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Portada - Comentarios - Utilidad marginal y liquidez

02/09/2005 - Juan Ramón Rallo

Utilidad marginal y liquidez

Carl Menger, el padre de la Escuela Austriaca, revolucionó la ciencia económica en 1871 con sus Principios de Economía Política, al descubrir la utilidad marginal decreciente. Brevemente, la utilidad marginal viene a decir que la utilidad de conjunto de productos sustituibles entre sí viene determinada por el fin al que satisface la última unidad; lógicamente, dado que con unidades iguales perseguimos cada vez fines menos valiosos, esa utilidad era decreciente.

Sin embargo, Menger también hizo importantísimas aportaciones a la teoría monetaria; aportaciones que, en muchos casos, no sólo han pasado desapercibidas para una ciencia económica corrupta por el neoclasicismo, sino también para la Escuela Austriaca.

Menger afirmó que el dinero surgió espontáneamente, como una generalización del bien económico más líquido. Pero, ¿qué era la liquidez? Para definirla, observó que todo producto pujaba en el mercado entre dos precios, el precio ofrecido al que se quería comprar y el precio pedido al que se quería vender. Cuanto mayor era la cantidad de bienes comerciada, mayor era el margen (spread) entre ambos precios. Pues bien, para Menger un bien era más líquido que otro cuando su spread aumentaba más lentamente conforme incrementábamos la cantidad.

En realidad, Menger no tenía necesidad de hablar de márgenes y spread. Había ya desarrollado el instrumental analítico suficiente como para definir liquidez en términos más precisos. Y es que, como hemos visto, la utilidad de un bien siempre decrece conforme aumenta su cantidad. Por tanto, necesariamente, el margen entre sus precios tiene que incrementarse. Una parte tendrá que ofrecer a la otra cantidades crecientes del bien, ya que la utilidad del bien recibido disminuirá conforme le ofrezcan una mayor cantidad. Sólo cuando los bienes líquidos entran en escena, una parte (el comprador con dinero) no necesita ofrecer a la otra (vendedor sin dinero) una función creciente del bien, pues la utilidad marginal del dinero disminuye muy poco a poco.

Así, diremos que un bien es más líquido que otro cuando su utilidad marginal disminuya más lentamente. Por supuesto, un tipo de dinero será de mayor calidad que otro cuando sea más líquido.

Otro gran teórico de la liquidez, Antal E. Fekete, ha entendido perfectamente esta idea al sostener que el oro tiene una utilidad marginal constante. No es necesario decir que ningún bien puede tener una utilidad marginal constante, pero la idea subyacente a la afirmación de Fekete es que su utilidad es la que más lentamente disminuye. Además, Fekete ha completado la liquidez definiéndola en su doble perspectiva, espacial y temporal. El bien más líquido es el más transmisible o vendible, aquel generalmente aceptado sin que al incrementar su cantidad disminuya su valor. Sin embargo, este punto de vista espacial debe completarse con el temporal: la atesorabilidad.

Si un bien, por ejemplo, se deteriora con el paso del tiempo, tendrá una gran liquidez durante una temporada, pero luego la irá perdiendo. Una mercancía es atesorable cuando pueda venderse o comprarse con las menores pérdidas posibles en pequeñas cantidades, esto es, cuando su utilidad marginal aumente más lentamente conforme se disminuya la cantidad.

Por ejemplo, en la Edad Antigua el ganado era el bien más líquido espacialmente. Todo propietario de ganado sabía que en cualquier otra parte del continente se lo aceptarían como “moneda de cambio” (de hecho, la palabra pecus significa ganado y de ahí se derivó posteriormente la palabra pecunia, moneda). No obstante, el ganado era muy poco líquido intertemporalmente; si yo atesoraba ganado, con el paso del tiempo envejecía y moría. De ahí que para traspasar la riqueza a lo largo del tiempo se adoptara la sal (de ahí la palabra salario).

