Hume versus Rousseau
Es sorprendente comprobar la popularidad de la que goza Jean-Jacques Rousseau y lo poco o mal conocido que es, en general, David Hume cuando las aportaciones al pensamiento filosófico, económico, histórico y político de este último son de mucha mayor enjundia. Ambos pensadores son estrictos coetáneos entre sí en tiempos de la Ilustración europea. En concreto, Hume fue una de las figuras sobresalientes de la fructífera Ilustración escocesa. Por contraste, Rousseau fue más bien una rareza en el movimiento ilustrado europeo. Podría muy bien ser considerado un primer romántico prerrevolucionario infiltrado en el grupo de los enciclopedistas franceses.
David Hume (1711-1776) fue un pensador profundo y coherente desde su primera obra magna en tres volúmenes titulada Tratado sobre la naturaleza humana (1739). En filosofía pura, fue el exponente más radical del empirismo inglés (continuando la labor de Locke y Berkeley). Frente a los excesos del racionalismo, alertó de los límites de la razón para prevenirnos tanto de una metafísica abstracta plagada de sustancias que nada tenía que ver con los hechos, como de un conocimiento de esos mismos hechos engañosamente seguro de sí mismo.
En su pensamiento político tuvo la sensatez de reconocer que, a pesar de las limitaciones del hombre, éste había creado –sin previos consensos explícitos– instituciones y tradiciones válidas y muy útiles para la supervivencia y desarrollo del hombre en sociedad. En temas económicos, sus críticas al mercantilismo por su visión estática de la balanza de pagos entre países, su confianza en el libre mercado como impulsor de la beneficiosa división internacional del trabajo, su comprensión exacta de la naturaleza del dinero y de la conveniencia de que tuviera siempre un "valor intrínseco" y otros hallazgos fueron sorprendentemente modernos para aquella época. Tan sólo le faltó sistematizar en un solo tratado todo su rico, pero disperso, pensamiento económico. De haberlo hecho intuyo que la "supuesta" paternidad de la moderna economía política hubiese recaído en él y no en Adam Smith.
Por su parte, el pensamiento político de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) pasó por erráticos avatares a lo largo de su existencia, pero tuvo una virtud inigualable: fue un forjador nato de términos preñados de modernidad (de la mala) que, andando el tiempo, tuvieron gran aceptación: "bondad natural del hombre", "la voluntad general", "el pueblo", "la igualdad social", "alienación del hombre", etc.
En el Discurso sobre las artes y las ciencias (1750), las ciencias y a las artes, lejos de haber hecho al hombre avanzar en libertad y en quilates de felicidad, lo habrían corrompido. El hombre natural (presocial y cercano al Creador) era, según él, un ser verdaderamente libre y feliz. Luego vio la luz el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (1755) en que se denunciaba las perversas consecuencias de la propiedad privada y causa de toda desigualdad, injusticia, guerra o asesinato. El buen salvaje se veía obstaculizado en su beatífica vida de paz y dicha cuando barruntó por vez primera la verja en un prado.
La siguiente obra de Rousseau, El Contrato social (1762), fue tan solo un poco más meditada que sus inmaduros Discursos. Aceptó en ella que el buen salvaje no era el estadio mejor para el hombre (vaya hombre, ¡qué avance!) y que lo importante era llegar a determinar el bien común del pueblo y, así, armonizar los asuntos de los hombres. Para ello el hombre natural debió enajenar en un prístino contrato todos sus derechos naturales a favor de la Voluntad general que se los devolvería multiplicados y mejorados en forma de derechos civiles. El hombre, participando de en la infalible Voluntad general, acoplándose a ella, se hacía libre porque "se obedecía a sí mismo". Cualquier totalitarismo puede perfectamente abrevar aquí. A partir del contrato social de Rousseau, la Voluntad general, como justificadora de regulaciones de todo el ámbito de la acción humana y fuente única del derecho, no tendría ya límites en manos de los modernos gobernantes. Hume, partidario de los gobiernos representativos, se opuso, por el contrario, a la infalibilidad de las mayorías. En Of the First Principles of Government sostuvo que el gobierno estaba sustentado por la opinión general sólo por la posibilidad de sustituir pacíficamente a los hombres del gobierno, caso de haber actuado contra dicha opinión.
