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Talento e impuestos: una apuesta perdedora

Cristóbal Montoro era un hombre feliz el pasado 20 de junio, cuando presentó su esperadísima reforma fiscal. El ministro de Hacienda apareció ante los medios con un puñado de cuadros en los que se iban desgranando los detalles del proyecto. Y de todas las tablas con las que adornó su exposición, probablemente en ninguna se detuvo tanto tiempo como en la que mostraba el ahorro en los rendimientos del trabajo que conseguiría cada contribuyente según su nivel de renta.

Según las cuentas de su departamento, todos los trabajadores españoles pagarán menos IRPF en 2016 que en 2011, cuando Mariano Rajoy llegó a La Moncloa. ¿Todos? Bueno, todos no. El ministro repitió en varias ocasiones (con cierto tono de orgullo) que sí habrá un pequeño grupo de asalariados que saldrá de la legislatura pagando más que cuatro años antes.

Como puede verse en la siguiente tabla, aquellos que ganen más de 100.000 euros tendrán una factura fiscal en el IRPF de 2016 superior a la de 2011. No es mucho (del 0,5% al 1,5% aproximadamente), pero Montoro asegura que es la demostración de que las medidas del impuesto han sido siempre "equitativas", para que el que más gane no sólo pague más, sino que cada vez soporte una parte mayor de la recaudación. La retórica de castigar al rico no es privativa de Podemos o IU.  

El problema es que cuando uno toma decisiones fiscales desde el Gobierno, los ciudadanos también responden. Del mismo modo que una subida en los impuestos al tabaco reduce el consumo de cigarrillos, un incremento en la tributación al trabajo perjudicará a la creación de empleo. Y si se trata de impuestos a los grandes sueldos, pues serán este tipo de profesionales los que se alejarán, un poquito más, de España.

En este sentido, resulta curioso que, los mismos políticos que se pasan el día hablando de nuevas tecnologías, inversión en I+D+i, innovación, emprendedores o atracción del talento, mantengan luego, sin mover un músculo, un argumentario sobre los impuestos que penaliza exactamente a los más brillantes trabajadores de esos sectores.

No nos engañemos: los mejores investigadores, científicos, ejecutivos o empresarios también son los que más cobran. Su trabajo, capacidad y talento les proporciona un sueldo elevado y quieren quedarse con el mayor porcentaje posible del dinero que legítimamente han obtenido. Si España quiere competir con otros países para atraer ese talento, con todos los benéficos efectos que eso generaría en términos de riqueza o productividad, no hay duda de que la política fiscal será determinante.

Talento, deporte y fiscalidad

No es fácil medir exactamente cómo afecta una subida en los tipos marginales del IRPF a los mejores ingenieros, abogados o informáticos. Estas profesiones agrupan a cientos de miles de personas con diferentes categorías salariales, remuneración fija y variable, beneficios empresariales, etc... Además, un trabajador normal tiene muchos otros motivos además de los impuestos para elegir uno u otro lugar de residencia (cercanía a grandes centros de negocios, cuestiones familiares, idiomas,...)

Sin embargo, sí existe un grupo de profesionales de alto nivel adquisitivo que puede servir, al menos de forma aproximada, para un análisis estadístico de cómo reaccionan los grandes sueldos a las subidas de impuestos: los deportistas. Para empezar, su número es relativamente manejable, hablamos de cientos de personas, no decenas de miles. Además, de nuestros grandes atletas, especialmente los que juegan en deportes de equipo, conocemos bien sus sueldos y su trayectoria profesional año a año. Son trabajadores con mucho talento y cada poco tiempo son tentados por diversas empresas de su sector. Normalmente, tienen que tomar decisiones en uno u otro sentido varias veces a lo largo de su carrera. A primera vista, parece una muestra estadística casi perfecta.

En EEUU, además, lo tienen aún más fácil, puesto que allí existe la figura del agente libre: ese jugador de las grandes ligas (NBA, NFL, MLB, NHL) que cuando acaba su contrato con una franquicia tiene absoluta libertad para elegir destino. El español Pau Gasol, por ejemplo, ha estado en esta situación este verano.

Con este planteamiento, es factible analizar cómo afecta la tributación del Estado en el que esté radicado el equipo elegido. Evidentemente, no sólo los impuestos determinarán la decisión final. Cualquier deportista valorará el proyecto del equipo, sus posibilidades de ganar títulos y también, por qué no decirlo, el impacto publicitario de la ciudad o la franquicia. Vamos, que no es lo mismo para las marcas que sus jugadores vistan la camiseta de los New York Knicks que la de Minnesota Timberwolves.

