Usted está aquí

Por qué la realidad supera a la ficción

Esto es especialmente cierto en el mundo de los ordenadores, donde la realidad supera a la ficción abrumadora y constantemente, como quizá no se observe en otras facetas de la economía y la actividad humana. Para comprobarlo, basta asomarse a las películas de ciencia ficción de tan sólo hace una veintena de años.

Me refiero a películas que transcurren en un futuro, menos lejano ahora que entonces, pero aún distante. Por cierto, no vale La guerra de las galaxias que como todos saben ocurrió hace mucho, mucho tiempo en una galaxia muy lejana.

No sé si el lector se ha fijado en las pantallas de los ordenadores que controlan las naves espaciales imaginadas a mediados de los 80. Si lo hace, se sorprenderá al comprobar que no se parecen en nada a las que unos 20 años después tenemos en nuestra casa. En todas aquellas, las pantallas se limitan a presentar texto (normalmente con un colorcillo verdoso) y, si muestran algún gráfico, está formado por vectores y no tiene mucho que ver con la realidad que representa. La interacción con estos computadores es mediante complejos comandos tecleados rápidamente por el experto de la tripulación.

Esto es lo que daba de sí la imaginación de los guionistas de los 80 sobre la informática del futuro. Sin embargo, ya en los 90 existían sistemas operativos visuales como el del Commodore Amiga o el de Apple, que desembocarían en la actual generalización de Windows.

Compárese con la situación cotidiana actual: la pantalla de un ordenador es una explosión de color y luces. En ella podemos ver gráficos tridimensionales e incluso las películas de los años 80 con pantallas bicolores de ordenador. Y la mayoría de la gente es capaz de gestionar unos recursos ofimáticos brutales sin llegar a utilizar el teclado, sólo moviendo un punterito por la pantalla.

Todo esto nos parece hoy trivial. Y, sin embargo, hace menos de 20 años ni uno solo de los guionistas más imaginativos de Hollywood era capaz de imaginar que nuestros ordenadores serían así, no ahora, sino dentro de otros 20 años.

¿Por qué ocurre esto? Porque ni siquiera la imaginación del más imaginativo escritor es capaz de superar la fuerza del empresario innovador con ganas de hacer dinero proporcionando el mejor servicio posible a la gente. Simplemente por eso. A las pruebas me remito.