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25/08/2005 - Emilio Alonso

Adiós, Suecia, adiós

Suecia es un frío país del norte de Europa, famoso por la legendaria belleza rubia de sus mujeres y por ser el paradigma del no menos mítico Estado del Bienestar, uno de los escasos bastiones de la socialdemocracia realmente existente al que los estatalistas de izquierdas suelen recurrir, como a un talismán de mágicos poderes, para tratar de oponerlo a los modelos liberales de crecimiento y prosperidad. Los liberales tenemos a los países anglosajones, a las nuevas y pujantes repúblicas del este de Europa, a Japón o a los tigres asiáticos; a los socialistas, muerto el mito marxista, les queda al menos Suecia.

La primera de ambas leyendas es incontestable, y cualquiera que haya viajado al país escandinavo puede dar fe de ella; en relación con la segunda, sin embargo, hace apenas unos días el Diario Exterior publicó la recensión de un trabajo del chileno Mauricio Rojas, parlamentario y profesor de la Universidad de Lund, que puede considerarse algo así como el certificado de defunción del Estado sueco del bienestar, para desconcierto y zozobra de los socialdemócratas del mundo.

Como tantos modelos adoptados con entusiasmo por la izquierda política (tan aficionada a inventar Arcadias felices y paraísos colectivistas donde, en realidad, no hay nada), el estado sueco del bienestar ha tenido siempre algo de verdad a medias y mucho de mito. Ya en 2002, en un artículo publicado por el Mises Institute que causó bastante sensación, William Anderson desmontó dicha ingenua mitología poniendo de manifiesto, por ejemplo, que la renta de la que disfrutaba una familia sueca media era, a finales de los años 90, notoriamente inferior a la percibida por una familia media norteamericana… de raza negra. Lejos de ser obra de alguna malvada organización de neocones yankies, dicha estadística demoledora había sido tomada de un estudio elaborado por el Instituto de Comercio Sueco y ponía de manifiesto que el Estado del Bienestar, en su obsesión por la redistribución de la riqueza, posterga la capacidad de producción al alterar fatalmente el sistema de incentivos en el que se sustenta la voluntad emprendedora del ser humano, entorpeciendo de modo decisivo el crecimiento y atacando, por tanto, las bases de la prosperidad futura.

El trabajo de Rojas nos trae, apenas tres años después, la previsible buena nueva: el gobierno de Suecia, máximo exponente del Estado del Bienestar, está abandonando la senda del estatalismo y la redistribución por la vía de la recaudación y la provisión pública de toda clase de servicios para adoptar un sistema más propio de las economías liberales, basado en medidas como la reducción de la administración, la privatización de empresas públicas y el fomento de la competencia y la libertad de mercado.

El fenómeno operado en Suecia y descrito por Rojas no es nuevo (aunque sí llamativo, como se ha dicho, precisamente por el carácter simbólico de Suecia para los partidarios del intervencionismo), y es prácticamente un calco del proceso que ya hemos podido ver en otros países de Europa y en los Estados Unidos en el periodo iniciado a principios de la década de los ochenta: a una crisis económica profunda siguió un proceso de reformas emprendido por un gobierno de corte liberal que ha sido continuado e incluso profundizado por gobiernos posteriores de signo, al menos nominalmente, socialista. Con quince años de retraso, pero también Suecia ha tenido que rendirse a la evidencia y sacudir con decisión las anquilosadas bases sobre las que se asentaban sus políticas de gobierno.

 

Rojas sugiere, a la vista de las conclusiones mostradas en su estudio, seguir a Suecia también ahora, en su viaje de vuelta desde las fracasadas recetas estatistas hacia las soluciones basadas en el fortalecimiento de la sociedad y el fomento de la libertad de mercado. Y lo mejor de todo es que estas medidas salvajes no tienen, para tranquilidad de catastrofistas y augures del Apocalipsis ecológico, por qué ir en menoscabo, sino más bien al contrario, de ese recurso natural tan característico del país báltico al que se hacía referencia más arriba: la belleza de sus mujeres.

 

Opinión de los lectores

Gorka

Lo que cuenta Emilio Alonso debería abrirnos los ojos. Reseñé recientemente este libro de Mauricio Rojas en la revista de libros de Libertad Digital y también Carlos Rodríguez Braun se ha ocupado del tema en ABC. Una cosa está clara: El estado del bienestar es un gigante patoso que antes o después se desplomará. Y sólo hará falta una china lanzada por un tirachinas. Bueno, ni siquiera eso, caerá redondo por orondo. Pero en esa caída nos llevará a todos por delante.

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