas, o los políticos de Podemos, por ejemplo, no son gente perversa cuando abren cuentas en Panamá o cobran trabajos profesionales a través de sociedades: están intentando pagar menos impuestos, como millones de otras personas perfectamente decentes que hacen lo mismo, dentro o fuera de la ley.

Lo que no tiene sentido es decir que son malos, y que los buenos son los asalariados que "sostienen lo que aún queda del Estado del Bienestar". Y no tiene sentido porque los asalariados no lo sostienen porque lo amen y sean generosos y solidarios, sino simplemente porque no pueden evitar pagar los impuestos. Y los impuestos son muy elevados porque, al revés de lo que sostiene el señor Maraña, el Estado del Bienestar en absoluto ha sido recortado de manera apreciable, como bien saben los sufridos contribuyentes que, a la fuerza, lo pagan.

Menos sentido aún tiene la paranoia marxista que alega seriamente que el Estado es un mero títere de la burguesía, como desbarró don Karl. Si de verdad las empresas mandaran sobre los Estados, entonces habría impuestos muy bajos sobre las empresas y sobre las personas, puesto que a los capitalistas les conviene ganar y vender mucho: ganarán tanto más cuando más baja sea la tributación de sus empresas, y venderán tanto más cuanto más bajo sea el IRPF y más ricos sean, por tanto, sus clientes.

En ese caso, si bajaran los impuestos, llegaría un momento en el que ya no habría paraísos fiscales, porque habría desaparecido el principal motivo de su existencia, ese motivo que jamás es mencionado en los cánticos políticamente correctos: resulta que los impuestos son muy elevados fuera de esos refugios.