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¿Militante o indolente? Una historia del estereotipo del español

No es que los países tengan buenas relaciones con sus respectivas historias. El pasado deja siempre el rastro de la maldad humana, amplificada por los instrumentos del poder. También las grandes gestas bélicas, los hallazgos de la ciencia, las cumbres de la cultura. Y, sobre todo, esa miríada de pequeñas acciones que traban una sociedad, y hacen que funcione y prospere, pero de las que sólo quedan huellas indirectas que son materia de trabajo del cuidadoso historiador. Relatar el pasado revive los conflictos, y no hay país que lo haga con total confianza, pero parece difícil encontrar un pesimismo invertido (esto es, mirando al pasado que no al futuro) como el de los españoles.

Historiar un país supone renovar el mito de Sísifo. Todo esfuerzo está destinado a no cumplir su objetivo. Decía Karl Popper que relatar la verdadera historia de la Revolución Francesa exigiría contar las visicitudes, entre otros, de todos los campesinos de la Francia del XVIII. Es un esfuerzo imposible, y si no lo fuera resultaría inútil. El historiador camina siempre entre sombras, y arrojar luz sobre las mismas es su imprescriptible labor.

El conocimiento total de una sociedad tampoco puede alcanzarse en el presente. De ahí la irónica respuesta que se le achaca a Winston Churchill cuando le preguntaron si conocía a los franceses: “No sé, no los conozco a todos”. Hasta cierto punto, nos enfrentamos a un problema wittgensteiniano: nuestro lenguaje y nuestras categorías mentales nos conducen a hablar de lo que no podemos conocer. Como si fuesen una catapulta que nos arroja al vacío. Y llenamos ese vacío con juicios previos a un conocimiento cabal; con prejuicios, esto es. Y con estereotipos, ideas que se crean unas sociedades de otras y que parecen ser inmunes al transcurso del tiempo. España, que por algo ha sido un imperio, ha sido objeto de estas ideas desfiguradas pero resistentes. A su estudio le ha dedicado el historiador José Varela Ortega veinte años de investigación. El fruto de ese proyecto intelectual es un libro de 1087 páginas editado por Espasa titulado España, un relato de grandeza y odio. Entre la realidad de la imagen y de los hechos.

Yo soy un gran defensor de los prejuicios. No podemos pretender tener un conocimiento adecuado de toda realidad humana; eso es algo que simplemente supera con mucho nuestra capacidad y nuestro interés: intentar acercarnos a un conocimiento penetrante y certero de una sociedad nos exigiría un esfuerzo descomunal del que no íbamos a sacar, la verdad, tanto provecho. Además, no necesitamos conocer cómo son nuestros congéneres para interactuar con ellos. Como observó Hume y han teorizado otros, esa ignorancia invencible la podemos sortear siguiendo un conjunto de normas de comportamiento que hacen posible la vida civilizada. Allá donde no llegan las normas, comienzan los prejuicios. Y allá donde tenemos un interés verdadero, los juicios. Pero los prejuicios cubren un vasto espacio de ignorancia, y nos permiten salir adelante, siempre que no les demos tampoco mucha importancia.

Otra cosa son los estereotipos. Sobreviven a los cambios sociales, que son incesantes. El ahorro mental que aportan no se fundamenta en un conocimiento práctico, inmediato. Los estereotipos hacen un reconocimiento heisembergiano de indeterminación, pero albergan también la pretensión de infalibilidad de las leyes físicas. Y lo hacen de forma falaz, pues recaen sobre una materia mudable. Es curioso cómo el cientifismo acaba abrazando, por caminos varios, a las ideas preconcebidas que pretendía superar.

La obra de Varela Ortega habla de prejuicios, pero sobre todo de estereotipos. Atándolos al transcurrir del tiempo, el español militante aparece “en el último cuarto del siglo XV y se extendería hasta mediado el seiscientos”, en la que España causa admiración, pero confrontación con el resto del mundo. En el último cuarto del siglo XVII, y hasta finales del XVIII se acuña la idea del español indolente.

Estas ideas, revestidas de otros ropajes, vuelven a aparecer más adelante. Desde finales del XVIII y hasta mediados del ochocientos, es decir, en plena fiebre romántica, se genera “una visión emocional y exótica”, en un ciclo que culmina en la Guerra Civil. Pero desde el último cuarto del ochocientos emerge otro ciclo de la imagen exterior de España, que al español indolente, “y desde un enfoque neodarwinista”, suma la imagen de la decadencia, inadaptación y, finalmente, degeneración del carácter español.

“La pluralidad y contradicción de estereotipos es filosóficamente desconcertante, porque es incoherente, pero no es infrecuente”, y pone como ejemplo el estereotipo del judío en los Estados Unidos, que aparece como “astuto” pero “inferior”, “poderoso” pero “izquierdista”, encerrado en su comunidad pero cosmopolita y con voluntad de dominio global.

Pero, insisto, la contradicción es necesaria pues se refiere a una realidad varia. Lo chocante no es la diversidad de los juicios. En definitiva, como extracta en una de sus más de 3.000 referencias, “las diferencias dentro de una población son con frecuencia mayores que las diferencias entre poblaciones”. No. Lo chocante es la permanencia de los estereotipos.

El estereotipo del español comienza con las referencias clásicas, Estrabón, César, Livio… El íbero refractario a la romanización se convierte en el español militante y apasionado de Byron o Hemingway. Por ejemplo, Erasmo creía que España estaba poblada por moros y judíos, y siglos más tarde Napoleón Bonaparte se extrañó al no encontrar en los españoles gentes con rasgos africanos.

A historiar todo ello dedica las páginas que siguen a la introducción. Un esfuerzo hasta cierto punto extraño para un historiador, pues como dice Varela Ortega “en este negocio de la imagen, lo adjetivo es lo sustantivo”. Pero qué labor más necesaria la de relatar las ideas y su correspondencia con la realidad histórica. De ahí el subtítulo de la obra.

Dudo que el autor tenga la capacidad de predecir el futuro; bastante tiene con recuperar lo ocurrido. Pero tras dos décadas de estudio ha sacado esta obra en un momento en el que la idea de España, ese imposible metafísico, está de plena actualidad. Luis Español Bouché, biógrafo de Julián Juderías, publicó Leyendas negras. Vida y obra de Julián Juderías en 2007. Y adelantó algunos de los temas que ha recogido María Elvira Roca Barea en su afamada Imperiofobia, como la referencia a la leyenda negra antiamericana, con la actuación del imperio y la reacción ante él como mecanismo generador de estereotipos. El libro de Roca Barea ha tenido un éxito, la verdad, abrumador. Tanto que, entre otras cosas, ha hecho que un autor como José Luis Villacañas se haya quemado a lo bonzo en la plaza pública con un antilibro titulado Imperiofilia. Desde la escuela filosófica de Oviedo, uno de los hechos más chocantes de la vida cultural española, también se le presta debida atención a la cuestión. En este ambiente intelectual se publica el que, según Juan Pablo Fusi, es el mejor libro de historia de 2019.