Usted está aquí

México y España: se busca oposición

La semana pasada estuve en Ciudad de México participando, entre otras cosas, en el LibertyCon Latinoamérica 2019 organizado por Students for Liberty México, con la concurrencia de muchas instituciones que han apoyado, colaborado y aportado su granito de arena para que el resultado fuera excelente, como ha sido.

He tenido la oportunidad de conversar tranquilamente con muchos amigos, estudiantes, empresarios, jóvenes, menos jóvenes, de diferentes ámbitos, acerca de la situación político-económica de los Estados Unidos Mexicanos. Muchos están pensando en que abandonar el país puede ser,en un futuro más o menos cercano, la única salida.

Antonio Manuel López Obrador, conocido como AMLO, ha peregrinado por varios partidos políticos antes de fundar Morena (Movimiento de Renovación Nacional), un nombre perfecto desde el punto de vista del marketing, teniendo en cuenta la idiosincrasia del país y que la patrona nacional es la Virgen de Guadalupe, “La Morenita”. La victoria de AMLO es el típico caso de derrota de todos los demás candidatos, fruto de un estado de decepción, disgusto e impotencia por parte de muchos mexicanos respecto al sistema político del país. Un sistema que ha mantenido durante 70 años al PRI (Partido Revolucionario Institucional) que logró que la corrupción arraigara en las instituciones hasta límites insospechados. Por supuesto, entre las palabras clave que definen al PRI en internet aparecen centralismo, tecnocracia, corporativismo y, ¡oh, sorpresa!, neoliberalismo. Es muy extraño para mí conjugar las tres primeras características con lo que yo entiendo por neoliberalismo. Pero si aceptamos esa asociación se entienden mejor muchas cosas. Por ejemplo, la afirmación de AMLO en su discurso de toma de posesión de la presidencia señalando al neoliberalismo como culpable de todo, “desde la diabetes hasta los divorcios”.

En los meses que lleva como presidente tras ganar las elecciones en julio del 2018 y hacerse cargo del poder en diciembre del mismo año, López Obrador ha dejado claro que su mandato es personalista. Cada mañana aparece en televisión explicando lo que hace o lo que quiere hacer. Cuando los periodistas le preguntan acerca de cualquier problema nuevo o le plantean situaciones conflictivas, toma decisiones de manera impulsiva en plena rueda de prensa, ante el terror de sus asesores y secretarios. Es un firme defensor de la nacionalización energética, al estilo de Lázaro Cárdenas en los años 40, y ha declarado públicamente que él es el Estado. Tremenda afirmación.

Su autoritarismo también le ha llevado a reducir notablemente el número de funcionarios y los sueldos oficiales. Una buena idea para reducir el peso de un Estado obeso. Sin embargo, el sacrificio no está encaminado tanto a cuadrar el presupuesto como a pagar el apoyo de otros grupos de presión y ganar el favor popular. A pesar de ello, como me decía un buen amigo, más que como populista, AMLO se ha descubierto como autoritario. Sus nombramientos erráticos, involucrando familiares de ministros, sin currículum que avalen los cargos no son más que la punta del iceberg.

Ha decidido sustituir los programas sociales por ayudas directas en efectivo. Esa es una de las medidas de una larga lista que forman parte de lo que ha llamado “La Cuarta Transformación”, el plan que pretende reducir desigualdades sociales y mejorar la productividad. No sonaría mal si no fuera porque ya ha atacado la independencia del Banco de México, para poder manipular los tipos de interés. Su idea es ofrecer crédito muy barato y garantizado por la palabra del tomador del crédito nada más. Esa política tiene unas consecuencias en el sistema financiero que todos conocemos y no son nada buenas.

Además ya está atacando al poder judicial cuando señala las ocasiones en que se sale de la legalidad. Todo esto un presidente que ganó con el lema “No mentir, no traicionar y no robar al pueblo”.

¿Qué pueden hacer los mexicanos? Nada. No hay otra opción. La oposición está dividida, es incapaz de encontrar puntos de unión, está tocada por la corrupción del pasado y se muestra confusa. No hay una oposición real, una alternativa a la que el pueblo mexicano pueda agarrarse ni ahora, ni cuando aparezcan los efectos de las políticas de AMLO minando la economía y lastrando el crecimiento profundamente. Por supuesto, no es sólo una cuestión económica. La tendencia a la que apunta es la de todos los presidentes que se auto proponen como vitalicios y cambian la Constitución del país para lograrlo. En este caso, la mayoría en el Congreso y el Senado se lo pondrían muy fácil.

De regreso a Madrid, no puedo evitar mirar la realidad política del país con otros ojos. Estamos viviendo la transición de un sistema bipartidista a otro multi-partido. Ambos con sus luces y sus sombras. En uno ya hemos tenido experiencia y sabemos que genera incentivos para que los dos partidos alternantes se mimeticen el uno con el otro y ofrezcan las mismas mentiras: es la era del PPSOE. Lo que tenemos ahora es un arco político en el que Podemos ha forzado a repensar la agenda socialista y girar hacia la izquierda; VOX ha hecho lo mismo con el Partido Popular que se escora a la derecha; y, finalmente Ciudadanos tiene necesariamente que definirse y diferenciarse de unos y otros. Los únicos que permanecen inamovibles son los nacionalistas que hacen lo que sea por dinero.

El fleco que queda pendiente es quién ha de pactar con quién. Los votantes de los cinco principales partidos parecen pedir pureza absoluta. Lo que me ha enseñado esta visita a Ciudad de México es que necesitamos una oposición responsable, transparente con los españoles, que sea capaz de delimitar en qué temas específicos está dispuesto a pactar con los demás partidos, cuál es el objetivo general y las metas volantes a lograr, y si es preferible cerrarse a todo y bloquear la posibilidad de gobernar y gestionar los problemas económicos y no económicos. ¿Merece la pena de verdad? Si así fuera, los españoles pueden acabar en manos de un AMLO de derecha o de izquierda que nos lleve por rumbos indeseados y no previstos.