David Hume fue demasiado sensato, demasiado escéptico o evolucionista como para estimular mentes calenturientas y simples, prestas a regenerar al hombre desde sus cimientos; pero fue un magnífico faro que "ilustró" a los hombres deseosos de conocimiento y cansados de supersticiones o quimeras. El hombre actual, especialmente si es liberal, tiene claramente una deuda pendiente con el sagaz observador David Hume y una deuda que cobrar al fantasioso Jean-Jacques Rousseau.
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Opinión de los lectores
Hume y Adam Smith fueron amigos. De ahí que veas semejanzas entre ellos. Smith creó su sistema económico y el segundo se hizo eco de él en sus obras. El concepto de gobierno limitado- “un gobierno republicano y libre [sin Estado] sería absurdo si los frenos y controles previstos en la constitución no tuvieran verdadera influencia...”- y su defensa de las libertades de prensa y de expresión como elementos fundamentales para una sociedad libre son otras aportaciones importantísimas. Al contrario de Rousseau, que igual que los progres de ahora se dedicaba a apoyar prohibiciones, como la del teatro en Ginebra, Hume centró su reflexión en cómo conseguir la máxima libertad individual sin amenazar la paz. Su conclusión: “Debe admitirse que la libertad [ausencia de Estado] es la perfección de la sociedad civil; pero que la autoridad es la perfección de la sociedad civil... Aunque acaso alguien diga –y no le faltaría razón- que una circunstancia esencial para la existencia de la sociedad civil se mantendrá siempre por sí misma, y no necesita ser guardada [la libertad] con tanto celo...”. Alguno dirá que un cómplice más de la fantasmal conspiración estatista; otros lo consideramos coherente con su prevención ante lo que él denominó “filosofía abstrusa”. Equivocado o no –ahí están los ancaps para intentar desmentirle, aunque sería de agradecer que tomaran en cuenta la advertencia de Mises contra el “polilogismo” - lo cierto es que el afán de rigor y consistencia de Hume fue encomiable. Y mucho más que rebasaría los límites de la buena educación.
En mi caso tuve la suerte de contar en COU con un profesor de filosofía que daba a Hume la importancia que merece, como fiel que actuó sobre Kant. Recomiendo comenzar su estudio con su breve "Enquiry concerning the human understanding", publicada(traducida) por Alianza editorial como Investigación sobre el conocimiento humano. Imprescindible. Tambien en Alianza, Investigación sobre los principios de la moral. En Tecnos tenemos sus Ensayos Políticos, donde podemor leer su famosa defensa de la Libertad de Prensa, la desmitificación del "contrato social" a que aludes, Moreno, la no menos célebre enunciación del "equilibrio de poder" entre naciones-estado - donde incidentalmente vierte una lapidaria sentencia sobre la violenta y altiva raza española ( "violent and haughty race")-. Y el Tratado sobre la naturaleza humana. Es una pena que no se hayan traducido otras obras como su Historia de Inglaterra.
Un pensamiento bastante más interesante que el un escocés de nuestro tiempo: Tony Blair
Agolmar, muy pertinentes tu recordatorio de la defensa de Hume de las libertades de prensa y de expresión así como las citas que incluyes en tu comentario. Hume murió el año en que A. Smith publicó su Riqueza de las naciones y fue más bien Francis Hutcheson, maestro de Smith, el verdadero inspirador suyo y, en parte, de Hume. De todas formas por aquellos años las Universidades escocesas eran los destinos predilectos de numerosos intelectuales y verdaderos hervideros de ideas donde era muy lógico las influencias mutuas (la llamada Escuela de moralistas escocesa es más interesante de lo que parece a primera vista; el rancio nombre con el que se la designa, sin duda alude a sus aportaciones en lo que entonces se llamaba la filosofía moral y a los numerosos presbíteros que pululaban en ella).
