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Portada - Comentarios - Felicidad y liberalismo

03/02/2006 - Jorge Valín

Felicidad y liberalismo

Muchas de las críticas que se lanzan contra el liberalismo son debidas a las explicaciones materialistas de éste. Aunque hacer un examen económico de la economía parece lógico y evidente, para los izquierdistas y conservadores es en muchos casos aberrante. Uno de los grandes problemas que siempre ha tenido la economía, al igual que muchas otras ciencias sociales, es que siempre han salido grupos dispuestos a hacer enfoques parciales del funcionamiento de la acción humana para presentar sus modelos sociales como ciencia.

Una de los casos más conocidos fue el marxismo que, apoyándose en una amalgama de teorías filosóficas y económicas, creó un modelo social teórico basado, no en la ciencia, sino en una panacea: la felicidad de todos. De lo que los marxistas de ayer y hoy no se dan cuenta, y jamás verán, es que la felicidad es un estado personal y no comunitario. Se pueden distribuir los bienes materiales, pero no la felicidad.

El peligro de confundir ciencia con esperanza y fe es que si nos lo llegamos a creer padeceremos la peor de las injusticias. Sin darnos cuenta iremos trabajando para algo etéreo como el bien común, el igualitarismo… sin llegar jamás a la meta. Conseguir los fines de los ideales holistas no es imposible por la naturaleza del hombre sino porque vivimos en un mundo material que no tiene la misma estructura que la mente de un idealista. El socialismo precisamente no se basa en la realidad, sino en la esperanza y en unas ideas totalmente ajenas a la acción humana. El socialismo es igual que la religión, un dogma de fe.

Toda ideología basada contra el individualismo (ecologismo, fundamentalismo religioso, estatismo…) se cimienta en destruir al hombre para crear otro de nuevo y “mejor”, pero ese es un gran error, porque aún de conseguirlo no habremos cambiado nada, la ciencia económica nos seguirá diciendo que los bienes son escasos y que su mejor asignación es mediante la división del trabajo, los medios de producción privados y la libertad individual. Cualquier sistema que intente distorsionar este funcionamiento sólo tenderá a crear injusticias de unos a expensas de otros y sistemas basados en la fe de las elites capaces de usar su elevada visión y demagogia para beneficiarse a ellos mismos.

El liberalismo y la economía política (término mucho más acertado que economía a secas) son el estudio de la asignación de recursos materiales ya sean bienes, servicios o dinero; no trata de maximizar el amor, la caridad, igualitarismo… porque éstos son valores morales de cada uno que nadie tiene derecho a imponer a los demás. La conclusión del liberalismo es que el hombre ha de ser lo más libre posible para poder desarrollar su independencia, y a la vez, la prosperidad de cada hombre dará como resultado la prosperidad del resto con los que coopera. Prosperidad potencial no significa felicidad, se puede ser potencialmente muy próspero y ser un auténtico desgraciado. Son conceptos que están en planos diferentes.

El liberalismo no promete felicidad ni panaceas, sólo los niños creen que las cosas son regaladas, no cuestan esfuerzo conseguirlas, o que la imposición es el mejor camino a una sociedad mejor. Si creamos una comunidad basada en ideas de niños nunca maduraremos social ni económicamente, sólo habremos creado una gran farsa.

 

Opinión de los lectores

Francisco Moreno

Jorge, da gusto leer artículos sencillos y claros como este tuyo.

Ludwig von Mises sostenía que hay ciertas personas que no soportan la realidad de este mundo que implica esfuerzo y que, pese a todo, en muchas ocasiones no ofrece más que adversidades. Frente a estas desilusiones de la vida misma, estas personas en vez de seguir luchando se crean –a modo de vía de escape- un mundo imaginario que les consuele y por el que son capaces de realizar y arrastrar a los demás a las más alocadas de las acciones políticas en pos de ese ideal imaginario que han construido (es lo que llamaba Mises el “complejo de Fourier”, creo recordar en su obra Teoría e Historia, y que se extrañaba de que Freud, vienés como él, no hubiese estudiado este tipo de enajenación mental, desgraciadamente tan extendido).

