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Los cantares y las gestas políticas

Hace unas semanas, Andrea Martos, una de las científicas españolas más prometedoras y, lo más importante, gran amiga mía, me explicaba: "Tú sabes que el castellano empezó con lo que dio en llamarse “cantares de gesta", ¿verdad? Pues hay dos tipos de hombres, los de cantares y los de gestas. El primero es entretenido, pero a la hora de la verdad, nones. El segundo, también es divertido, pero sabe leer la situación y resolver”. Me atrevería a enmendar a Andrea y a concretar el público objetivo al que se aplica su acertada observación. Hay políticos de cantares y políticos de gestas. Yo, siento decirlo, no veo ningún político de gestas “reales”, últimamente. Decía el pasado jueves la periodista Victoria Prego, en el entorno del Congreso sobre la Transición Española organizado por el filósofo, y también amigo, Miguel Ángel Quintana Paz en la Universidad Europea Miguel de Cervantes, que los políticos de ahora no son como los de antes, son bastante peores. Y la explicación que ofrecía es muy sencilla: antes los políticos tenían la mirada puesta en virar el rumbo de la historia. Se trataba de huir del pasado: de una nueva guerra, de un gobierno autoritario, de la dictadura, de la crispación y la disyunción entre españoles. Ahora los políticos están al servicio de su partido, hacen carrera desde muy jóvenes dentro del partido y, por tanto, sus incentivos están enfocados no hacia el interés de la nación, sino hacia la organización interna y el peso de su partido en la política. Esa diferencia explica que abunden los políticos de cantares frente a los de gesta, en nuestros tiempos.

Hay dos hechos que en esta semana me han llevado a tan triste reflexión. Por un lado, la elección de Boris Johnson como Primer Ministro del Reino Unido. Por el otro lado, el debate de investidura de Pedro Sánchez como presidente del gobierno de España. Ni uno ni otro me parecen políticos de gesta. Uno es excéntrico, el otro cuida la imagen exterior. Y ya no cuida nada más, pero nadie puede negarle su aspecto convencional como un maniquí. Esa es una diferencia superficial.

Otra diferencia mucho más notable es la formación. Boris Johnson cursó estudios clásicos en Balliol College de Oxford, donde era reconocido por su excéntrica personalidad, por ser muy bueno en los debates y muy ambicioso. Así fue cómo logró la presidencia del sindicato de estudiantes de dicha universidad. A continuación, se lanzó al mundo del periodismo, donde trabajó desde 1987 hasta el año 2001. Entonces decidió centrarse en la política, en concreto, en el partido conservador, y llegó a ser alcalde de Londres en el año 2008. Pedro Sánchez, por su parte, se afilió al PSOE antes de acabar la licenciatura en Ciencias Económicas y Empresariales en 1995. Y de ahí en adelante se ha ganado la vida dentro del partido. Eso es todo lo que ha hecho. Sin intentar hacer mucha sangre, Boris Johnson habla fluido francés, italiano y latín, y algo de alemán y español. Ahí lo dejo.

Pero más allá de la formación y de la máscara que cada cual ha elegido en la vida pública, les une que se postulan para dirigir sus respectivos países. Johnson ha ganado a pesar de que es un furibundo “brexiter”. De nuevo, el ruido de los periódicos no está en sintonía con las nueces de los votantes. Boris no ha ocultado nunca que repetir un referéndum sería antidemocrático y que hay que respetar la decisión de la mayoría. En plena campaña, ha expresado su dureza al señalar a la Unión Europea como culpable en el caso en que no se firme un acuerdo; y apuesta, en ese caso, por un Brexit duro. La historia nos dirá si logra sacar adelante al Reino Unido cuando se resuelva el misterio y acabe el plazo en octubre.

La personalidad única, guste o no, de Johnson contrasta fuertemente con la vacuidad de Sánchez. La chapuza en que ha convertido su investidura (a estas horas no se ha votado aún) pasará a la antología del cutrerío político patrio, junto con el abanico de juramentos de los diferentes parlamentarios. Su falta de ideas, sus dotes para no decir nada y confundir con sus discursos, su habilidad para acercarse y retirarse de su socio más peligroso, Podemos, ha terminado por hartar hasta a los suyos. Y a mí me da muy mala espina. Porque Sánchez es experto en ganar por aburrimiento. Te marea durante lo que parecen siglos, de manera que acabas dejándole que haga lo que quiera, con tal de que acabe la tortura. Y sabe que le favorece la incapacidad del centro-derecha para unirse: volvería a ganar las elecciones en otoño. Así que juega tranquilamente. Su instinto de animal político le lleva a cuidar la relación con Pablo Iglesias. Y hace bien. En cuanto Pedro se despiste, Pablo se lo come.

La jugada de Pablo Iglesias tampoco es fácil. Si se acerca demasiado al PSOE pierde credibilidad entre sus votantes o, mejor dicho, entre aquellos votantes que no están transitando hacia la opción light de Errejón y Carmena. Pero si no pacta, le van a señalar como culpable del desgobierno y su fracaso en las elecciones después del verano sería, probablemente, mucho mayor.

¿Y el centro y la derecha? Pues lo lamento, pero no se espera nada de ellos. Digan lo que digan, hagan lo que hagan, gesticulen, hablen de historia, o se paseen desnudos por el hemiciclo, están fuera de foco. Ni una gesta ni nada que se le parezca: se tiran los trastos los unos a los otros en lugar de presentar un bloque unido frente a la posibilidad de un gobierno con ministros comunistas. Estamos en manos de políticos de cantares.