En cualquier caso, sí pueden extraerse algunas conclusiones. Por ejemplo, este artículo de The New York Times recoge dos estudios muy esclarecedores sobre el tema. En el primero, de James Alm, Bill Kaempfer y Edward Batte Sennoga, se analizan las decisiones de los agentes libres de las grandes ligas de béisbol. La conclusión es que, manteniendo el resto de variables constantes, una subida de un punto en el impuesto sobre la renta provoca que el equipo de ese Estado tenga que pagar a su fichaje entre 21.000 y 24.000 dólares más al año. Puede parecer una cantidad pequeña en comparación con los presupuestos de las grandes franquicias, pero hay que recordar que puede haber varios puntos de diferencia entre los IRPF de dos estados (en España, por ejemplo, hay hasta siete puntos entre las autonomías con los tipos marginales más altos y los más bajos). Y además este incremento de salario lo lógico es que se extienda a buena parte de la plantilla (al menos todos los que lleguen como agentes libres).

En la NBA, se produce una situación algo distinta según un estudio de la Universidad de Cornell. Allí, el límite salarial impide que los propietarios actúen con tanta alegría. Por eso, los impuestos altos se traducen en una pérdida de talento. O por decirlo de otro modo, a los equipos en estados con altos impuestos les resulta más complicado fichar grandes jugadores (de nuevo, manteniendo el resto de condiciones estables).

En resumen, los dos estudios muestran que los equipos de estados con un castigo fiscal más elevado lo acaban pagando. O lo hacen con sueldos más altos (lo que afecta a medio plazo a su competitividad) o lo hacen perdiendo opciones de fichar talento (caída de la productividad). ¿Podrían extrapolarse estas conclusiones al resto de industrias?

Además, no es una cuestión puntual de estos deportes. Los grandes medios norteamericanos informan con frecuencia de cómo los tributos afectan a las decisiones de sus grandes estrellas. Por ejemplo, aquí Business Insider clasifica a los equipos en función de sus impuestos sobre la renta. Por cierto, los equipos de Texas y Florida salen muy bien parados, algo que no extrañará al aficionado español a la NBA: algunos de los movimientos más interesantes de las últimas temporadas han beneficiado a las franquicias de dichos estados.

Incluso, ha habido propuestas para introducir un límite salarial flexible, que sea más alto para los equipos que tengan que pagar impuestos más altos, para así mantener el equilibrio competitivo en el que se basan las grandes ligas estadounidenses. Muchos economistas son conscientes de que las diferencias tributarias acabarán generando diferencias deportivas. Es más, ya hay noticias de jugadores que incluyen cláusulas en sus contratos por las que, si son traspasados a un Estado con impuestos más altos, deberán ser indemnizados en la cuantía correspondiente.

De hecho, ni siquiera es una cuestión que afecte sólo a los deportes de equipo. Hace unos meses se montó un fuerte escándalo en EEUU cuando Phil Mickelson, el segundo jugador de golf más conocido y rico del mundo tras Tiger Woods, declaró que su factura tributaria era excesiva y aseguró que se estaba planteando cambios en su vida (quizás irse de California, su Estado) para pagar menos impuestos. Las voces de la corrección política salieron rápidamente a criticar a Mickelson, con el manido argumento de que un privilegiado millonario nunca paga demasiados impuestos. Claro, luego se encontraron con la realidad, cuando el propio Tigre reconoció que su cambio de residencia de California a Florida, al comienzo de su carrera profesional, tuvo mucho que ver con esta cuestión.

Al final, habrá quién diga que tampoco hay tantos deportistas profesionales y que no es éste el sector que nos sacará de la crisis. Pero como apuntamos antes, su importancia radica más en su condición de ejemplo. Probablemente, otros profesionales talentosos se comporten de la misma manera que estos atletas y, ante dos ofertas de dos grandes empresas, midan muy mucho el tema impositivo a la hora de tomar una decisión. Hablamos de miles de ingenieros, matemáticos, empresarios innovadores, inventores, médicos o ejecutivos. ¿Cuánto pierde un país por no ser capaz de atraerlos? ¿Cuánta riqueza generan a su alrededor? ¿Cuál es el multiplicador del talento? ¿Cuántos puestos de trabajo crearía el gasto derivado de sus enormes sueldos? ¿Qué nivel de productividad pierde su economía? La realidad es que Tiger Woods lleva 20 años siendo el deportista mejor pagado del mundo. No sólo se dedica al golf. También tiene empresas y fundaciones. Realiza cientos de actos publicitarios al año. Incluso, es más probable que juegue un torneo si tiene lugar cerca de casa. En California, ya ni se acuerdan. Pero hace dos décadas, todo eso estaba en sus manos.