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La universidad española: a pesar del Gobierno

Desde que empezaran los escándalos políticos relacionados con las mentiras y medias verdades de los políticos acerca de sus titulaciones, quienes trabajamos en la universidad española sentimos el calor del foco sobre nuestras cabezas.

El título de este artículo es un homenaje a quien con paciencia y dedicación tuvo a bien dirigir mi tesis doctoral y a día de hoy sigue siendo un referente para mí, además de amigo personal muy querido, Carlos Rodríguez Braun. Mi doctorado fue un doloroso parto consistente en tres años dedicados a los cursos que acreditaban la “suficiencia investigadora” más otros cinco años en los que mi tesis y mis hijos eran toda mi ocupación. De ellos, en los dos últimos combiné la investigación y la docencia. No estoy contando todo esto para justificarme. Es pura nostalgia. Echo de menos dedicar tanto tiempo a la investigación. No hay nada comparable, ni siquiera dar clase.

Quienes nos dedicamos a la investigación (con minúsculas, somos muchos y muy mediocres) somos obsesos que rentabilizamos nuestra personalidad. Nos liamos la manta a la cabeza y no paramos hasta contestar esa pregunta, demostrar esa hipótesis o descubrir las causas últimas de tal fenómeno. Yo estuve cinco años analizando por qué razón o razones no se había incorporado la matemática al análisis económico con anterioridad a la economía marginalista. Yo sí defendí mi tesis. Tenía delante a grandes profesores, maestros de lo suyo, que le dieron valor a mi trabajo cuestionando duramente y haciéndome sudar la gota gorda. Como debe ser.

En la universidad, no todos los profesores están dotados para la enseñanza, para la investigación y para la gestión. Hay de todo. Hay grandes investigadores que son nefastos docentes en grado pero fantásticos profesores de últimos cursos y de posgrado. Hay profesores menos dotados para la investigación que son muy buenos en las aulas. Todos somos necesarios.

Pero el Espacio Europeo de Educación Superior, en su particular interpretación de los diferentes gobiernos españoles, ha cambiado las cosas. A los profesores se nos exige hacer de todo: gestión, docencia, investigación, innovación docente. Pero eso no es lo relevante ahora. Más importante es que las universidades, especialmente las privadas, deben acreditar sus títulos, es decir, la ANECA (Agencia Nacional de Calidad Educativa) vigila que se cumplan los criterios de calidad. Uno de esos criterios consiste en tener un porcentaje concreto de doctores. Hasta el año 2014 era un 70% en el caso de los grados, y a partir de ese momento, gracias a Wert, dicho porcentaje bajó a un 50%.

Eso implicaba que para mantener la oficialidad de los grados las universidades debían respetar esa y otras condiciones. En aquellas universidades, especialmente algunas privadas, en las que no se cuidaba la investigación, este requisito fue problemático. También en las públicas, muchos profesores asociados que estaban matriculados en el doctorado sin dar un palo al agua, se encontraron, de repente, con una fecha límite para presentar la tesis. Los directores de tesis se encontraron con un aluvión de doctorandos que les presionaban para corregir trabajos, a veces obsoletos. Algunos se negaron. Y hubo departamentos que trataron de resolverlo con un nuevo director que tuvo que hacer malabarismos para sacar aquello adelante, porque se trataba de un compañero.

La Universidad Camilo José Cela fue creada en el año 2000 impartiendo algunos grados, unos oficiales y otros no. Obviamente, los títulos no oficiales se demandan si son muy específicos y de mucha calidad. Pero los grados más comunes no se demandan si no tienen el sello oficial. Cuando en el año 2007 se establece por ley la necesidad de que los profesores universitarios se acrediten, para lo cual era necesario ser doctor, y también que los títulos serían revisados cada cinco años, pasó lo de siempre. Los más prudentes se pusieron las pilas y llegaron a la revisión tranquilamente. Pero las “cigarras” del cuento se durmieron en los laureles y en los últimos años tuvieron que sacar tesis atropelladamente.

Ha pasado lo mismo cuando ha cambiado el plan de doctorado en el 2015. En pocos meses se han presentado más tesis que nunca. Quien se ha molestado en visitar Teseo me cuenta que la directora de la tesis de Pedro Sánchez, Isabel Cepeda, dirigió cuatro tesis doctorales a la vez, que se leyeron entre junio del 2011 y noviembre del 2012. Ésta última fue la de Pedro Sánchez. En junio del 2011 había dirigido la tesis de Alejandro Blanco Fernández sobre políticas de cohesión y, en septiembre del mismo año, la de de Juan Padilla, sobre modelos estadísticos para medir fenómenos monetarios, ambos miembros del tribunal del presidente del gobierno. Para entonces, Sánchez llevaba dos años dando clase en la Universidad Camilo José Cela y el tiempo apremiaba. Total, ya tenía los cursos de suficiencia investigadora cursados en el Instituto Ortega y Gasset en el 2001 y aprobados en el 2004, tras unos años de pausa. Así que la tesis era pan comido. Me consta que fue rechazado en otras universidades privadas. De manera que acabó rebotado pero con un título de doctorado tan válido como el mío. Esa es la realidad.

¿Cuál es la conclusión? Más allá de la repercusión política, que creo que no va a haber ninguna, me gustaría que miráramos qué pasa con nuestras universidades. A muchos políticos se les llena la boca hablando de excelencia universitaria y no se atiende a la realidad. El sistema no funciona. La medición del impacto de las investigaciones es defectuosa. Se han suprimido tres revistas científicas internacionales con referees de historia del pensamiento económico debido a que es un área minoritaria y al haber pocas revistas, se citan unas a otras. Se ha apelado. Pero los investigadores honestos nos sentimos maltratados. También hay “modas” en las ciencias sociales. Conozco investigadores con tres sexenios trabajados artículo a artículo y otros con cinco que apestan. Lo de Pedro Sánchez no es una excepción. Da vergüenza. Pero es el fruto del laberinto que diferentes gobiernos han construido. Desde aquí mi agradecimiento.