[FYI: el “pensador” francés Charles Fourier, casi coetáneo de Hegel, creía que el comercio era sencillamente un cáncer y que el hombre se podría regenerar viviendo en una especie de cooperativas (falansterios) donde reinaría el amor y la justicia, el consumo se autorregularía ante la inexistencia del capitalismo y se repartirían los beneficios como buenos hermanos. Proponía que para poner en marcha estas comunidades aportaran dinero los capitalistas ya que era una buena idea (ni que decir tiene que no encontró patrocinadores de semejante proyecto). Es verdaderamente divertido leer algo acerca de los socialistas utópicos (R. Owen, Saint Simon y el propio Fourier); le hacen verdaderamente reír a uno por sus osadías imaginarias.]

Hace algún tiempo que me percaté del inmenso peligro que afecta, incluso hoy mismo, a cierta intelectualidad presuntuosa (que no ignorante, pero afectada de exceso de doctrina imaginaria y desconocedora del mundo empresarial real). El origen está, en parte, en el hegelianismo y en el positivismo del siglo XIX. Hegel y Comte obsequiaron a la intelectualidad europea con una serie de sesudas obras-ladrillo a lo largo de toda la primera mitad del siglo XIX y que crearon las bases para fundamentar muy pomposa e intelectualmente el devenir de la historia y de la ingeniería aplicada a la sociedad. Eran los profetas de ese descubrimiento del devenir histórico. Ni que decir tiene que esto excitó sobremanera a una buena parte de las mentes europeas que padecían este tipo de “complejo de Fourier” que tan agudamente diagnosticó Mises.

Esto vino acompañado del debilitamiento de la influencia religiosa y su inmediato y lógico corolario: la idolatría secular de la Nación y del Estado (se empezaron a escribir ya en mayúscula las iniciales de los nombres de estos dioses sustitutivos del Dios tradicional). Fue en Alemania donde esta nueva religión arraigó con más fuerza (tierra de brumas y de reacción frente a La Ilustración europea de décadas pasadas).

Hegel y Comte fueron los “bautistas” preparadores del camino del verdadero “salvador” de la humanidad sufriente: éste fue, sin duda, Karl Marx y su “apóstol Juan”, F. Engels (por cierto, que siempre me ha impresionado la similitud de las barbas de estos “pensadores” con la imagen de los profetas bíblicos). Eran los verdaderos señores “socialistas científicos” (superiores a los utópicos y buenos alumnos de Comte y Hegel). Sus soflamas doctrinarias iban a llenar de esperanzas a las gentes del orbe de buena voluntad, pero envidiosa del éxito individual y poca amiga del verdadero esfuerzo. La felicidad para todos estaba al alcance de la mano (el problema se encontraba en unos pocos tipos que se empeñaban en acumular más y más capital, en contratar a obreros a destajo y producir y enriquecerse a costa de los demás). No importaba que fueran estos tipos los verdaderos innovadores y creadores de riqueza (como muy bien señaló J.B. Say, y muy mal analizó A. Smith que no supo ver su importancia. ¡Otro error más de este economista clásico y moralista escocés que se suma a su nefasta teoría del valor y del precio objetivo del trabajo, y que tan buenas coartadas proporcionaron a Marx!). Daba igual, el chivo expiatorio estaba ya maduro y perfectamente fabricado.

La historia que vino luego como consecuencia de esta perniciosa ideología comunitaria en lucha por la igualdad a toda costa desgraciadamente la conocemos bien los liberales (los enemigos de la libertad no la quieren reconocer, ¡qué se le va a hacer! Su panacea imaginaria es mucho más bonita).

Das en la diana, Jorge, cuando dices en tu artículo que la felicidad es un estado personal y no comunitario.

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