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Una Nueva Jerusalén

Con este bagaje intelectual, nuestro presidente del Gobierno ofreció un discurso en las Naciones Unidas, expresión máxima del burocratismo estatalista, que en todo momento estuvo a la altura de los disparates precedentes.

A primera vista, el mensaje de Zapatero no pasa de un fasto demagógico, de la honda charlatanería a la que nos tiene habituados. Sin embargo, al leerlo con atención encontramos perversiones típicamente socialistas.

Uno tiene la impresión de que, entre tantos tiranos, déspotas, estatistas y antiliberales varios, ZP se sintió como en casa y sacó a relucir su rostro más sincero.

La solidaridad socialista

Zapatero empezó su alocución diciendo: "La sociedad española ha mostrado tradicionalmente unos arraigados sentimientos de solidaridad internacional, que se han fortalecido en los tiempos recientes. Atendiendo a este noble sentir generalizado, mi Gobierno ha hecho de la cooperación al desarrollo una seña de su identidad, uno de los valores preferentes para guiar su gestión política".

A la izquierda le encanta llenarse la boca con la palabra "solidaridad". De hecho, el pretexto último que el socialismo utiliza para expoliar, reprimir y coaccionar al individuo es la "solidaridad"; y así, el Estado de Bienestar es la expresión máxima de la solidaridad interindividual e interterritorial. Parece que cuanto más robe y despilfarre, más solidario es un político.

En ese sentido, cuando los liberales proponen acabar con la redistribución coactiva de la renta, de inmediato son tildados de insolidarios y egoístas. Parece, pues, que la solidaridad es un valor monopolizado por la izquierda.

De hecho, es curioso que Zapatero apunte que los sentimientos de solidaridad de los españoles "se han fortalecido en los tiempos recientes". ¿Es que acaso el talismán del Gobierno socialista ha incrementado nuestros sentimientos de bondad y empatía? ¿O acaso ZP está confundiendo solidaridad con el atraco a mano armada que su Gabinete está practicando con las subidas de impuestos?

La solidaridad debe asentarse en la voluntariedad; sólo así la acción del "dar" adquiere el valor moral de la solidaridad. Si yo doy lo que no es mío no estoy siendo solidario. Si otros dan lo que es mío tampoco lo estoy siendo. Los españoles no somos solidarios porque el magnánimo ZP entregue nuestro dinero a los tiranos del Tercer Mundo; en tanto no hayamos donado el dinero voluntariamente (y los impuestos tienen poco de voluntarios), la solidaridad está del todo ausente.

Sin embargo, en la mente de Zapatero el Gobierno es el principal impulsor de la solidaridad. Los individuos y la sociedad empequeñecen y son relegados a un segundo plano. La solidaridad, para el socialismo, es otro sector de la economía que debe ser nacionalizado y planificado. El ser humano no tiene iniciativa: los políticos la tienen por él.

En definitiva, el fin de la redistribución debe venirnos impuesto. Los proyectos y aspiraciones de cada persona no importan, quedan condicionados a ese fin colectivo ideado por los socialistas. Todo –nuestra vida, nuestra libertad y nuestra propiedad– queda supeditado al fin superior de la solidaridad socialista.

Políticos omnipotentes

La concepción de ZP de la solidaridad no sólo nos indica cuál es su idea sobre la naturaleza humana (el hombre sólo puede actuar a través de la dirección y represión de otros hombres más capaces), además sirve para ilustrar la imagen que tiene de sí mismo.

Como decimos, para ZP la sociedad es un lodazal de corrupción e ineptitud que debe ser comandado y organizado por la clase política. En otras palabras, la clase política, de la que Zapatero forma parte, está conformada por una suerte de semidioses omniscientes que conseguirán cambiar la naturaleza humana y solucionar todos los problemas de la humanidad.

El entramado intervencionista que ZP esbozó en su discurso va, precisamente, dirigido a conseguir terminar con el hambre en el planeta: "El pueblo español cree que es posible construir un mundo sin miseria; cree que lograrlo en una generación no es una utopía, que existen medios para conseguirlo".

Al margen de la torpeza e inutilidad de las propuestas de Zapatero, conviene que nos detengamos un momento en la fatal arrogancia que exhalan sus palabras. Nuestro presidente se cree capaz de terminar con la pobreza en el mundo. Su desbocada inteligencia, su portentoso talento, no tiene límites: en una generación será capaz de desterrar el hambre.

