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La prensa y sus mascotas

El viernes, 18 de enero un grupo de activistas negros, otro de nativos americanos y unos estudiantes de un colegio católico coinciden en el manifestódromo nacional, que es el Lincoln Memorial. Un pequeño incidente ha encendido al país durante dos días, tiempo suficiente para demostrar que los medios de comunicación no hacen su trabajo, o que lo que entienden como tal es aprovechar una brizna de realidad que les dé la razón para alimentar un discurso prefijado.

Un vídeo corto mostraba a un joven (Nick Sandmann) mirar con suficiencia a un indio americano de 64 años que interpretaba un canto tradicional con un tambor, mientras los compañeros de Sandmann se ríen y bailan al son de la percusión. Pero no es eso lo que despertaba la polémica, sino las dos manchas sobre los jóvenes de Kentucky: la racial (son blancos) y la política (varios de ellos llevan gorras con el acrónimo MAGA, que denota el lema de Donald Trump Make America Great Again). Pasa medio minuto, y la situación sigue. Unos pocos centímetros separan al hombre y al joven. Continúan con su actitud, impertérritos; uno cantando gravemente, el otro con una sonrisa que no se cae. El vídeo no dura mucho más. Ni una sola muestra evidente de racismo. Ni un acto violento. Un baile, unos iPhone con la cámara apuntando a los protagonistas, y una sonrisa. Eso es todo. Los chicos venían del Instituto Católico de Covington, en Kentucky, y acudían a una manifestación a favor de la vida.

Los medios han acostumbrado a la gente a cometer un error que es a su vez lógico y moral: hacer de la anécdota una categoría. No era sólo un gesto de desprecio de unos jóvenes hacia un señor en el otoño de su vida, sino los despreciables votantes de Donald Trump (a decir de Hillary Clinton), haciendo una orgullosa (y sonriente) exhibición de los atávicos prejuicios raciales contra las minorías. En ese momento, en ese vídeo, Nick Sandmann era cada uno de los 62.984.828 votantes de Donald Trump en las pasadas elecciones. Y su sonrisa, una cruel muestra de que los blancos de aquél país siguen sintiendo una superioridad sobre el resto de personas que pisan esa tierra.

El siguiente vídeo es el del hombre, Nathan Phillips, contando su versión de lo ocurrido: “Mientras cantaba, les oí decir: ‘Construye el muro, construye el muro’. Esta es una tierra indígena; nunca tuvimos muros aquí”. El sentimiento de indignación hacia Sandmann et al era ya sordo, cuando el país se enteró de que Phillps es, además, un veterano de la guerra de Vietnam. Un hombre eternamente ligado a esa tierra por el vínculo de sus ancestros, que la había defendido en esta guerra exterior, un hombre a quien debiéramos venerar, es objeto de las mofas de un grupo de chavales entusiastas de Trump.

Que los blancos votantes de Trump son racistas y utilizan el mal estilo de su líder político contra personas de otras razas, ya lo sabían los medios de comunicación. Pero ahora, por fin, tenían un vídeo que lo demostraba. Un vídeo como el de Rodney King y que podría provocar un terremoto político de igual magnitud. Que empiece la fiesta.

Kara Swisher (Periodista) lo expresaba con meridiana claridad: “Y a todos ustedes, amigos afligidos, que pensaron que este anuncio de Gillette era demasiado oprobioso para los hombres, después de que vimos que cobraba vida con esos niños horribles, con sus fétidas sonrisas burlonas, acosando a ese anciano (…). Que os jodan”. Debra Messing (actriz) tuitea: “Me avergonzaría y horrorizaría si fuera mi hijo”. Otra intelectual, Alyssa Milano (actriz), se dolía con estos términos: “Esta es la América de Trump. Y me ha hecho llorar. ¿Qué estamos enseñando a nuestros jóvenes? ¿Por qué lo damos por bueno? ¿Cómo podemos darlo por bueno? Por favor ayúdame a entenderlo. Porque en este momento siento que mi corazón se me sale de mi cuerpo”. Para Milano, las gorritas que blasonan el lema MAGA son “como el capirote blanco”, en referencia al KKK.

No conocemos el alimento espiritual de Milano, pero el informativo lo podemos imaginar. The New York Times sacó una información titulada Boys in ‘Make America Great Again’ Hats Mob Native Elder at Indigenous Peoples March (Jóvenes con gorras MAGA se ríen de un viejo nativo en la marcha por los pueblos indígenas). Vox, un medio que nació con la vocación declarada de contar todos los aspectos de cada noticia y que lleva todo este tiempo faltando a su propósito, publicaba una historia titulada White students in MAGA gear taunt Native American elders (Estudiantes blancos identificados con MAGA se burlan de los nativos americanos). El Washington Post sacó una historia con un relato parecido, y la interpretación de lo visto en el primer vídeo. Kara Swisher, del NYT, llamó a los chicos Juventud nazi 2019.

Pero entonces los acontecimientos dan un giro. El vídeo que ha llegado a todos los móviles de los Estados Unidos es sólo una mínima fracción de un vídeo de casi dos horas que colgó Shar Yakataz Banyamyan en Facebook. Y lo que muestra ese vídeo no es lo que han contado los medios. Es significativo que quien popularizó el vídeo que lo cuenta todo no sea un medio de comunicación, sino el blog de Reason, la publicación libertaria estadounidense. Y lo que muestra el vídeo no es a unos jóvenes trumpers acosando a unos indios americanos.

