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Niños robados: la venganza de la realidad

Escuchaba el otro día la cadena SER. Tenía encendido mi descodificador; ya saben, esa disposición a interpretar los medios de comunicación tomando lo que dicen por lo que quieren decir, y lo que callan por lo que no quieren decir. Carles Francino daba paso a una historia que había escuchado en la SER en numerosas ocasiones, la de los bebés robados. Me pareció que el tono con que introducían el tema no era vibrante, como en otras ocasiones; será el tedio, pensaba. No es fácil revestir tantas veces de indignación la íntima satisfacción de haber encontrado un caso que demostrará de nuevo la maldad del régimen de Franco. Un régimen que te roba a tus padres, que te roba a tus hijos, te lo puede quitar todo.

Pero esa sublimación del regocijo en indignación en este caso no funcionaba. Tampoco le dí mayor importancia. Y entonces ocurrió: recogían el testimonio de Inés Madrigal, quien con su caso, y merced a un empeño en verdad encomiable, se había convertido en el epítome de esta historia, en la voz y, sobre todo, los ojos de tantas víctimas de la trama de bebés robados. Los ojos; sólo ellos tienen la fuerza de transmitir ese sentimiento de justicia envuelto en dolor, que le dan tanta fuerza a un espacio en la televisión. E Inés contó que ella no fue robada, sino entregada. Tras muchos esfuerzos por hallar a su familia biológica, encontró que su madre le había dado voluntariamente en adopción. Lo que había quedado expuesto, expósito, era la eterna historia de una madre que abandona a su retoño.

Sobre la trama de bebés robados se ha creado una prometedora industria. Además de resolver la papeleta a los redactores jefe sobre a qué dedicar tales páginas del domingo, o la segunda hora del programa de radio, el asunto ha dado para mucho más. Montse Armengou y Ricard Belis “con el orgullo del periodismo comprometido como bandera”, han apuntalado su carrera con este filón periodístico. Pero el asunto necesitaba el prestigio de la palabra “historiador” para progresar. Y se la otorgó Ricard Vinyes, que es historiador, pero que se ve que también es “comprometido”. Y la mini serie Niños robados, protagonizada por Adriana Ugarte.

Pero hay que remitirse al año 2008. Baltasar Garzón, el juez condenado por prevaricación, pero no por pedir dinero a Botín mientras le juzgaba, el juez que nunca investigó los crímenes del franquismo pero certificó, sin dejar lugar a dudas, que el dictador había muerto, quiso sumar un éxito más en su carrera, y sembró 62 juzgados con la semilla de infinidad de casos de bebés robados.

El auto añadiría la verdad judicial a la histórica de Vinyes y la periodística de Armengou y Belis. Una verdad que apuntaba… pero vamos a dejar que nos lo diga Arcadi Espada: La de “las labores de asistencia del Nuevo Estado al encarar el que, sin duda, sería un problema inconmensurable”, pues “estaban destinadas a la ejecución de un programa político: la extirpación de la semilla roja”. Basándose en la ciencia frenológica renovada por Vallejo Nágera, la trama identificaría los bebés destinados a ser rojos y los implantaría en yermas pero entregadas familias franquistas. Marxismo y frenología en la cúspide de las pseudo ciencias. Este elemento es fundamental, pues convierte lo que podría ser una trama de corrupción en un plan de ingeniería social. Olvidaron, al parecer, que la dictadura de Franco era un régimen de derechas, no de izquierdas como el nacional socialista.

Pero Garzón es también un juez comprometido, y su verdad judicial, como la histórica y la periodística, son, y están, comprometidas. Como ha contado Maite Rico en VozPopuli, las 2.000 denuncias se han resuelto en medio millar de ellas admitidas a trámite, 81 pruebas de ADN, y ni un sólo caso de robo probado. Hubo irregularidades administrativas. Es decir, la sempiterna chapuza. Como la chapuza de sentencia que dictaminó que el médico Eduardo Vela entregó a Inés Madrigal a una familia sin conocimiento de su madre. Ni trama, ni bebés robados, ni ingeniería social, ni franquismo. Puro Garzón.

Una vez más un prejuicio ideológico ha denunciado unos hechos sin tener la humildad de detenerse antes a contemplar la realidad. Y una vez más ese prejuicio ha protegido su propio relato antes de que la realidad se cobre su venganza.