No debemos sorprendernos de tamaña fanfarronería. En Camino de servidumbre Hayek se preguntaba por qué los peores individuos de la sociedad siempre llegaban al poder. El pensador liberal llegó a la conclusión de que las personas justas tendrían escrúpulos suficientes como para no pretender planificar la vida de los demás a través del Estado, por lo cual sólo los arrogantes, ignorantes y amorales pretenderían copar tales responsabilidades: "Así como hay poco que pueda inducir a los hombres que son justos, según nuestros criterios, a pretender posiciones directivas en la máquina totalitaria, y mucho para apartarlos, habrá especiales oportunidades para los brutales y los faltos de escrúpulos".

En el caso de ZP, esta tesis queda plenamente confirmada: a través de su directa acción e intervención, el hambre en el mundo terminará. Sólo necesita una cosa: los "medios para conseguirlo". Tales medios, por su parte, sólo pueden proceder de la sociedad, y, por supuesto, para obtenerlos no recurrirá al "diálogo", al "talante" o a la "persuasión", sino a la brutal fuerza impositiva del Estado. ZP sólo necesita nuestro dinero para alcanzar los fines superiores de la humanidad; por ello no va a dudar en arrebatárnoslo. Necesita nuestro dinero para ser solidario; y tiene las armas para obtenerlo.

Un mundo por construir

Hemos visto cómo Zapatero piensa, por un lado, haber descubierto el fin último de la sociedad, al que quedan subordinadas todas las demás desviaciones individuales, y, por otro, cómo se cree capaz de ejecutar y realizar semejante fin.

Obviamente, la conclusión lógica de tanta arrogancia reunida sólo puede ser el incremento del poder político y la reducción de las libertades individuales. De nuevo, fue Hayek quien analizó este fenómeno, que denominó "constructivismo".

Los socialistas creen ser capaces de planificar las sociedades y las instituciones. Desprecian las relaciones voluntarias, el orden espontáneo y las asociaciones libres. Todo debe nacer de la mente del planificador central; el político "crea" la sociedad, nos asigna nuestros planes, nos otorga nuestros medios y da sentido, por tanto, a nuestras vidas.

En otras palabras, Hayek acusaba al socialismo de querer "construir" la sociedad, como si de un ingeniero ante una máquina se tratara. Cada una de las piezas de esa máquina eran elementos susceptibles de manipulación y control político.

Zapatero es digno depositario intelectual del constructivismo. Repitamos el párrafo con que cerró su discurso: "El pueblo español cree que es posible construir un mundo sin miseria; cree que lograrlo en una generación no es una utopía, que existen medios para conseguirlo; cree que la lucha contra el hambre y contra la pobreza es la guerra más noble que la Humanidad puede librar. Den por seguro que en ese combate el Gobierno y el pueblo español quieren batirse en primera línea".

No es casualidad que en estas frases destaquen tres palabras: "construir", "guerra" y "Gobierno". La construcción de las sociedades es una guerra permanente del Gobierno contra la sociedad. Aquellos individuos que, gritando "libertad", no se sometan a los planes gubernamentales deberán ser perseguidos y reducidos.

Éste es el ideal de Zapatero en particular y del socialismo en general. Un Gobierno que controle, planifique y construya toda la sociedad; un Gobierno en continua guerra contra los díscolos; un Gobierno omnipresente.

Por ello, las recientes subidas de impuestos responden a una clara estrategia: incrementar la presencia del Estado y reducir la de la sociedad. La maquinaria estatal, a través de los impuestos, crece a costa de los individuos. Cuanto mayor sea el poder político, más menguará la sociedad civil.

Zapatero ha reiterado en la ONU sus pretensiones constructivistas, intervencionistas y socializantes. Rodeado de dictadores, déspotas y tiranos, ha recordado que el fin último de todo Estado es expandirse sin límite. La redistribución planetaria es el objetivo prioritario; las subidas de impuestos, el medio adecuado; la construcción de una Nueva Jerusalén, el resultado final.

El socialismo pretende destruir las bases morales y económicas de nuestra civilización –que giran en torno al derecho de propiedad– para erigir un nuevo orden planetario fundamentado en la dirección centralizada del Estado. Fracasaron con el comunismo genocida; ahora se esconden tras la gran mascarada de la Tercera Vía, la socialdemocracia y el progresismo. Pero los objetivos finales son los mismos: construir un mundo de esclavos del Estado.