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La recuperación económica más allá de los datos

Esta reclusión sanitaria de más de dos meses no sólo está generando cambios en nuestra costumbres: también está modificando los análisis económicos. Sean cuales fueren nuestros referentes ideológicos, quienes miramos la realidad con las lentes de la economía hemos pasado por diferentes etapas.

Primero, tratamos de exponer los efectos del confinamiento en nuestras empresas, trabajadores, inversores, en las rentas de los individuos, en el presupuesto del Gobierno. A medida que el virus hacía estragos, nos planteábamos cuánto más podía aguantar la economía, tratábamos de ofrecer proyecciones de datos, previsiones, para vislumbrar a qué nos vamos a enfrentar cuando esto acabe, cuántos millones de euros vamos a necesitar en ayudas.

A día de hoy, lo único que sabemos es que seguimos en plena lucha y que el futuro se oscurece por momentos. Sin embargo, la obsesión por los datos, que es parte de nuestro oficio, oculta lo que va más allá: los fundamentos de la economía.

Nuestra ciencia se basa, principalmente, en la toma de decisiones respecto a cómo asignar eficientemente los recursos y lograr el manejo de la escasez. A partir de ahí, se puede explicar desde el funcionamiento de los sofisticados mercados financieros, hasta la importancia del papel que desempeñan las instituciones en las economías.

En esta tarea nos enfrentamos, simplificando mucho, al misterio de dos sistemas hipercomplejos: la mente humana que toma decisiones y la organización social, que es el entorno en el que se toman esas decisiones. Este sustrato que es casi la esencia de nuestra disciplina explica que si hubiera que elegir una sola palabra que resumiera la clave de todo, esa palabra sería confianza.

La empresarialidad, el consumo, la inversión, la innovación no se dan de igual manera si el entorno no es confiable, si no existe una expectativa de luz al final del túnel. No ahorras si sabes que te vas a morir mañana, no pones en marcha tu ingenio si sabes que nadie nunca va a aprovecharlo, no mejoras el proceso productivo o la gestión de tus equipos de trabajo si sabes que el aumento de producción no se van a poder vender en un mercado.

No vas a tener incentivos de mejorar la situación económica de tu familia, clan, sociedad, si no tienes esperanza. Por eso, es tan importante conocer qué es lo que determina la acción humana, especialmente en entornos de incertidumbre.

Una primera nota a destacar es que, por simplificar y por razones didácticas, nos agarramos a la hipótesis ceteris paribus: manteniendo todo lo demás constante. Es una cláusula válida como herramienta didáctica, no para plantear escenarios de recuperación económica. Porque la economía, como la acción humana, es impredecible y cambiante.

De manera que, no solamente nuestra variable de estudio cambia y cambia el entorno, es que no conocemos cómo interactúan estos cambios. En un sistema hipercomplejo este punto, que el profesor Juanma López Zafra no deja de señalar cada vez que puede, es muy relevante.

Un segundo aspecto respecto a la toma de decisiones es la diferenciación y el reconocimiento de la incertidumbre generada por el riesgo, frente a otras. Como por ejemplo, la  incertidumbre que va asociada a situaciones ambiguas, en las que no sabemos la probabilidad de que se den los posibles resultados; la asociada a resultados que están en conflicto con nuestras creencias; la asociada a escenarios en los que sabemos que se va a producir un hecho ante el que deberemos hacer cambios y adaptarnos, pero no sabemos la intensidad del hecho, o la temporalidad.

En estas últimas circunstancias, la toma de decisiones es muy incómoda y, a veces, preferimos no decidir. Estos supuestos que he descrito someramente son las cuatro esquinas que marcan nuestro espacio de decisión actualmente.

Vivimos en una situación en la que la censura informativa, la politización de los datos y de las medidas de desconfinamiento, que deberían estar ligadas exclusivamente a variables sanitarias, se han convertido en el pan nuestro de cada día. La opacidad es la verdadera nueva normalidad. Mantenernos en un permanente estado de confusión evita que podamos elaborar nuestra percepción de la realidad.

A esa ambigüedad, alimentada desde el Gobierno, hay que sumarle el conflicto que supone para mucha gente de bien darse cuenta de que el Gobierno de la nación, tal vez al que has votado, o al que mirabas con simpatía, te está engañando, está fallando al pueblo español, en el peor momento de la historia reciente. Para muchos es mejor no incorporar esa información y hacer como si nada. No por cobardía. Por simple supervivencia.

En tercer lugar, sabemos que tenemos encima el nubarrón de la crisis, el desempleo, la destrucción empresarial, los problemas que, sin duda, va a sufrir la banca en cuanto le descuelguen la responsabilidad. Lo sabemos, pero no tenemos claro el alcance o cuánto va a durar. Y es ahora cuando hay que resistirse a la cláusula ceteris paribus. Cada medida que se tome tendrá una repercusión que no controlamos, realmente.

Toda esta reflexión es muy incómoda. Y puede conducir, como comentaba antes, a una reacción pasiva: preferimos delegar. Caemos en la indefensión aprendida: como todo me desborda y no puedo hacer nada porque me ocultan la información, dejo de pensar y obedezco. Al lado de quienes reaccionan pasivamente están quienes se sitúan al otro lado y tienen que hacer algo. Golpear cacerolas. Reunirse en la calle con banderas españolas. Esa manifestación de hartazgo, que podemos tomarla como una minúscula reacción, puede canalizar un malestar producido por el secuestro de nuestra capacidad de decidir, por cuenta del gobierno bicéfalo y sus medios de comunicación afectos al régimen.

Desde el punto de vista económico, las 'manifestaciones cayetanas' no son relevantes. Pero sí lo es la desconfianza que está cultivando nuestro Gobierno en los agentes económicos víctimas de la recesión. Tomar decisiones empresariales acertadas en esta situación se vuelve una hazaña. Y también genera desconfianza entre quienes han de ayudarnos a pasar el mal trago económico que nos toca vivir.  Un mal trago del que sabemos que es muy amargo y que intentan ocultarlo.