Hume fue un gran conversador y estimaba en mucho la amistad. No sólo fue amigo de Smith, sino del propio Rousseau al que conoció cuando trabajaba como secretario del embajador inglés en París y al que, años más tarde, acogió en Londres cuando el ginebrino era perseguido por las autoridades. Por descontado que Rousseau arruinó dicha amistad –como tantas otras a lo largo de su vida- por su intratable y paranoico humor. Por cierto, Rousseau desconfiaba también de la figura del comerciante, mientras Hume lo calificaba como “uno de los más útiles tipos humanos”.
Jose Antonio, aciertas plenamente cuando recomiendas la lectura del ensayo de Hume "Enquiry concerning the human understanding", que no es más que una revisión más digerible del Libro I de su Tratado sobre la naturaleza humana, así como sus Discursos políticos (en donde se encuentran también algunas reflexiones de economía política). Su monumental y polémica Historia de Inglaterra, que escribió por entregas mientras trabajaba como bibliotecario del Colegio de Abogados de Edimburgo, pese a centrarse sólo en aquel territorio, se pueden sacar lecturas muy interesantes de la misma: desmitificó las figuras de casi todos los monarcas ingleses, entre ellos la muy querida Isabel I, no dudó en calificar a Oliver Cromwell como un verdadero tirano que se prevalió del Parlamento para sojuzgar brutalmente las libertades individuales (denunció los excesos de libertad de la Asamblea General) y reconoció que las libertades y derechos individuales, a pesar de los esfuerzos de los Whig, no empezaron a ser realmente efectivos en Inglaterra hasta la llegada de la Revolución Gloriosa de 1688.
Son constantes sus reflexiones a la posibilidad de llevar adelante un gobierno con la menor coacción posible sobre los dos “artificios” (instituciones, dirían los austríacos) del hombre que más valoraba para organizarse en sociedad: la propiedad y la justicia.
Hume es una mina de ideas sugestivas.
Querido amigo Francisco:
Me parece sorprendente que os permitan escribir artículos que en absoluto están contrastados, como por ejemplo este tuyo en que ensalzas la figura de Hume, cuando si el pobre filósofo levantara la cabeza, se avergonzaría de la mayoría de vuestros textos.
El escepticismo y el anti-dogmatismo Hume, ya previeron en el Siglo XVIII, lo que él mismo llamaba la “falacia naturalista”: naturalizar un “deber ser” (en vuestro caso las manos invisibles) como si fueran “hechos naturales”, haciendo pasar una propuesta normativa (o de “deber ser”) por una proposición científica (o de “ser”). Estaríamos, pues, ante hechos inevitables, no ante propuestas ideológicas construidas para algo y para alguien.
Lo más grave de tal “falacia” no son las inconsecuencias lógicas de tal forma de raciocinio. Como en todos los ámbitos vitales, la lógica no se escapa a las relaciones de poder. Lo más terrible de la “falacia” son sus sutiles y casi invisibles maneras de acabar con toda forma de resistencia concreta frente a tales relaciones de dominación. Aceptar esta posición de la falacia nos induciría a asumir pasivamente el mundo tal y como se ha construido: es decir, como si no hubiera posibilidad alguna de cambiarlo. “¡Se trata de hechos!”, nos insisten. Y de lo que en realidad se trata es de una Ideología-Mundo (un conjunto de propuestas normativas de alcance global) que se quiere imponer como si no hubiera otra posibilidad de regular nuestras vidas y de entablar nuestras mutuas relaciones.
No puedo dejar de sonreir cuando leo muchos de vuestros artículos, pero lo que desde luego no puedo es pasar por alto el empleo del nombre de un gran filósofo, como fue David Hume, atribuyéndole ideas que se alejaban de todo cuanto escribió.
No critiques tanto los "inmaduros Discursos" de Descartes, que por cierto debería darte vergüenza, y trata de informarte mejor antes de escribir un artículo de opinión. La vida no es sólo la palmadita en la espalda de los colegas.
Querido amigo Antonio:
¿De dónde sacas que asumo “pasivamente el mundo tal y como se ha construido: es decir, como si no hubiera posibilidad alguna de cambiarlo.”? Al contrario, creo que la sociedad humana está en permanente cambio y evolución; tan sólo sigo la postura de Hume al defender que existen instituciones sociales (artificios, según Hume) muy valiosas y que merecen ser respetadas frente a los proyectos iluminados de revolucionarios de salón “tipo Rousseau”. Son dos concepciones antagónicas del hombre en sociedad. De eso iba mi comentario.
