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Las malas palabras del Gobierno

El poder de la palabra es un dato. No se cuestiona. En economía, tampoco. Todos recordamos el vuelco de los acontecimientos cuando Mario Draghi pronunció las famosas palabras. Era el 26 de julio de 2012 y Draghi, desde Londres, daba cuenta de la situación del euro, para intentar devolver la confianza perdida (y con razón) a los inversores.

Los rendimientos de los bonos de los débiles gobiernos de la eurozona estaban por las nubes y se dudaba si las instituciones nacionales, a nivel del euro o de la UE, podrían actuar conjuntamente para evitar un desastre. Y fue entonces cuando hizo la siguiente observación definitiva:

”Dentro de nuestro mandato, el BCE está dispuesto a hacer lo que sea necesario para preservar el euro. Y créanme, será suficiente“. Es el famoso “whatever it takes”, lo que sea necesario, tan indeterminado, lo que resonó en los mercados y sirvió de punto de inflexión.

Todos los agentes eran conscientes, como lo son ahora, de que la capacidad de actuación de las instituciones es limitada, pero precisamente por ser un brindis al sol, Draghi transmitió la voluntad política de la institución financiera más importante de la Unión Europea.

Sin embargo, el poder de la palabra no es automático. Tal vez por eso resulta tan fascinante. Si repites tres veces Bloody Mary delante de un espejo, no va a aparecer de la nada una mujer que va a quitarte la vida.

No hay “ábrete sésamo” que mueva la roca que oculta el tesoro escondido en una cueva. El poder del que hablamos necesita de un entorno, una ocasión, una autoridad creíble que pronuncie esas palabras y, lo que no es menos importante, la expectación.

Porque si Draghi hubiera repetido esa frase en otras ocasiones, incluso si éstas fueran similares, no habría tenido el mismo efecto que aquella vez, cuando todos esperaban cualquier declaración menos esa, tan asertiva y genérica, a partes iguales. No habría resultado si hubiera ofrecido una lista de todo lo que se iba a hacer para sostener el euro. Lo que sea necesario se interpretó como una entrega total. 

Todas estas reflexiones vienen a cuento de la poquísima habilidad que está teniendo el Gobierno de España para gestionar la comunicación de la crisis económica en la que estamos, y cuyos efectos aún no se han visibilizado totalmente.

El Gobierno, a través del presidente, ministros, portavoces y estómagos agradecidos intenta convencernos de que ya estamos recuperándonos, que la recuperación va a ser en L, en L asimétrica, en L lánguida y escurridiza como los relojes de Dalí, la cosa va mejor, lo peor ya ha pasado, y nos rodea, de manera casi asfixiante, de mensajes “demasiado” positivos.

Mientras tanto, algunos medios de comunicación, dentro y fuera de nuestro país, cuentan la verdad: esto va a ser largo y muy complicado. Que no quiere decir que no hay nada que hacer, o que vaya a llover ceniza sobre nuestras cabezas, sino que la salida va a doler.

Analistas de renombre internacional, como Carmen y Vincent Reinhart, en un recienteensayo publicado en la revista Public Affairs, entre otras cosas, resaltan la importancia de la capacidad de gestión económica de los gobiernos nacionales.

Afirman que, si tenemos en cuenta la escala y el alcance del colapso de la actividad económica mundial actual, la salida de esta crisis va a ser peor que la de la crisis del 2008.

Para estos autores, los buenos datos que estamos viviendo son sólo “el comienzo de un largo viaje para salir de un hoyo profundo”. Hay varios factores que caracterizan la crisis, uno de los cuales es, como comentaba, lo que hagan los gobiernos, especialmente en aquellos países a los que la pandemia les pilló en una situación económica débil, como España.

En este aspecto, los españoles lo llevamos como Caín. Porque uno de los lastres de éste Gobierno bicéfalo son las servidumbres, especialmente económicas, que se crearon al cerrar el pacto de Gobierno con Unidas Podemos. Y no es el único coste: también tienen deudas con Bildu y los nacionalistas, que demandan su prendas, tanto en términos políticos como económicos.

El análisis de los Reinhart, con el que discrepo en algunas cuestiones, presta atención al largo plazo, a la recuperación de largo recorrido, como uno de los requisitos para que los países y los segmentos de población menos favorecidos, que son los que más se van a resentir, no se queden atrás.

”Cuanto más tiempo se tarde en salir del agujero” que esta pandemia ha hecho a la economía mundial, “más tiempo algunas personas estarán innecesariamente sin trabajo, y es más probable que las perspectivas de crecimiento a medio y largo plazo se vean permanentemente afectadas”.

Después de pensar en las enseñanzas de estas frases, la ligereza con la que hablan los responsables del Gobierno resulta tan obscena que produce indignación. Se diría que para los representantes electos, todo vale.

Los españoles, sometidos al baile de la confusión (mascarillas sí, no, tal vez, a veces, siempre); de los cambios en en criterio de recuento de casos y bajas; del descargo permanente de responsabilidades entre la administración central y las autonómicas, o mejor dicho, algunas autonomías; de la compra descarada de medios afines al régimen, cuando nos dicen “ya podéis iros de vacaciones, pero con precaución”, no tenemos muy claro de qué precaución hablan, si la de Pablo Iglesias cuando estando él en cuarentena apareció sin mascarilla y tosiendo en un Consejo de Ministros, o la de las multas de 1.500 euros que te ponían si no llevabas el ticket de la compra, porque en tu tienda saben que prefieres que te lo manden por email.

La magia de las palabras hace culpables a los jóvenes, a Ayuso, a las bodas, a los extranjeros, a los conspiranoicos y al chachachá. Pero nunca es responsabilidad de la mala gestión del gobierno.

Tal vez esa magia funcione especialmente ahora a causa de la pandemia. Intentémoslo, pongámonos delante del espejo y repitamos tres veces con los Reinhart: “Un rebote no es una recuperación”.