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Izquierda, patriotismo y republicanismo

Ciudadanos ha creado su tercera plataforma, sí, ciudadana. La primera fue concebida por varios intelectuales en Cataluña, y daba respuesta a la amenaza nacionalista a la democracia y la convivencia. Es el origen del partido que, tiempo después, y como antesala a su extensión por el resto de España, creó como marca blanca de la propia formación, o como lejía para su mal concebida alianza con Libertas. De aquél liviano manto no quedó una sola brizna, y hoy nadie se acuerda de él. Yo mismo he olvidado el nombre. Pero Ciudadanos confía en esa estrategia, y la repite, ahora con el nombre de “España ciudadana”. Quizá el creciente interés por el partido, el significado político de esta plataforma cívica, y su oportunidad, permitan que su olvido no sea tan instantáneo.

Albert Rivera, líder camaleón, va ahormando su discurso a la conveniencia del momento. Adolece de referencias ideológicas; baila sin gracia entre el liberalismo y la socialdemocracia, y sufre cada vez que tiene que proponer algo a los españoles, pues cada propuesta es una mueca en la tabula rasa, límpida, esférica, hueca, que permita evitar el principal argumento de la dialéctica democrática en nuestro país, que es el rechazo. No puede ser de otro modo en un país cohibido por el qué dirán, una encarnación cañí del observador imparcial de Adam Smith. Da igual, porque todo lo que no es izquierda es derecha, y para la izquierda resulta inadmisible.

Pero necesita perfilarse, adoptar una posición política, ofrecer algo que resulte atractivo para una porción importante de la sociedad. Tiene que ser algo. Y su breve historia le hace ser una referencia, hoy la única referencia, contra los nacionalismos que quieren desmembrar España. Esa posición dio vida a la plataforma que fue germen del partido, y es lo único que le ha otorgado sentido, razón de ser y atractivo.

La idea de nación está históricamente vinculada al moderno concepto de ciudadano. La nación la conforman los ciudadanos, dotados de derechos, como la participación en el proceso político o el respeto a ciertas libertades, y todo eso está en entredicho, tanto en Cataluña como (pronto lo veremos), en el País Vasco.

España sufre el desafío más grave para su continuidad histórica desde la Guerra Civil, y la cuestión nacional, la vieja cuestión nacional, es el linde que separa la democracia y el Estado de Derecho de la barbarie. No es necesariamente así, pero en estos momentos históricos, la continuidad del país está vinculada al sostenimiento de la democracia pluralista que tenemos. Una democracia mucho menos que perfecta, secuestrada por los partidos políticos, en la que la sociedad tiene pocos medios para resistirse a los abusos del poder, cierto es. Pero una democracia que hasta el momento ha evitado el sectarismo institucionalizado de la II República, y que es la alternativa con más opciones al régimen de 1978.

El destino de España no está en el Partido Popular. Tampoco en Ciudadanos. No está en Podemos, tampoco. Está en el PSOE. El partido que debutó en el Parlamento llamando al atentado personal contra el presidente del Gobierno, el que conspiró contra el régimen democrático en 1917, el que colaboró con la dictadura de Primo de Rivera para favorecer a su sindicato frente a la CNT, el que se rebeló contra la II República cuando llegaron las derechas al poder, el que buscaba la Guerra Civil desde el poder en 1936, el que entregó el control del gobierno al mayor dictador del momento, Stalin, el que flirteó con participar en un gobierno tras el golpe de Estado de 1981, el que subvirtió el Estado de Derecho con Rumasa y con el Gal, el que introdujo el modelo de corrupción que acabó triunfando, por todo lo alto, en España. Ese PSOE es quien tiene en sus manos el destino de España.

El PSOE no ha tomado aún la decisión de si España tiene más valor que el proyecto político de sus enemigos, que es un círculo vicioso entre corrupción y disgregación del país.

La izquierda, en España, ha combinado dos ideas que son demoledoras para nuestro país. Por un lado, el apoliticismo: la convicción de que la lucha por sus ideales quedaría comprometida por el espacio de negociación y transacción que es el sistema político. Y que, por tanto, sus esfuerzos han de pasar por destruir lo que hay para implantar su programa. Por otro, la convicción de que la historia de España, sus instituciones, el Estado y la Iglesia, su cultura, su pasado, han de ser objeto de demolición para construir un nuevo edificio sobre el solar que quede. Azaña fue muy explícito a este respecto en sus obras. Con menores pretensiones literarias o intelectuales, Alfonso Guerra también: “A España no le va a reconocer ni la madre que lo parió”.

España. Su nombre es maldito en la izquierda por todo ello, y por el éxito espectacular de uno de los proyectos políticos de Francisco Franco que es, también, una insidiosa y descomunal mentira: él es España, y sus enemigos son también los enemigos de España. Tal ha sido su éxito que estos se lo han tomado al pie de la letra; se han aliado con los nacionalistas, y han fomentado la visión pesimista y culposa sobre nuestro país.

Franco y sus enemigos han acabado por triunfar. Y la prueba es que esta democracia ha permitido, ha fomentado, el proceso de secesión en Cataluña. Una secesión que se llevaría por delante, muy probablemente, al actual régimen, de su cabeza abajo. Estamos en el momento decisivo. Es el momento en el que el PSOE tiene que tomar partido. Podemos y los nacionalistas, es decir los viejos enemigos de España, o Partido Popular y Ciudadanos como apoyos de este fracasado régimen, sí, pero también de la nación que lo sustenta.

No deja de tener gracia que sea el propio Alfonso Guerra quien haya dicho, en el minuto 93 del partido, que la izquierda tiene también que ser patriota. Y que “la unidad de España no es otra cosa que la igualdad de los españoles”.

Guerra dice que “los progresistas deben despojarse de prejuicios y proclamar su patriotismo”, pero él mismo se ve en la necesidad de disimular esta llamada a la izquierda de electoralismo: Ciudadanos, dice, “no sólo ha ganado en Cataluña, sino que se verá premiado en toda España por haber defendido un discurso español” en esa comunidad.

¿Puede hacerlo? ¿Puede la izquierda ser un apoyo del patriotismo, del amor por lo propio sin más, sin ideologías excluyentes y supremacistas, sin nacionalismo? Puede. Pero para eso tiene que encontrar referencias nuevas, y despojarse de discursos que le son muy queridos.

Yo creo que el camino que debe buscar la izquierda en España es el de recuperar la tradición intelectual republicana, que parte de Aristóteles, que alcanza sus mayores cotas intelectuales en la Italia de Maquiavelo y en Inglaterra, que informa la mayor creación política de la humanidad que es la creación de los Estados Unidos, y que es la espina dorsal de nuestra vecina Francia. El republicanismo hace del ciudadano protagonista de la vida social y política, y es compatible con los objetivos económicos y sociales de la socialdemocracia europeas. El ciudadano es defensor de la comunidad política, y por esa vía se puede llegar a un patriotismo republicano que sería muy beneficioso para nuestro país.