En relación con la “falacia naturalista”, es cierto que Hume en su Tratado de la naturaleza humana fue de los filósofos primeros en ponernos en guardia para no pasar automáticamente de afirmaciones descriptivas a afirmaciones prescriptivas (su conocido “is-ought problem”) como por desgracia se abusa. Pero de ello no infiere Hume que no se pueda nunca pasar de un “ser” a un “deber ser”; tan sólo advertía que, de hacerse, debía ser sólo a través de la naturaleza humana y prestando mucha atención a los sentimientos humanos subjetivos (más “intensos” que las “débiles” y reproducidas ideas humanas). Esto era una prevención muy acertada ya que una y otra vez nos alertaba que las respectivas afirmaciones correspondían a dos reinos diferentes. Si esta operación racional (el paso del ser al deber ser) estuviera absolutamente vedada tenderíamos que callarnos ante cuestiones de ética (tal y como recomendaba el lógico-positivista primo de Hayek, Wittgenstein).
Posteriormente, y siguiendo la senda abierta por Hume, epistemólogos como G.H Moore o Frege desarrollaron sus particulares críticas y acotaciones de tu referida falacia naturalista en el terreno fundamentalmente de la ética y del lenguaje. Por cierto, George H. Moore decía que existen muchas cosas buenas concretas en este mundo pero que ninguna de ellas puede reclamar en exclusiva el predicado “bueno” (“goodness”). Estoy totalmente de acuerdo, no soy intuicionista.
Siguiendo esta idea, de lo que se trata es, pues, de intentar identificar (dada nuestra limitación racional) algunas pocas cosas buenas para el hombre que vive en sociedad. David Hume identificó principalmente dos: la propiedad y la justicia que permitían ambas desarrollarse mejor al hombre en sociedad sin dañar en exceso a sus semejantes. En la Parte 2ª del Libro III de su Tratado fijó, además, unos pocos principios o leyes fundamentales de la naturaleza humana que debían respetarse: 1. Estabilidad en la posesión. 2. Estabilidad en la transmisión voluntaria de la posesión y 3. El cumplimiento de las promesas. Esta es, en mi opinión, una guía inestimable para todo el que quiera comprender un poco la acción humana y el establecimiento pacífico y seguro de “nuestras mutuas relaciones”.
FYI: Después de varios intentos, las Actas de la Unión de mayo de 1707 acordaron que Escocia se incorporara a Inglaterra y Gales, creándose el nuevo Estado de Gran Bretaña y un único Parlamento unificado. Pues bien, muchos escoceses pudieron observar durante todo el siglo de las Luces cómo Escocia pasó de ser uno de los países más pobres y atrasados de la Europa occidental a una próspera nación como consecuencia de disfrutar de las ventajas del libre mercado en el Imperio Británico, sin la sempiterna oposición ni guerras empobrecedoras contra Inglaterra. Hume, y muchos otros escoceses ilustrados, constataron que este hecho era beneficioso; si de ello infieres que incurrían todos ellos en falacia naturalista, creo que para ti no existe progreso que no sea debido a regulaciones o planificaciones.
Ha sido, de verdad, estimulante tu comentario de la falacia naturalista pero desmerecen tus otros comentarios más personales del tipo “Me parece sorprendente que os permitan escribir artículos…” o “debería darte vergüenza” ya que en ellos no me veo en absoluto aludido y sí más bien dan una idea tuya mucho más precisa (por ejemplo, podrías ser un candidato apropiado para ofrecer tus servicios a organismos de control de opinión como el CAC).
Tachar de \"inamduros\" los discuros Roussonianos, es de por sí una anacronia y a su vez; sintoma de la realización de una mala, superflua , o -en el estribo de una desmesurada charlataneria- una insuficiente lectura sobre Rosseau. Querer ensalzar el pensamiento, y la obra de un pensador, no quiere decir que se necesite demeritar el de otro.
