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Lo más grave del verano: el estado de derecho en grave riesgo

Se conoce como estado de derecho al mecanismo por el cuál nuestras sociedades se aseguran de que el poder no se ejerce arbitrariamente. Consiste, básicamente, en imponer que todos los ciudadanos se sometan con rigor al imperio de la ley (que es lo que significa literalmente “the rule of law”), que estará administrada por una justicia independiente; además el poder legislativo y el ejecutivo también estarán separados. El origen de este mecanismo, que en realidad es más complejo, se remonta al tiempo histórico en el que Occidente entendió que el poder arbitrario del absolutismo era un freno enorme para el desarrollo de las sociedades civilizadas.

Como analiza el jurista Julio E. Lalanne, ya Aristóteles se planteaba si era mejor ser gobernado por el mejor de los hombres o por la mejor de las leyes, y afirmaba en su Política: “El que defiende el gobierno de la ley parece defender el gobierno exclusivo de la divinidad y la inteligencia; en cambio, el que defiende el gobierno de un hombre añade también un elemento animal;(…) y la pasión pervierte a los gobernantes y a los hombres mejores. La ley es, por tanto, razón sin apetito”.

Sin embargo, vivimos en una época en la que, no solamente no gobiernan las mejores leyes, tampoco lo hacen los mejores hombres, y cada vez más lo hace lo peor de las redes sociales. Éstas se están convirtiendo, al menos en parte, en feroces jueces, modernas tricoteuses, las mujeres que tejían mientras guillotinaban culpables o inocentes, durante la Revolución Francesa. Las redes sociales empezaron siendo un movimiento espontáneo en donde se trasmitía información, se comentaba y debatía con más o menos pasión y comenzó a ser manipulado por los diferentes lobbies, grupos políticos y medios de comunicación para conseguir votos, impacto, publicidad, visitas a su página y quién sabe qué más.

Yo estoy ahí como @godivaciones, una ciudadana independiente más y he sido testigo de ello. Para los cinéfilos, la influencia de las redes sociales es la versión moderna de la magnífica película Furia (1936) de Fritz Lang, su primera película producida en Estados Unidos. Un joven Spencer Tracy interpreta a Joe Wilson, detenido por error, acusado de secuestrar a una niña. Los chismes en la cantina y la influencia de algunos exaltados y agitadores tienen como consecuencia que la masa prenda fuego al calabozo donde está retenido. Nunca llegaron a encontrar el cuerpo y 22 personas fueron juzgadas. La sorpresa del pueblo es mayúscula cuando en el juicio aparece el mismísimo Joe Wilson, que había sobrevivido, dispuesto a vengarse. La diferencia con las redes sociales es que no hay 22 personas respondiendo ante la justicia. El parecido, además del juicio ciudadano, es que los instigadores se van sin pagar por las consecuencias de sus actos. Y eso es, precisamente, lo que lleva a Wilson a buscar venganza.

El acoso al juez Llarena es una vergüenza intolerable que pone en riesgo el estado de derecho. Que los jueces en España no se sientan seguros y tengan que cambiar su aspecto, verse humillados, y que el gobierno de la nación no les respalde, como representantes de la justicia, institución básica, que debe ser independiente y libre, no asfixiada por la masa, es una irresponsabilidad enorme.

Que Quim Torra se erija en representante de los catalanes obviando a la casi mitad de esos ciudadanos que no quieren independizarse; que se esté agrediendo a personas por retirar símbolos de un acto delictivo, amenazando a pequeños empresarios, extorsionando y aterrorizando a la mitad de la sociedad catalana ante la mirada impávida del gobierno de la nación es una irresponsabilidad enorme.

Porque, permítanme un dicho chileno, la culpa no es del chancho sino de quien le da el afrecho. Que quiere decir que la responsabilidad no era solamente de la masa enfurecida de la película de Fritz Lang, sino de quien la agitó. Y, en el caso de España, quien consiente que se violente el estado de derecho es quien debiera responder de ello. Luego hay que plantearse, además, si nuestra Constitución sigue respondiendo al verdadero espíritu de nuestra sociedad y ha de ser reformada o no. Pero no creo que sea algo que haya que lograr con violencia física o psicológica.

Me he permitido la licencia de incluir un refrán chileno porque es allí donde he pasado agosto, invitada por la Fundación Para el Progreso, para presentar mi libro Afrodita Desenmascarada, entre otras cosas, en cinco ciudades: Santiago, Santa Cruz, Temuco, Valdivia, Concepción y Valparaíso. Y, aunque he encontrado mucha más disposición al debate entre quienes no comparten mi visión del feminismo, sino que son activistas o ideólogos de la izquierda radical allí, también he contemplado situaciones en las que quienes agitan, miran a otro lado cuando las consecuencias inesperadas llegan y violan el estado de derecho.

En concreto, hay mujeres “autoconvocadas” que montan asambleas universitarias y prohíben el derecho a voto de los estudiantes hombres. Volvemos al sufragio no universal. Disentir está penado con el ninguneo, el hostigamiento y en ocasiones la agresión. Y a ellos, se les acusa de manera anónima de abuso sexual en una red social y se les impide la participación en la vida universitaria. Da igual las pruebas o la presunción de inocencia. No hay investigación. Los rectores no actúan por miedo. Ni los profesores. Ni nadie, hasta ahora. Hay universidades que se han cerrado durante dos meses, y algunas están aún cerradas por la extorsión de estos grupos totalitarios. Chile merece otra cosa.

Este artículo va dedicado a Mauricio Rojas, gran persona, inocente, acosado, pero nunca derribado, por las masas furiosas.