Más recientemente, la dualidad espacial-temporal ganado-sal se sustituyó por oro-plata. El oro servía para grandes transacciones interespaciales, pero su fragmentación era muy costosa, de manera que se adoptó la plata para atesorar valor intertemporalmente. Sólo cuando durante el s.XIX los avances metalúrgicos hicieron posible reducir el coste de la fragmentación del oro, éste se impuso como el dinero de mayor calidad, el más líquido, tanto en el espacio como en el tiempo.

Por tanto, hemos visto como el concepto de utilidad marginal mengeriano nos sirve para explicar la liquidez del dinero sin necesidad de recurrir a los márgenes de precios. Un bien es líquido interespacialmente cuando su utilidad disminuye muy poco a poco conforme se incrementa su cantidad; un bien es líquido intertemporalmente cuando su utilidad aumenta muy poco a poco conforme se reduce su cantidad. En ambos casos, hoy por hoy, el oro es el bien más líquido y de mayor calidad.

 

Opinión de los lectores

Gorka

Brillante artículo pero echo de menos dos cosas. Una, que se explique por qué hoy por hoy el oro es el bien más líquido. Hay productos como el petróleo cuya liquidez es muy alta. ¿Por qué no el platino? Por otro lado, me gustaría ver cómo la teoría de la liquidez de Fekete combinada con las ideas de Menger explica de forma más contundente la cuestión sobre el patrón oro e incluso el problema de los ciclos y su germen; la inflación. Pero seguro que Rallo ya lo tiene previsto y que pronto nos brindará otro magistral artículo al respecto.

Francisco Moreno

“...que se explique por qué hoy por hoy el oro es el bien más líquido. Hay productos como el petróleo cuya liquidez es muy alta. ¿Por qué no el platino?”
Creo que el oro (junto a la plata y, en menor medida, el cobre) es el bien más líquido porque así se ha impuesto históricamente y de manera espontánea al aceptarse como el medio de pago más líquido o preferido por millones de actores económicos de muy diferentes culturas en sus intercambios comerciales, en competencia con otros bienes también líquidos. El oro acabó siendo el campeón de la liquidez, creo, por varios motivos:
- Antes de nada, porque es un bien valorado y deseado en sí (como ornamento, sinónimo de ostentación, lujo…)
- Por su relativa escasez comparada con otros bienes “comerciables” (por ejemplo el hierro)
- Por su divisibilidad en unidades de peso perfectamente homogéneas (cosa que no ocurre, por ejemplo, con los diamantes)
- Por su portabilidad (cosa que no ocurre con el petróleo)
- Por su idoneidad en transacciones corrientes de menor cuantía (monedas) y también en transacciones de mayor cuantía (lingotes). El caso del platino, puede también dividirse en unidades pequeñas, pero seguirían teniendo un alto valor por lo que no serviría para transacciones pequeñas del día a día (serían, tal vez, necesarias monedas o unidades excesivamente pequeñas y, por tanto, poco prácticas). Una simple onza de platino (28 gr. aprox.) cuesta una fortuna. En el caso del hierro, por el contrario, sería necesario manejarse en toneladas (y a nadie le gusta cargar con peso).
- Por su gran durabilidad (sólo hay que pensar en los tesoros de la Antigüedad de los museos, relucen todavía!)

Luego se convirtió el oro en sinónimo de dinero y pasó a ser globalmente aceptado y a ser todavía más deseado (dicho proceso fue una de las primeras “globalizaciones” de la economía moderna).
Con la llegada del dinero papel fiduciario respaldado inicialmente por el oro, luego el dinero fiat keynesiano respaldado por la “geta” gubernamental y la subsiguiente expansión crediticia y dineraria de los bancos, controlados por sus bancos centrales, a su vez, controlados por los gobiernos respectivos, abrieron las puertas de par en par a la inflación (robo oculto del poder adquisitivo de las personas) y a las recesiones cíclicas fruto ambas, no se olvide, de intervención gubernamental de toda laya en materia monetaria. Pero eso es otra historia…

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