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Las FARC cambian las armas por las urnas para tratar de destruir la democracia colombiana

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia dieron, la semana pasada, carta de naturaleza a su transformación de guerrilla en partido político. Para ello cambiaron de nombre, pero no de siglas. A partir de ahora se llaman Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC). Resulta significativo que no hayan renunciado a una marca, la de estas iniciales, que se identifica con décadas de violencia extrema con una excusa ideológica de extrema izquierda.

El logotipo, que fue presentado también en el congreso fundacional de la formación política, va en la misma línea. Bajo una apariencia de moderación socialdemócrata se mantiene el objetivo totalitario. La flor roja, que recuerda al símbolo del PSOEespañol, está rodeando una cruz de cinco puntas típicamente comunista. Los discursos pronunciados por los dos principales dirigentes de las FARC, Rodrigo Londoño, alias ‘Timochenko’, e Iván Márquez, confirman este cambio de estrategia sin variar la meta buscada.

Las intervenciones de ambos dirigentes se caracterizaron por entremezclar aparentes apelaciones a la moderación con mensajes de profunda radicalidad política. Además, en un ejercicio típico del discurso populista latinoamericano y europeo, abundaron frases y expresiones que tienen un significado diferente según quién lo escuche. Así, los constantes llamamientos a una profundización democrática no son tales, sino apelaciones a instaurar un régimen de corte comunista o bolivariano.

No aceptación del régimen democrático

En algunos momentos los discursos de Márquez y, sobre todo, de ‘Timochenko’ fueron claros, sin maquillajes. Este último afirmó de forma contundente: “El régimen y el sistema no son para nosotros”. Acto seguido añadió: “Pero estamos inmersos en ellos y dispuestos a cambiarlos”. De esta manera, queda claro que la aceptación de las normas democráticas responde a un mero cambio de estrategia tras constatar que el uso de la violencia extrema no ha logrado el objetivo buscado. Este último, la instauración de un régimen de inspiración marxista, sigue vigente.

El mantenimiento de dicho fin quedaba patente prácticamente al inicio de su intervención, cuando afirmó que la transformación en una organización exclusivamente política “no significa que renunciemos en algún modo a nuestros fundamentos ideológicos o proyecto de sociedad”.

Como todo grupo totalitario, las FARC no sólo aspiran a modificar el marco político. También y, sobre todo, buscan transformar la sociedad para que esta se amolde a su ideología en vez de responder a las preferencias y libres decisiones de los ciudadanos.

En la búsqueda de ese objetivo, mostrar una falsa apariencia de moderación, como hicieron en un primer momento Hugo Chávez y el resto de mandatarios populistas latinoamericanos, resulta fundamental. Así, ‘Timochenko’ dice a los suyos que “debemos dirigirnos a la nación, sin dogmas ni sectarismos, ajenos a toda ostentación ideológica, con propuestas claras y sencillas”.

Esta frase es clave para entender la estrategia. No pide renunciar a los dogmas y los sectarismos ni a parte alguna de la ideología defendida hasta ahora con las armas. Lo que reclama es no mostrarlos de forma evidente. Como en su nuevo logotipo, la estrella totalitaria se disfraza bajo los amables pétalos de la moderación socialdemócrata. El líder de las FARC insiste en “recoger las banderas bolivarianas” y en establecer un “régimen político democrático”. Esto último es un ejemplo del uso de los dobles sentidos.

Para el común de las personas “democrático” significa libertad política, económica y de expresión con numerosos partidos. Sin embargo, para los comunistas de siempre y los populistas del siglo XXI quiere decir algo muy diferente. Se trata de coartar todas esas libertades en nombre del pueblo. Baste recordar que durante el mandato de Rafael Correa se cerraron numerosas radios y televisiones con la excusa de la “democratización de los medios” o que muchos sistemas comunistas europeos se definieron a sí mismos como “democracias populares”.

Defensa de un proceso constituyente bolivariano

Márquez, en un discurso mucho más extenso, mostró una línea similar. Dejó claro que las FARC “nunca hemos renunciado ni renunciaremos” a sus aspiraciones y propósitos. Define a la nueva formación como un partido “revolucionario” cuyo proyecto es “la transformación del Estado hacia una nueva institucionalidad a ser construida socialmente”. En la línea de los populismos latinoamericanos, reclama además un “proceso constituyente” de clara inspiración bolivariana. Asimismo, busca la alianza con otras formaciones y movimientos de izquierda. Estos últimos se convertirían, en caso de lograrlo, en meros instrumentos para intentar cooptar el poder.

Las FARC han renunciado a las armas, lo cual es siempre positivo. Pero bajo un mensaje de aparente moderación no logran esconder que su radicalidad sigue en pie. No pretenden ser un partido más en la disputa democrática de corte occidental, sino utilizar esta última para intentar demoler la propia democracia. Han comprendido que no pueden lograrlo por medio de las armas y ahora lo intentarán a través de las urnas. Fracasaron al imitar a Fidel Castro y tratarán de conseguirlo siguiendo el modelo de Hugo Chávez y Nicolás Maduro.