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Sobre la competencia

En una entrevista concedida a EFE el fin de semana pasado, el presidente Aznar declaró respecto a la cuestión de la competencia: “No tenemos más interés que el del consumidor”. Se trataría pues de conocer qué entiende el gobierno por el interés del consumidor. La Ciencia Económica siempre ha considerado como un ideal la soberanía del consumidor. Ninguna producción merece ser mantenida si no proporciona los bienes más urgentemente demandados por los consumidores, con la mayor calidad y al menor precio. Desde luego, la calidad del producto y la urgencia de la necesidad entendidas de acuerdo con las subjetivas apreciaciones de los compradores y no según algún fantasmagórico análisis técnico de supuestos expertos. Ningún vendedor debe poder oponerse a cambios en la producción porque vayan en contra de sus intereses como productor. El fin de toda la actividad económica es la mejor y más abundante satisfacción de las necesidades al menor coste posible.

Dos son las condiciones necesarias para que ese ideal se materialice. La primera, que el consumidor disponga de una moneda sana. Que pueda decidir no comprar cuando los productos que se le ofrecen no le satisfagan. Que no se vea empujado a deshacerse de la unidad monetaria por el temor a su depreciación. Con un dinero de papel que en el mejor de los casos pierde la mitad de su valor cada quince años, éste ideal no se cumple ni de lejos. Llama la atención además que toda la macroeconomía keynesiana trate precisamente de conseguir lo contrario. Se trataría de mantener siempre la demanda por encima de la oferta, sin importar los precios que se pidan, la calidad que se ofrezca, la cantidad de cada bien que se produzca, o los costes en que se incurran. El paraíso de los productores ineptos donde nadie quiebra.

La segunda condición es la libre entrada en el mercado de cualquier nueva empresa. Este punto necesita algún desarrollo, pues frecuentemente ha sido mal interpretado. En el Antiguo Régimen, las compañías que deseaban operar en el mercado necesitaban de una concesión real u octroi. Igualmente, las profesiones y las artes estaban controladas por corporaciones gremiales que, mantenían escaseces artificiales limitando las afiliaciones. Finalmente, las barreras arancelarias impedían el libre acceso al mercado de los productos extranjeros más interesantes. El liberalismo removió esas barreras.

Conscientes de su impopularidad, los intervencionistas han cambiado su discurso. Se trata de volver al Antiguo Régimen utilizando para ello argumentos “en defensa del consumidor”. Dios me guarde de mis amigos, que de mis enemigos me guardo yo. La competencia ya no ha de ser libre, sino regulada. Esgrimiendo el espantajo de un solo productor que someterá a servidumbre a sus compradores, se justifica toda intervención. Hasta se crea un Tribunal de Defensa de la Competencia para el que comunistas y socialistas (qué mala señal) piden más amplios poderes. Aparecen curiosos conceptos. No obtener beneficios desde el principio y tratar de atraer clientela con precios bajos se considera “predatorio”. Se argumenta que lo que se busca es hacer quebrar a todos y luego abusar de la recién adquirida “posición dominante”. Nada de esto es cierto. Dado que vender por “debajo de coste” es un concepto imposible de objetivar, los burócratas tienen carta blanca para actuar selectivamente cuando así lo desean.

Conviene recordar que casi todas las empresas de la Nueva Economía tienen pérdidas en la actualidad y que no arrojarán beneficios hasta dentro de varios años. Eso querría decir que están “vendiendo por debajo de sus costes” y deberían ser sancionadas. Bien, con ello se haría imposible desarrollar los productos. Los estudios empíricos de lo que se conoce como learning by doing (aprender haciéndolo), demuestran que los costes pueden llegar a caer más de un 20% en las primeras evoluciones de un producto. Todo eso sería inalcanzable si las empresas no pudiesen “vender por debajo del coste” al principio. En realidad, los costes, igual que los ingresos, se periodifican en el tiempo y las inversiones se valoran a largo plazo.

Por otro lado, si alguien desea introducirse en un mercado, más le vale que venda más barato que los ya instalados. Los productos de éstos últimos gozan de una reputación ganada que el consumidor valora. Sólo unos precios bastante atractivos inducirán a probar lo que fabrica el nuevo desconocido. Las supuestas “barreras a la entrada” que suponen las marcas comerciales nada tienen que ver con las restricciones a la competencia. Allí donde existen, constituyen manifestaciones de una trayectoria de buen servicio al consumidor que éste aprecia.

Los intervencionistas se han valido de un modelo microeconómico neoclásico para presentar el ideal de la competencia perfecta. En ese modelo hay muchas empresas que hacen todas lo mismo, sin que ninguna obtenga beneficios “extraordinarios”. Desgraciadamente, dicho modelo no es ni real, ni ideal. No es real porque es estático. Es un modelo que no da cabida a la diferenciación de los productos para ajustarse todavía mejor a los deseos de los consumidores. Tampoco contempla la introducción de nuevas técnicas de fabricación por parte de los empresarios para producir a menores costes.

El modelo de “competencia perfecta” es un fantasmagórico mundo en el que nadie compite y todos elaboran día tras día y año tras año el mismo producto con las mismas técnicas. Lo grave es que ese modelo se presenta como ideal. ¿De qué pregunto yo? ¿Del estancamiento y la monotonía uniforme? Competir no es aceptar precios y costes, utilizar técnicas comunes y hacer lo mismo que los demás. Competir es innovar. Es descubrir las oportunidades de ganancia que el mercado ofrece. Es ajustar el tamaño de la planta para aprovechar las economías de escala a veces mediante fusiones o absorciones. Puede ocurrir que como consecuencia de todo ello, en algún caso y durante un determinado momento unas pocas empresas aparezcan como principales suministradoras en una determinada industria. Ese “oligopolio de facto” puede tener una apariencia externa similar al oligopolio creado por las concesiones y restricciones gubernamentales. Ahí terminan todos los parecidos. El primer oligopolio es creado o mantenido por la excelencia. El segundo, por la violencia. Las “barreras de entrada” en el primer caso son los precios atractivos, la producción eficiente y la trayectoria impecable. Las barreras de entrada en el segundo, las pistolas y las cárceles.