Usted está aquí

Ni Rusia es la URSS, ni Putin es Jruschov

Pocas cosas han causado tanto revuelo durante los últimos meses en Estados Unidos como las deterioradas relaciones con Rusia, que atraviesan horas bajísimas, quizá las peores desde que implosionase el Imperio Rojo. En estas estaban cuando la semana pasada Trump anunció que había recibido una carta de Moscú en la que el premier ruso le transmitía personalmente sus felicitaciones navideñas y su voluntad de mejorar las relaciones entre los dos países. La carta cayó como una bomba entre los demócratas, que andan ahora enfrascados en una querella con los rusos después de que se haya descubierto un ciberataque contra el partido provocado presuntamente por hackers al servicio de Putin.

Trump aseguró que estaba en sintonía con Putin y que, en cuanto llegue a la Casa Blanca su política rusa discurrirá por el camino del entendimiento y la colaboración. Esto último donde cayó como una bomba fue en su propio partido, el Republicano, que es mayoritariamente antirruso. Al final, por una cosa o por otra, Rusia es plato de todos los días en la prensa americana y todos contienen la respiración y acumulan munición antes de lanzarse a la yugular de Trump, que se terminará llevando una dentellada haga lo que haga.

Putin no es propiamente un amigo de Norteamérica ni siente simpatía alguna por los valores de corte liberal que la inspiran. Pero el mundo está lleno de déspotas que no simpatizan con los valores occidentales y, sin embargo, EEUU se lleva bien con ellos. Léase, por ejemplo, los monarcas saudíes, el presidente de Egipto o el propio Erdogan. Es decir, que no respetar los derechos humanos en sus respectivos países no los convierte en enemigos de Occidente. O no, al menos, automáticamente. A veces sucede que sí, como es el caso de Corea del Norte, Cuba o Venezuela, pero los Gobiernos de estos países no son antiamericanos por no respetar los derechos humanos, sino porque enarbolan una alternativa ideológica al propio Occidente.

No es el caso de la Rusia actual, pero sí lo era el de la Unión Soviética. La Rusia de nuestros días, por más que se empeñen algunos, no es una heredera de la URSS y, además, no tiene voluntad alguna de serlo. Lo sería, en todo caso, de la Rusia zarista, y esa Rusia no tuvo pleitos con Occidente, más bien todo lo contrario. La alianza franco-rusa data de 1893 y la entente ruso-británica de 1907. Los tres países se metieron de la mano en la Primera Guerra Mundial contra las potencias centrales. 

Putin se ve a sí mismo como el legatario de aquel Imperio. Es fundamentalmente un nacionalista ruso, con todas las taras de los nacionalistas y todas las taras de los políticos rusos. Es decir, patriotismo de ópera de Borodín y afición declarada por la autocracia al modo oriental lo que, como consecuencia inevitable, engendra toneladas de corrupción e incontables arbitrariedades de puertas adentro.

Desde su punto de vista Rusia sigue siendo una potencia de primer orden con la que hay que contar, y como tal potencia aspira a que le respeten su área de influencia. Esa área ha quedado muy recortada con la expansión de la OTAN hacia el este, hasta las fronteras mismas de Rusia, con las revoluciones prooccidentales en Georgia y Ucrania y con el desmembramiento de Serbia tras el reconocimiento internacional de la independencia de Kosovo. Resumiendo, la política rusa percibe a los europeos y a los yanquis como unos entrometidos que tienen un comportamiento abiertamente hostil hacia ellos.

En Occidente, en cambio, Rusia se percibe como una Polonia algo más grande que se muestra renuente a integrarse en el concierto de las naciones civilizadas, que añora el imperio perdido y que no se resigna a ser un país normal. Rusia es, por lo tanto, vista como una amenaza, y para demostrarlo señalan la diminuta península de Crimea, anexionada por las bravas hace ya dos años.

La cuestión de Crimea admite infinidad de matices de tipo político e histórico ya que, por un lado, fue una cesión de la RSS (República Socialista Soviética) de Rusia a la RSS de Ucrania y, por otro, la voluntad mayoritaria expresada en referéndum de los crimeanos fue unirse a Rusia. Algunos han señalado que esto es solo el principio, que vendrán más anexiones hasta que reconstruya la URSS. Y entonces será tarde porque la amenaza se habrá multiplicado.

Cabría preguntarse entonces si Rusia constituye una amenaza de verdad para Occidente. Militarmente desde luego que no, al menos para la OTAN. Sí lo es, por el contrario, para países menores y más débiles como Ucrania. Pero si Ucrania es presa fácil, más lo serán aún las repúblicas bálticas. De hecho lo son, pero están bajo el paraguas de la Alianza Atlántica. En el caso improbable de que Putin ordenase la invasión de, pongamos, Letonia (un minúsculo país de dos millones de habitantes más pequeño que Castilla-La Mancha) tendría que vérselas con la OTAN tan pronto como el derrotado Gobierno de Riga invocase el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, el que prevé el auxilio mutuo entre sus miembros.

Pero, aun en el supuesto de que Letonia no invocase el artículo 5 o la OTAN renunciase a actuar, Putin tendría que enfrentar una fuerte resistencia interna a la que habría de sumar gravosas sanciones económicas, resoluciones de la ONU, etc. Se convertiría en un apestado internacional. Putin, amigo de ciertas extravagancias propagandísticas puede parecer que está loco, pero lo cierto es que no lo está. Es decir, por la cuenta que le trae, no atacará las repúblicas bálticas ni se meterá en litigios territoriales con los aliados de Estados Unidos. No es Jruschov, no se embarcará en aventuras de problemático desenlace como aquella de los misiles cubanos en 1962.

Luego el problema está en Siria y en Ucrania. Siria fue un aliado tradicional de la Unión Soviética, era, de hecho, “el aliado” de Moscú en la región. Putin aspira a que siga siéndolo. En Ucrania la cosa se complica porque el país está dividido y enfrentado en dos bandos irreconciliables. Y es aquí donde Occidente tiene que decidir entre idealismo y realismo. O apoya a los ucranianos prooccidentales como ha venido haciendo hasta ahora o se olvida de ellos. Y no hay más vuelta de hoja. En menos de un mes el dilema estará sobre el escritorio de Donald Trump. Él tendrá que decidir.