Trabajos comparativos tan a la ligera, desembocan en críticas no substanciales, a parecer toda esa verborrea pseudointelectual, no es más que la mascara de alguien qué carece de una profundización sobre lo que está opinando.
Es bastante ingenuo centrar una invectiva tan poca argumentada contra Rosseau, desde los ojos de la actualidad. Si, es tan excelso la obra de hume, que para ti precede a Smith, entonces ¿por qué no relacionas toda la teoria Roussoniana con el pensamiento Marxista?. Tal vez, tu afinidad con el racionalismo, y tu pensamiento sesgado por las ideas de derechas te lo prohiben, o no permiten generar ideas nuevas que se desliguen de pobres lecciones de filosfia.
En el, \"Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres\" se encuentra bastantes ideas que al apelar de a ellas, como \"inmaduras\", terminan por atribuir tal condición a quien dictamino el juicio. Rousseau, fue un \"hijo de su tiempo\" pero bastante sensible, lo suficiente como para desprenderse un poco de la tradición tipica de la ilustración, hizo frente a una sociedad de academia, no quiso ser un epígono más. ni un adlatere de la ilustración, eso en su época, es de por si bastante loable...
David Fernando, en lo único que coincido con tu anterior crítica es al final, cuando consideras a Rousseau una persona sensible; ¡y tanto que lo era! Su disfraz de ilustrado fue incapaz de ocultar su razonamiento esencialmente sentimental e intuitivo.
Hagamos de nuevo un brevísimo recorrido por su obra para refrescar el verdadero pensamiento rousseauniano:
En su DISCURSO SOBRE LAS CIENCIAS Y LAS ARTES, parte de una intuición básica (Rousseau era así, no investigaba o analizaba, se limitaba a llevarse por sus corazonadas) que consistía en decir que el progreso no había hecho al hombre más virtuoso y bueno, y que toda la cultura acumulada no era más que artificiosidad e impostura, con la consiguiente merma de su conciencia sensible (sentimentalismo, diría). Luego deducía que el progreso era fruto de nuestros vicios; por ejemplo el desarrollo de la geometría fue impulsada por la avaricia de la posesión de tierras, el de la jurisprudencia era mero interés de los propietarios para defender lo suyo, el de las artes mera afición corrompida al lujo, etc. Todo ello era contrario a su hombre natural sencillo y bueno. Visto lo visto, sinceramente me quedo con el hombre corrompido según Rousseau y dejo su buen hombre natural desprovisto de toda civilización para el que lo quiera. Esta visión mística roussoniana es sinceramente un despropósito.
En su DISCURSO SOBRE LA DESIGUALDAD intenta inicialmente encontrar al hombre natural y lo halla (no en los tratados o relatos de viajes de la época) sino dentro de sí mismo!, mirando a su interior (qué buen científico este Rousseau!) y descubre que el hombre prístino es pura bondad, es solitario y se dedica a una vida muy sencilla: parece que estoy viendo al propio autor de tales ideas. Llega a afirmar Rousseau, ni más ni menos, que cuando el hombre natural empieza a reflexionar va contra su propia naturaleza y va convirtiéndose en un animal depravado!). Luego se iría organizando en familias y clanes con ciertos objetos en propiedad (esto no era todavía muy grave). Lo peor de todo fue cuando saltó a una escala superiormente depravada y se convirtió en un hombre civil construyendo cercas a la propiedad de la tierra: ahí estaba el origen de toda desigualdad y de todas las maldades de la sociedad. Si esto no es insensato, que venga Dios (el Hacedor como lo llamaría el ginebrino) y lo vea!
En su CONTRATO SOCIAL no es tan inmaduro como digo en mi comentario, pero tiene el germen de algo muy peligroso por ser absolutamente totalitario: la idea básica del mismo, separándose de otros tratadistas que habían hablado antes de este tipo de contratos sociales imaginarios (Hobbes, Locke), era que el hombre debía entregar todos sus derechos y libertades (incluidas las fundamentales del hombre) en dicho pacto rousseauniano. Los pensadores ingleses –especialemten Locke- tenían claro que había ciertos derechos –vida, propiedad, libertad- que eran intransferibles ante cualquier poder; y era el respeto de los mismos, precisamente, lo que actuaba como baremos para evaluar y legitimar a los gobiernos de turno.
