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Anestesia democrática. Sí, Podemos.

En el año 1998 los venezolanos, obnubilados por el confort que les otorgaban cuarenta años de "democracia consolidada", desestimaron el peligro que suponía la candidatura presidencial de un personaje, militar y ex golpista, con evidentes síntomas de padecer la enfermedad populista.

Le votaron. Y aquel energúmeno que prometía pasar factura a los responsables de saquear durante décadas el erario venezolano no solo incumplió su promesa, sino que pasando de pretendido Robin Hood a real Atila, terminó convertido -al igual que su delfín y sucesor, Maduro- en un presidente totalitario, imposible de remover por la vía democrática.

Chávez, el loado comandante eterno de Monedero e Iglesias, blindó su cargo redactándose una Constitución a medida bajo el pretexto de que la necesitaba para cumplir con su misión justiciera. Convocó una Asamblea Constituyente, y una vez obtenida esa nueva Carta Magna demolió hasta los cimientos las pocas estructuras institucionales que quedaban en pie a su llegada al poder. Esas acciones significaron para los venezolanos encontrarse sumergidos de lleno en la actual y penúltima fase -gobierno totalitario- del proceso de implantación de un sistema populista, donde la última etapa es la autodestrucción. Y es hacia ese trágico estadio final hacia el cual se encamina actualmente la sociedad venezolana.

Hoy, en 2015, los españoles, anestesiados igualmente por casi cuarenta años de "democracia ejemplar" y creyéndose inmunes al virus populista proveniente del otro lado del Atlántico, se encuentran ante la misma y apetecible oferta: entregarle el poder a otro grupo de vengadores, discípulos a su vez del embaucador caribeño, para que estos desalojen de las distintas instancias de gobierno a los partidos que consideran responsables de la actual situación. "Casta" les llaman los del chavismo español. "Oligarcas" les llamaba el fallecido ex militar golpista venezolano. Ante el plauso rabioso de la plebe.

A medida que se acercan las elecciones generales en España observamos personas dispuestas a votar por Podemos, el partido chavista español. Plantean ese voto, siguiendo el mismo comportamiento que los venezolanos en 1998, como una manera de "darles un escarmiento", "pasarles factura", "propinarles un revulsivo", etc., a partidos como el PP y el PSOE debido a los numerosos casos de corrupción, nepotismo, prevaricación, etc., acumulados por estos a lo largo de los últimos años.

La mayoría de esas personas lo asumen como una modalidad de castigo. Como si debiera producirse una redención colectiva, en una suerte de purga grupal destinada a expiar como sociedad el pecado recurrente de delegar su representación política en el bipartidismo socio-popular y sus ocasionales socios de gobierno. Los potenciales votantes de Podemos ven pertinente y necesaria esa especie de penitencia, aun sabiéndola temeraria, argumentando que: "si lo hacen mal estos de Podemos, pues les sacamos en las siguientes elecciones".

Omiten el hecho comprobado de que los populistas adscritos al Socialismo del S.XXI solo saben de democracia cuando les sirve para hacerse con un cargo público, jamás para perderlo. Lo hizo Chávez, heredando en Maduro. Lo hace Evo Morales en Bolivia. También Rafael Correa en Ecuador. A imagen y semejanza de la tiranía cubana, donde los Castro llevan más de cincuenta años ejerciendo la máxima dirección del país. Mientras celebran elecciones cada cierto tiempo. Y lo harán los del partido chavista español si llegan a hacerse con los votos suficientes -como ha ocurrido en Andalucía y, peor aún, en Madrid o Barcelona- para aliarse con quienes desde siempre le han tenido ganas al orden constitucional establecido en 1978. ¿En serio dudamos de que los partidos nacionalistas y quienes promueven el retorno a la república negarán apoyo a la celebración de una Asamblea Constituyente en España? ¿Han revisado con calma el artículo 167 de la Constitución Española?

"Venezuela no es Cuba", respondíamos con sorna y no poco desprecio los venezolanos a los exiliados cubanos en nuestro país, cuando en 1998 intentaban advertir acerca de los planes del Foro de Sao Paulo para Venezuela y resto de Latinoamérica. "España no es Venezuela", escucho cada vez con más frecuencia de boca de mis interlocutores españoles cuando hago lo propio.

Guerra avisada...