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Pobreza a todo gas

Sin embargo, al observar las propuestas concretas de los manifestantes podemos darnos cuenta de que en realidad la campaña por la "Pobreza Cero" tiene más que ver con el deliberado enriquecimiento de las oligarquías dictatoriales y las burocracias internacionales que con permitir el progreso y desarrollo de los africanos.

Las tres propuestas estrella para finiquitar la miseria del mundo son el incremento de la ayuda externa, la cancelación de la deuda y la regulación del comercio internacional. Si nos fijamos, en todas ellas adquiere un papel preponderante el Estado y el dirigismo económico; en ninguna se defiende el incremento de la libertad de los individuos para gestionar sus vidas y propiedades.

Muy al contrario, el remedio pasa siempre por que el Estado regule, controle y redistribuya mucho más que ahora. Queda claro que el altermundismo, junto con el ecologismo, ha sido una de las válvulas de escape del socialismo tras la caída del Muro. Si antes la excusa totalizadora era la liberación de los trabajadores, hoy pasa por la redención del pobre africano y la conservación del chinche verde.

La ayuda externa no es más que un invento para sablear con más contumacia a las clases medias de Occidente y volver a colonizar África, a través del pasteleo entre sus tiranos y los funcionarios de la ONU. La causa de la pobreza no puede encontrarse en la falta de riqueza, por cuanto la pobreza es esta falta de riqueza. Si la mayoría de los africanos son incapaces de prosperar debemos buscar la explicación, más bien, en la represión contra la propiedad privada que practican sus gobiernos.

Si obviamos que el ahorro, el crédito, la inversión, el capital y la función empresarial son imposibles allí donde no se respeta la liberad y la propiedad privada, inundar de ayuda externa a los africanos sólo parcheará los síntomas en lugar de remediar la enfermedad. De hecho, en tanto la ayuda externa conceda más poder y medios a los dictadores, agravará el proceso de pauperización y corrupción masiva del Tercer Mundo.

La cancelación de la deuda, por su parte, está basada en una idea bastante acertada: los individuos no pueden ser compelidos a saldar los compromisos crediticios que sus gobernantes les han impuesto sin su consentimiento. Sin embargo, uno no puede dejar de preguntarse de qué servirá sacar de la resaca a un beodo cuando está empecinado en seguir bebiendo cuando se recupere.

Las mismas burocracias que aumentaron hace décadas los montantes de deuda actuales subsisten, mutatis mutandis, hoy en día. Perdonarles la deuda sólo conseguirá que obtengan mayores facilidades de crédito, para que vuelvan a gastar en incrementar su pompa y, probablemente, su poderío militar.

El primer paso que hay que dar con respecto a la deuda externa es lograr que los propios tiranos la paguen total o parcialmente con cargo a sus fortunas personales. Cancelar la deuda supondría convalidar una situación de hecho inaceptable: el latrocinio de la clase política africana, sin lograr que ésta abandone el poder y deje de coaccionar a sus ciudadanos.

En todo caso, alegar que la deuda externa genera la pobreza en África supone confundir las consecuencias con las causas. Los africanos no pueden devolver hoy su deuda porque son pobres: no son pobres porque no puedan devolverla. Si la creación de riqueza no estuviera perseguida en el Tercer Mundo, el afluyente capital occidental generaría réditos suficientes para devolverla.

Por último, la regulación del comercio internacional (o, como suelen decir los movimientos antiglobalizacion: la transición desde un comercio libre a un comercio justo) consiste en una amalgama de propuestas de impronta mayoritariamente socialista. Por un lado se defiende la reducción o eliminación de los aranceles occidentales al Tercer Mundo, lo que sin duda permitiría unas mayores exportaciones africanas en aquellos sectores (como el alimenticio o los intensivos en trabajo) donde tienen ventajas comparativas; pero por otro se adopta una posición critica con respecto a la eliminación de los aranceles que los países africanos imponen a los productos occidentales. Parece que el altermundismo cree posible desarrollar la industria africana a través de la protección comercial.

Ahora bien, dentro de este esquema puramente neomercantilista (favorecer las exportaciones y restringir las importaciones para enriquecernos con el mayor numerario) destaca la propuesta de establecer la Tasa Tobin sobre los movimientos internacionales de capital, en concreto sobre los intercambios de divisas.

La enorme magnitud de este mercado (baste decir que los bancos suelen conformarse con unas rentabilidades del 0’0001%) dotaría de un enorme poder recaudatorio a la Tasa Tobin, que transferiría riqueza desde los sectores económicos a los políticos. Este incremento del dirigismo redundaría en una expansión de las burocracias y de la reglamentación del libre mercado. Los capitalistas occidentales que quieren invertir en África verán minorado su capital cuando paguen salarios o compren mercancías en la divisa local; esto es, el atractivo de la inversión extranjera se reduce con la tasa Tobin. Justamente lo contrario de lo que necesita África.

Por si fuera poco, la tasa Tobin es un impuesto regresivo que perjudica especialmente a los africanos. Si un europeo compra un ordenador japonés y paga en euros, al japonés le basta con comprar yenes con los euros obtenidos. En cambio, si un europeo compra tomates a un ghanés y le paga en euros, éste tendrá que comprar dólares con los euros y nuevos cedis con los dólares. Dada la debilidad de los nuevos cedis y las demás monedas africanas en los mercados de divisas, sólo se venden a cambio de dólares. Por tanto, el agricultor ghanés pagará dos veces la Tasa Tobin, debido a que hará un mayor número de transacciones que el japonés.

Sólo hay un camino para terminar con la pobreza, y es el capitalismo. Decenas de millones de asiáticos lo comprobaron durante los últimos 30 años, mientras África sólo se hundía más y más en la miseria del socialismo.

Si el colectivo Pobreza Cero quiere terminar realmente con esta lacra mejor sería que brindara por el libre mercado, en lugar de arremeter contra él en sus congregaciones. Mientras tanto, sus prescripciones colonialistas y paternalistas sólo servirán para perpetuar, extender y profundizar la miseria de los africanos, agasajar a sus tiranos y aumentar las redes de corrupción de la ONU. O dicho de un modo que a buen seguro entenderán: con su discurso "los ricos se vuelven más ricos y los pobres más pobres".