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La buena sociedad de la izquierda

Suena muy bien y muy liberal el que se conceda el derecho a las personas a ser como quieran; pero resulta extraño en un colectivista que enfatice las relaciones de las personas consigo mismas en lugar de las asociaciones de unos con otros.

Intenta aclararlo con sus propias palabras: "en la buena sociedad los ciudadanos deben poder ser lo que quieran ser, sin pasar por las experiencias dolorosas del desprecio y de la negación del reconocimiento". No sólo hay que poder alcanzar "la plena realización personal"; es crucial no sufrir por no gustar a los demás: y como parece sensato suponer que no se trata de atiborrar de analgésicos al personal para que no les duela el rechazo ajeno, habrá que aceptarlo todo, o quizás se permita sentirse disgustado por algo siempre que sea en silencio.

Ramoneda está preocupado por si la izquierda cae en la "aceptación incondicional del paradigma liberal" (risas) y la anima a defender "su herencia más sólida: el Estado de bienestar". Hemos pasado de respetar a los demás a la burocratización y la dependencia del Estado en sectores clave como educación, sanidad y pensiones. Pero demos un paso atrás: la "política asistencial" debe superarse y ser sustituida por el "reconocimiento", que resulta que se ejemplifica con "la ley de matrimonios homosexuales, la legislación de género o las regulaciones masivas de inmigrantes"; o sea que no se trata de que las personas se respeten unas a otras sino de que el Estado intervenga en todo lo que al socialista no le guste.

Hemos avanzado del sentimentalismo al materialismo económico: "reconocer al ciudadano su derecho a ser como quiera es otorgarle un cierto amparo tanto ante los vértigos de cambio". Y ¿cuál es ese amparo? Respuesta: "el derecho a un mínimo social garantizado, la renta básica, parece la última defensa para que la idea de igualdad tenga todavía sentido". Como la idea de igualdad tiene perfecto sentido si se refiere a igualdad ante la ley (y no mediante la ley), cabe preguntarse si este problema semántico se debe a incompetencia o deshonestidad intelectual.

La confusión entre permisos y garantías es típica del socialismo: se comienza reclamando que ciertas cosas dejen de estar prohibidas (perfecto si se trata de actividades pacíficas) y se termina exigiendo que se financien adecuadamente para asegurar su realización. El discurso de la legitimidad moral ("justicia social", "justicia distributiva") no es más que una excusa para ocultar el robo masivo que implica la confiscación y redistribución estatal de riqueza.

A Ramoneda no parece importarle la consistencia intelectual: habla de "autogobierno" y al mismo tiempo reclama que la izquierda lidere el cambio social para el progreso (que además hay que saber dónde está para dirigirse hacia allí) mediante la capacidad normativa de la política. Es difícil autogobernarse cuando los políticos ordenan a toda la sociedad hacia dónde deben ir.