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La devastadora cuña fiscal

Se antoja éste un buen momento para hacer notar los devastadores efectos que un sistema fiscal asfixiante y progresivo producen en la economía. Buen momento, en efecto, inmersos como estamos en plena campaña del impuesto sobre la renta.

Es curioso y lamentable -¿quizás una conspiración de silencio de los hacendistas?- que cuando se trata de hablar de los impuestos y sus efectos apenas se mencione la cuestión de la cuña (wedge) fiscal. Este fenómeno, descrito con gran elocuencia por los economistas de la oferta (supply side) allá por mediados de los años 70, hace hincapié en el hecho de que un impuesto funciona como una cuña que separa y ensancha una prestación de su remuneración. Más cuanto más alto sea el tipo de gravamen.

Veamos algunos ejemplos empezando por el del asalariado y su empleador. Los impuestos a la renta y las cotizaciones sociales establecen una enorme brecha, más alta cuanto más productivo es el trabajador, entre lo que el trabajador recibe y lo que el empleador paga. Para que se hagan una idea, esta diferencia para salarios brutos en el entorno de los 35.000€ seguramente esté cercana al 50%.

El IVA es otro ejemplo palmario. El consumidor paga una quinta parte más del precio que el vendedor recibe. Un precio recortado del cual además debe el productor detraer otro pico como impuesto al beneficio…

Lo grave de la cuña fiscal es que su resultado neto no es de suma cero, sino que destruye prosperidad, y mucha. Sus efectos van mucho más allá del mero hecho de que unos reciban lo que otros pagan: una mera redistribución desde el contribuyente al favorecido por el gasto público, como nos pretenden hacer creer sus partidarios.

En efecto, al reducir lo que recibirían por su trabajo o sus mercancías los que venden e incrementar lo que pagarían los demandantes en forma de salarios o precios de los productos, un gran número de transacciones que de otro modo hubieran tenido lugar ahora no se producen. Consecuentemente, el empleador razona: “yo te contrataría si lo que tú te llevas a casa fuese todo mi coste (seguramente tú produces más que eso), pero si te contrato, lo que me cuesta emplearte es un 50% más (y eso ya no me lo cubres con tu trabajo)”. El trabajador razona en términos similares: “Me interesaría trabajar aquí si me llevase todo lo que tú, empresario, pagas, pero yo recibiría la mitad de esa cantidad. Al tener que renunciar a subsidios de desempleo, ingresos en la economía informal, ocio y ayudas sociales varias, en esas condiciones, el desempleo formal es mejor opción”.

Lo mismo pasa, mutatis mutandi, con los impuestos indirectos. El comprador razona “yo compraría si el producto costase un 21% menos”. El vendedor: “Yo produciría más si pudiese quedarme con ese 21%...”.

¿Qué tenemos, pues, al final? Menos producción y menos empleo. Producción que no llega ni a existir ni llega a disfrutarse. Al mismo tiempo, ningún beneficiado por impuestos que no se recaudan. Una división del trabajo y una especialización que menguan en favor del “hágaselo usted mismo” y del trueque de servicios. Desempleados crónicos dependientes del subsidio que, caso de aceptar un trabajo, soportarían en términos marginales más del 100% de impuestos sobre la mejora retributiva. Una economía sumergida de bajísima productividad en la que los costes de la ilegalidad destruyen los modelos de negocio más rentables. Con la imposibilidad de anunciarse, de acceder al crédito y a los mercados de capitales, con la restricción en el consumo de energía para no ser detectado y los obstáculos a la constitución  de marca y de reputación, este inframundo en no pocos casos acaba infestado de chapuceros y golfillos.

Una última reflexión sobre la progresividad fiscal. Es habitual presentar la carga fiscal en forma de calendario. Así, se dice, trabajamos cinco meses para el estado y siete para nosotros. Algunos elaboran calendarios en los que establecen el día en los que, liberados, ya empezamos a trabajar para nosotros mismos. Con el valor que tales retratos tienen, la imagen no hace justicia a la realidad. La película más bien es la de una escalera mecánica en dirección contraria por la que tratamos de ascender y que se va acelerando conforme más avanzamos. No es que trabajemos los primeros meses para el estado y luego para nosotros, sino que por cada día y cada hora que va avanzando el año, la incautación va creciendo. También crece cada vez que mejoramos nuestra productividad como consecuencia de nuestro esfuerzo. Y ya sabemos cómo funcionan los impuestos: Se pone un impuesto al tabaco para que se fume menos, se pone un impuesto a los incrementos de productividad para que… Responda usted mismo.

Comentarios

Stephan
Excelente.
cesar
Muy buen articulo

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