Sí, los nativos americanos estaban recibiendo insultos cargados de desprecio y racismo. Pero no por parte de los jóvenes católicos, sino de ese grupo de manifestantes negros, Black Hebrew Israelites (BHI). Los BHI, contra las reservas que cualquiera pudiese albergar sólo con mirarlos, dicen de sí mismos que son descendientes de las 12 tribus de Israel. El Southern Poverty Law Center dice que este grupo supremacista es violento y desborda odio hacia los blancos, los homosexuales, los judíos (¡!) y todo lo que no pertenezca a su pretendido linaje.

Empieza entonces un debate religioso que, ciertamente, no reviste ningún interés. “No deberíais rezar a águilas, búfalos, carneros y todo tipo de animales”. “La Biblia dice un montón de mierda. La Biblia dice un montón de mierda”. El tono sube y llegan los gritos. El líder de los BHI apela a Isaías 58:1 “Clama a voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como trompeta, y anuncia a mi pueblo su rebelión, y a la casa de Jacob su pecado”.

Más allá del odio de los BHI y las respuestas de los nativos americanos, aunque a voz en grito, el asunto no va a más. Hasta un momento en que el predicador de los BHI les dice a los indios americanos que no llegarán las ayudas a la comida a las reservas por causa del cierre del gobierno, y que todo ello “es por esos bastardos de ahí, que llevan gorras de ‘Make America Great Again’”. Y ahí están los jóvenes, Sandmann entre ellos, con las manos en los bolsillos observando el intercambio de pareceres entre estos otros dos grupos. Y esperando el autobús que les llevará a su casa. “Sí, a esos pretenciosos billybobs”, un modo de referirse despectivamente a los blancos. En ese momento, no parece que vaya a pasar nada más.

Los indios comienzan a tocar y bailar de forma ritual, y se acercan a los chavales. Y aquí perdemos el vídeo que ha recogido la historia. Pero entra el vídeo que se ha hecho viral, y cuyo contenido ya conocemos. El cruce de miradas, el ritmo del tambor, la sonrisa esculpida en la cara de Nick. En un momento, esto lo sabemos por otro vídeo, Nick Sandmann mira a un compañero con cara seria y le lanza una negativa. ¿Se refería a eso Nick cuando decía que él era respetuoso con el hombre y pidió a los demás que también lo fueran?

Cuando ya se habían ido los jóvenes, la Policía acudió a donde estaban los BHI, alertada por la aglomeración de gente a su alrededor. Uno de los miembros, dijo: “No estábamos siendo amenazados por ellos. Fue un diálogo OK”.

¿Por qué los medios de comunicación interpretaron que los jóvenes faltaron el respeto al hombre? La conclusión no es evidente, y menos por parte de Nick Sandmann. Aún si ese fuera el caso, ¿por qué achacar el cachondeo al racismo y no al baile de hormonas propio de la edad? ¿Cómo es que los medios se quedaron con la versión de Phillips (quien, por otro lado, ha resultado no ser de fiar) sin preguntar a los chicos? Y cuando les preguntaron, ¿por qué no les creyeron?

La cadena ABC tiene uno de esos programas en los que la ideología es tan compartida como el sexo de los contertulios (todo mujeres), que se llama The View. En un momento, Woopi Goldberg, que conducía el debate, se hace las mismas preguntas: “La gente ha reconocido que hizo juicios apresurados en el momento en el que salió el vídeo (…) ¿Por qué es eso? ¿Por qué seguimos cometiendo el mismo error?”. Y Joy Behar, otra actriz que participa en el mismo, dice: “Porque estamos desesperados por echar a Donald Trump de su puesto”. “Creo que la prensa dispara el arma con facilidad porque tenemos tanta evidencia circunstancial contra este tipo que, básicamente, estamos esperando que [el ex abogado de Trump] Cohen tenga las [pruebas incriminatorias], o lo que sea. Es lo que que querríamos que ocurriese”. Y quizás sea cierto.

Golberg no es la única que se pregunta si los medios no habrán ido demasiado lejos. Trevor Noah, de The Daily Show, dice hablando por él y por los demás: “Así que ves la historia, ves un vídeo de un niño que tiene un nativo americano que toca el tambor, y estos niños están alrededor del chico y todos se están burlando y están bailando. Tiene la cara de suficiencia. Y, reconozcámoslo, todos los que ven esa mirada engreída quieren golpear a ese chico, ¿verdad?”. Comentando el caso de otro que también quiere repartir cera entre los jóvenes MAGA, Reza Aslan, Daniel McCarthy cree que es una cuestión de preferencias en el destino de los odios personales.

La mención a los puñetazos es necesaria. Porque la reflexión que provoca este asunto es no sólo que “para esa prensa lo importante no es jamás el qué, sino el quién”, como dice Cristian Campos, sino por qué es así. Thomas Sowell en su libro The vision of the anointed (La visión de los ungidos), dice que la izquierda (los ungidos) construye su relato a base de mascotas (sus grupos favoritos) y objetivos (en el sentido militar del término). Los primeros siempre tienen razón, y los segundos siempre mienten o están movidos por oscuros intereses. Siempre, quiere decir que es absolutamente independiente de la realidad, que no juega aquí ningún papel. Y los medios, cuya labor debería ser adherirse a esa realidad como a su propia vida, se aferran a su labor de guardianes de los ungidos como a su propia muerte. La realidad es materia para la ciencia y para el periodismo. Pero lo que mueve los relatos periodísticos no es tanto ella como la paleta de sentimientos con que se componen los artículos, las noticias, los comentarios. Son filias (mascotas) y fobias (objetivos), no apreciaciones diferentes de la realidad. Por eso es el quién y no el qué. El qué queda para cuatro nostálgicos del periodismo.