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La cruzada socialista contra el vicio

Los individuos no son más que engranajes o herramientas de esta vasta maquinaria social. No pueden desviarse del camino trazado, pues ello dificultaría la consecución del fin colectivo. Imaginen que un engranaje dejara de girar en la dirección prevista: todos los planes se vendrían abajo.

En cambio, el liberalismo no busca imponer ningún fin social: los individuos deben ser libres para elegir los fines que les harán felices. Si acaso, el único objetivo común al que aspira el liberalismo es, precisamente, que las personas sean libres para marcarse y conseguir sus metas sin extorsionar al prójimo. Los individuos se juntan libre y voluntariamente con quienes consideran más adecuados, en un proceso de cooperación social. Ya no hay engranajes predeterminados: cada cual se inserta en el sistema que considera pertinente.

Por ello la izquierda, a diferencia de la derecha liberal, siempre ha sido inquisitorial (incluyo también en izquierda lo que tradicionalmente se ha conocido como "derecha no liberal", esto es, todo lo que Hayek denominaría "constructivistas", los socialistas de todos los partidos). A través del Estado, clasifican a ciertos grupos sociales como "viciosos", "desviados", "antisociales" o "insolidarios". El fumador es una lacra porque empeora las estadísticas de salud de los políticos; aquel al que le gusta la cerveza es un peligroso paria que encarece la sanidad pública por sus dolencias de cirrosis; el liberal que se opone a los impuestos es un salvaje ácrata que quiere acabar con la sociedad.

Los liberales, por el contrario, pueden despreciar ciertas prácticas de sus congéneres, pero no las reprimirá mediante la fuerza. Los que sean "viciosos", "desviados" o "antisociales" a los ojos de un liberal no corren peligro de ser enviados a campos de reeducación. Mientras no inicien la violencia contra otro ser humano, pueden estar tranquilos de poder continuar con sus actividades.

Y es que entre la izquierda y la derecha liberal aparece una diferencia esencial a la hora de tratar los problemas. Mientras que la izquierda es partidaria de reprimir aquellas conductas individuales indeseables, la derecha liberal recurrirá a la persuasión, la conversación y los lazos sociales para solucionar los comportamientos que le disgustan.

Por ejemplo, un socialista perseguirá al fumador de todas las formas posibles: imponiendo esquelas en los paquetes de tabaco, prohibiendo fumar en los lugares de trabajo, marginándolos en los bares, incrementando el precio de los paquetes o incluso llegando a prohibir el tabaco. Todo ello supone el ejercicio de la fuerza y de la violencia sobre un grupo de individuos.

El liberal al que le moleste que un amigo fume intentará convencerlo para que abandone tal práctica. No lo arrestará y lo recluirá en un centro de desintoxicación; su arma será la palabra insistente. El liberal no reniega de sus juicios morales, simplemente rechaza utilizar la fuerza para imponer su modo de vida.

Hecha esta pequeña digresión, comprenderemos perfectamente que Zapatero es de izquierdas. La subida de impuestos sobre el tabaco y el alcohol se enmarca en un contexto "remoralizador" de la sociedad a través del poder del Estado. La jugada neoinquisitorial es perfecta: anatematizamos a un grupo social, lo agredimos con más impuestos y justificamos esta violencia diciendo que redunda en beneficio de la sociedad y ¡de los propios individuos!

Dice Zapatero que "disuadir del consumo de alcohol y tabaco es de izquierdas". El fin social que nuestro presidente quiere implantar en España es la de una sociedad sana, deportiva, pura y sin vicios. No importa que muchos españoles se sientan felices fumando de vez en cuando un cigarro o bebiendo cerveza en las comidas. La felicidad de cada individuo es irrelevante para el político; sólo su cosmovisión social le resulta relevante.

Eso sí, confundiendo los términos y jugando a la demagogia, nuestro puritano presidente añade: "Lo que el Gobierno ofrece es más financiación, más recursos, y, por tanto, todo el mundo debe entender que debe ser fácil que haya entendimiento y acuerdo".

¿De qué entendimiento habla Zapatero? ¿Acaso tiene pensado preguntar a cada fumador si está dispuesto a pagar más impuestos para financiar la sanidad? Más bien parece que ZP se esté refiriendo a un diálogo con las distintas administraciones autonómicas; pero ¿qué clase de diálogo es ése? Los damnificados por la subida de impuestos no son los políticos autonómicos, sino los ciudadanos de a pie. Como hemos dicho, la izquierda no cree en el diálogo, sino en el uso de la fuerza. A ZP poco le importa que un individuo no quiera pagar más impuestos; no existe diálogo posible: como todo impuesto, será "impuesto" por la fuerza.

Y aquí entra en juego la táctica preferida por los neoinquisidores. El liberal nunca puede defender la imposición y la coacción sobre otros individuos, sin embargo la izquierda se ve "forzada" a hacerlo, ya que la represión se realiza por el bien del individuo. Fumadores y bebedores no saben lo que hacen, son prisioneros de sus instintos y de su adicción; necesitan un empujoncito del poder público para dejar de fumar.

Los fumadores, pues, tendrán que pagar más caro el tabaco que deciden fumar... por su propio bien. Ya se sabe, todos prefieren pagar precios más elevados. Lo que no entiendo es por qué el PSOE no coloca un impuesto sobre las películas de cine español para financiar la sanidad. Al fin y al cabo, los potenciales espectadores también estarán encantados de cubrir ese sobreprecio.

Pero, además, la subida de impuestos encubre una criminalización de los "viciosos". En el fondo, el argumento es: dado que los fumadores padecen más cáncer de pulmón y los bebedores un mayor número de cirrosis, hagámosles pagar más impuestos.

El razonamiento no es descabellado si no fuera porque transmite la idea de que fumadores y bebedores se aprovechan de algo que no es suyo. En realidad, el problema es que el Estado confisca el dinero de todos los españoles para financiar una deficiente y deficitaria sanidad pública. En caso de que el sistema fuera privado, aquellas personas que usaran con mayor frecuencia el sistema sanitario pagarían más.

Claro, la simplista generalización de que "todos" los fumadores usan más la sanidad pública no se mantiene por ningún lado. Los problemas de la sanidad española los ha causado la izquierda al sostener ideológicamente su provisión pública. Siendo ello así, la sobreexplotación del sistema será la consecuencia lógica. Si desligo totalmente el pago de la prestación, nada evitará que agote el sistema. Imaginen que el dueño de un supermercado les quita el 20% de su renta y, a cambio, les ofrece la posibilidad de coger tantos productos como ustedes quieran de los estantes del supermercado. A las pocas horas todos los bienes habrán desaparecido. Si, en cambio, ese canje la realizara un masajista, las colas a su consulta empezarían a multiplicarse.

Combinando estos dos efectos llegamos a la consecuencia natural de nuestra sanidad pública, incapaz de reducir costes y de proporcionar una consulta sin largas esperas.

Los problemas de este modelo de gestionar la sanidad no se resuelven atacando a un grupo de individuos cuyo pecado mortal consiste en no someterse a los parámetros estéticos de la izquierda gobernante, sino devolviendo la responsabilidad a los individuos mediante la privatización del sistema.

Pero ZP ha preferido seguir su política neoinquisitorial de represión a la disidencia para tapar las deficiencias de su ideología socialista. No ha optado por dar mayor libertad a los individuos evitando la subida fiscal y privatizando la sanidad. El fin común sigue siendo la conservación y ampliación del poder, explotando a unos para acallar a otros. En este caso las víctimas han sido los "viciosos" y los "depravados"; mañana puede ser cualquier otro que se oponga a la gran planificación socialista. Usted puede estar entre ellos.