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Muerte a la inteligencia

Conservative Society, una asociación estudiantil de la Universidad de Lincoln, Gran Bretaña, lanzó en su cuenta de Twitter unos mensajes críticos con la forma de gobierno de la institución. Como represalia, la Universidad censuró a la asociación, y le obligó a que cerrase sus cuentas en redes sociales, vinculadas a la misma. La queja de Conservative Society consistió en recoger un índice que señalaba, precisamente, que la Universidad de Lincoln no respetaba la libertad de expresión. Al parecer, nadie en la institución entendió que al censurar al grupo estudiantil conservador lo que hacía era darle la razón.

Esta anécdota, que es reciente, muestra hasta qué punto la Universidad ha dejado de ser un ámbito para la libertad de pensamiento. Ha coincidido en el tiempo con otro acto de intolerancia, de mucho más calado, en los Estados Unidos. Allí el comportamiento de la Universidad ha sido irreprochable, y los intolerantes han sido los estudiantes. 

El protagonista de esta historia es Charles Murray. Es uno de los pocos intelectuales capaces de generar debates interesantes en el ámbito de las ideas. Escribió The Bell Curve (1994) junto con Richard Herrstein; un libro polémico que trataba las diferencias en inteligencia de las distintas razas. En 2003 volvió a medir las contribuciones de la inteligencia, ahora dentro de la historia de la cultura, para elaborar un ranking de los principales autores en las ciencias, la filosofía y el arte. Un esfuerzo titánico, seguramente, aunque de dudosa utilidad.

En 2012 publicó Coming Apart. En esta obra se detiene en cómo se han agrandado las diferencias sociales en los últimos años en los Estados Unidos, y él lo achaca a que las clases altas mantienen más o menos intactos unos usos y valores que les sostienen, como la ética del trabajo, la familia o la religión. El resto de la sociedad, dice, se ha dejado llevar o ha asumido comportamientos morales que limitan su capacidad de tener éxito a largo plazo. Para hacer ver que no es una cuestión que se explique por la presencia de minorías raciales, Murray se centra en los blancos, que son mayoritarios, y luego incorpora a su análisis el resto de grupos raciales. 

Hace meses recibió una invitación por parte de la Middlebury College (Vermont) para que expusiese las ideas que expresó en Coming Apart, y se abriera con ellas un debate. En cuanto se anunció su presencia, un murmuro de odio comenzó a resonar por las redes sociales. Un importante número de estudiantes quería proteger sus cabecitas y las de los demás del influjo de las palabras de Charles Murray.

Según relata él mismo, llegó con mucha antelación al acto. El aforo estaba lleno, y el ambiente muy animado con carteles que le acusaban, entre improperios, de ser racista, supremacista, partidario de la eugenesia “y (esto es nuevo), anty-gay”. Laurie Patton, presidenta del Middlebury College, abrió el acto con una defensa de la libertad de expresión. Alexander Khan, del AEI (un think tank al que pertenece Murray), le introdujo ante los asistentes.

Charles Murray, entonces, hizo un amago de romper a hablar. Entonces, la mitad de los asistentes empezaron a recitar, a coro, un texto de James Baldwin. Cuando concluyeron, empezaron a gritar eslóganes que son fruto de su propia inteligencia, como “Hey, hey, ho, ho, los supremacistas blancos tienen que irse”. Siguieron durante unos 20 minutos, y entonces Bill Burger, vicepresidente de comunicación de la institución, decide que la mitad que ha venido a escucharle tiene derecho a hacerlo, y decide llevarse al conferenciante a una sala con un pequeño estudio. Charles Murray, finalmente, frente a una cámara y un micrófono, pudo empezar a resumir sus ideas en Coming Apart. Se filtraba el ruido de las protestas, pero no impedía que la verdadera audiencia comenzase a oír a Murray. Pero entonces hicieron sonar la alarma anti incendios, y contra aquello no podía competir.

Los homo antecessor, dicho sea en referencia a sus ideas, lograron su propósito. La conferencia, y el debate, no tuvieron lugar. Pero no tenían suficiente. Le siguieron en su camino al coche. No lograron golpearle, gracias a dos guardias que le escoltaban, pero sí a la profesora Allison Stranger, que le acompañaba. Siguieron exponiendo su visión de la política golpeando y zarandeando el coche antes de que pudiesen huir de ahí, y luego reventando la cena que tenían previsto realizar tras la charla que nunca tuvo lugar.

No es en absoluto un caso aislado. La Foundation for Individual Rights in Education viene registrando casos en los que un conferenciante no ha podido hablar desde 2000, y el año pasado registró un récord de silenciados.

Quienes se han salido con la suya en su particular cruzada por la muerte de la inteligencia actúan movidos por el mejunje ideológico del post marxismo de los años 60, y que es una sima de la historia del pensamiento. Y, en particular, por Herbert Marcuse. Marcuse se esforzó por socavar la libertad del país que le había acogido tras su huida de los nacional-socialistas. La libertad, la tolerancia que le permitió desarrollar allí una carrera universitaria, a él le parecía intolerable. Su artículo más famoso es en el que habla de la Tolerancia represiva.

La tolerancia, dice Marcuse, permite que las fuerzas opresoras (quienes no piensan como él, o dicho sucintamente, ‘la derecha’) se impongan sobre las liberadoras. En consecuencia, esa tolerancia es represiva, y frente a ella hay que recurrir a una nueva tolerancia liberadora, “que implicaría intolerancia ante los movimientos de la derecha y tolerancia hacia los movimientos de la izquierda”. Verbigracia.

Por si no fuera todo ello suficientemente paradójico, se da la circunstancia de que Charles Murray no es partidario de la eugenesia. Pero que esa perversa ideología era seña de identidad de la izquierda anglosajona, y por supuesto de la estadounidense. En Gran Bretaña fueron los fabianos quienes abrazaron la idea de mejorar la raza por medio de la ciencia, y con ellos otros intelectuales progresistas, como John M. Keynes, H. G. Wells o George Bernard Shaw. En los Estados Unidos encontramos nombres que aún resuenan, como Oliver Wendell Holmes, Margaret Sanger, Woodrow Wilson o Herbert Croly.

Por suerte, ninguno de ellos tuvo problemas para expresar lo que pensaba.