Rousseau, por el contrario, lo pide todo del hombre; lo despoja de todos sus derechos, iguala brutalmente a todos los hombres por abajo y los sujeta a la “sabia y benévola” voluntad general (convierte al hombre en un verdadero pelele, desposeído frente al poder). Rousseau acepta como garantía para no abusar de ello que, como cada uno se ha desposeído de todo, no votará nada en contra de sí mismo y que votando al unísono indefectiblemente se encontrará el interés general (esto es otra quimera o intuición sentimental de Rousseau). El problema de esto es que Rousseau toma la voluntad general como algo independiente de la suma de las voluntades de cada uno de los que la componen y la convierte en una suerte de semidios (ante la voluntad general no cabe oponerse; sorry, pero no se puede). También se suele olvidar por los campeones de las democracias orgánicas que ven a Rousseau como su ideólogo y mentor, que cuando éste hablaba del contrato social y de la voluntad general estaba pensando en una suerte de ciudad pequeñísima (tipo polis griega o suiza) y que no aceptaba, a diferencia de Montesquieu, organismos representativos o partidos políticos interpuestos; tan sólo aceptaba la democracia directa; tipo votación a mano alzada como aún hoy se puede ver en poblados de algunos cantones suizos. Así de inmaduro, perdón, sencillo era Rousseau. Una gran Sociedad, tipo Londres, (como analizó, por ejemplo, Smith en su Riqueza) sería ingobernable y una aberración del hombre civilizado y digna de desaparecer en bien del interés general. Para que nos entendamos, creía que las votaciones de, por ejemplo, una junta de vecinos o de accionistas podía extrapolarse al conjunto de una sociedad (necesariamente liliputiense); aún así sería una “Atenitas” totalitaria (en este sentido y en su faceta pedagógica se podría vincular a Rousseau con el pensamiento totalitario de Platón).
Al tiempo que su Contrato social, publicó EL EMILIO, que es una deleznable utopía pedagógica de intenciones políticas dirigida a los menores para, con el fin de preservar la supuesta bonhomía de la naturaleza prístina de los hombres, convertirlos ya desde pequeñitos en buenos ciudadanos que supieran acoplarse perfectamente con la Voluntad General definida en su Contrato social. Esta pretensión de moldear la materia virgen del ser humano para fines políticos es una buena guía para todo régimen totalitario. De alguna forma también participaron en ello pensadores de la talla de Platón, Locke, Helvetuis y otros; pero fue Rousseau el que le dio un alcance más claramente político y para ser aplicado a todos, no sólo a una minoría como podían ser a los Reyes-filósofos de Paltón, a los Príncipes de Maquiavelo o a los Cortesanos de Castiglione (especialmente sensible a esta pedagogía de implantación generalizada ha sido el comunismo y la izquierda toda en las recientes democracias). En El Emilio se da una gran importancia a los sentimientos del hombre y de lo que se trata es de crear una sociedad acorde con los mismos. La concepción social de Mandeville y, luego, de los ilustrados escoceses era justo la contraria: partían de que el hombre era un ser racional y que, además, no todos sus sentimientos eran loables; había buenos y malos sentimientos (o egoístas), pero que, en interacción social, se armonizaban naturalmente. Una sociedad de egoísmo racional podía ser posible sin las intenciones “bienintencionadas” del legislador (como de hecho las grandes ciudades lo demostraban en época de Rousseau). FYI: armoniosa no quiere decir perfecta ni totalmente equilibrada. En fin, Rousseau, en vez de interesarse por este audaz pensamiento escocés que se estaba fraguando delante de sus propias narices – fue acogido en Inglaterra por Hume en 1766- se limitó a buscar en su interior y fantasear… sobre el “sexo de los ángeles”, y encima querer aplicarlo a toda una sociedad. Lamentable.
Otras interesantes obras políticas de Rousseau menos conocidas:
Sabido es que los corsos le encargaron a Rousseau un proyecto de Constitución cuando en 1752 se sublevaron de la tutela de Génova impuesta desde la Paz de Aquisgrán de 1748. Vieron al ginebrino como un posible amigo y liberador al hacer una breve alusión elogiosa de Córcega en su Contrato social. Pues bien, Rousseau redactó un proyecto de Constitución irracional, sentimental y acientífico que, de haberlo seguido los corsos hubieran vuelto a la edad del Cromagnon o hubiesen sencillamente perecido.
Veamos lo que propone en su PROYECTO DE CONSTITUCIÓN PARA CÓRCEGA pues es muy revelador: propone la desaparición del dinero (vil metal dirían los progres) y queriendo que se volviese a la economía de trueque. Su desconfianza del comercio le llevó a recelar de toda riqueza y a sugerir restringir al máximo el comercio exterior, controlado por el Gobierno. Habría, según Rousseau, que limitar la cantidad de tierra objeto de propiedad. Recomendaba la austeridad a todos y condenaba el lujo (fyi: Mises denunció acertadamente a los simplistas que critican el lujo e hizo ver la importancia del mismo al incentivar la emulación y la innovación). Por supuesto Rousseau daba una vital importancia a la educación de los “corsitos” para que fueran buenos y espartanos ciudadanos. En una palabra era un proyecto aberrante, ilusorio y muy peligroso en caso de llevarse a la práctica.
Rousseau tuvo también en los años finales de su vida la oportunidad de seguir siendo original y lanzar propuestas dantescas en forma de Constitución; esta vez les tocó a los polacos, pues engañados por su celebridad, le pidieron asesoramiento para la reforma de su sistema político. Fruto de ello alumbró sus CONSIDERACIONES SOBRE EL GOBIERNO DE POLONIA. En esta obra abogaba de nuevo por una educación claramente política, un impulso de sentimientos fascistas de nación era lo recomendable para formar verdaderos patriotas, preservando sus juegos, sus vestidos, sus entretenimientos (prohibiendo, entre otras cosas, la ópera, él, que era compositor de óperas!); todo ello adobado con loas a la autarquía, limitaciones a las propiedades, a las haciendas y hasta del propio ejército para no levantar suspicacias ante su vecino ruso. En definitiva, una verdadera inmadurez como propuesta política. Menos mal que también los polacos no tuvieron oportunidad de aplicar estos “consejos de amigo”.
Recomiendo para salir de dudas leer este librito del propio Rousseau en que se recoge su Proyecto de Constitución para Córcega y las Consideraciones sobre el Gobierno de Polonia; él mismo se descubre.
Es casi imposible encontrar algo en la literatura francesa que denoste a Rousseau como se merece pues es un mito de su tradición intelectual que casi forma parte de su imaginario colectivo. Pero he podido conocer en estos lares interesantes reflexiones desmitificadoras en torno a Rousseau (Maria José Villaverde: Rousseau y el pensamiento de las luces o bien de Alicia Delibes : La gran estafa. El secuestro del sentido común en la educación); ambas profesoras y pensadoras muy competentes y bien informadas.
No está de más saber que Engels y Marx encomiaban las intuiciones acientíficas de Rousseau; de hecho Engels, en su Anti-Dühring, reconoce expresamente ideas premarxistas en el Discurso sobre las desigualdades de Rousseau, lo que no hace sino mostrar también la inmadurez intelectual del renano revolucionario de salón. Por cierto cuando hablas de mis “ideas sesgadas hacia la derecha” en tu post no se corresponde con la realidad (ya sé que los progres les gusta clasificar a las personas enseguida, para su propia seguridad). FYI: mis ideas, de estar sesgadas hacia algún lugar, están hacia la libertad y contra los totalitarismos de derechas y de izquierdas, ambos nefastos intentos permanentes (también en democracias) de controlar al ser humano en nombre de señuelos o quimeras confesadas o de intereses organizados no confesados.
Pese a al bello estilo de Rousseau, cada vez que leo más los escritos originales al ginebrino o glosados por gente competente, más me repugna racionalmente y empeora mi impresión del mismo.
Disculpa de veras si te he aburrido o si me ha salido una contestación un poco apresurada y vehemente, pero no he podido evitarlo al leer tu post. Un saludo.
Estos son los enlaces de los libros de los que hablo en mi anterior post: