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Ante la crisis la defensa de la libertad

Aun cuando no cabe duda de que la peor crisis social de los últimos setenta años ha llegado a nuestras puertas y nos ha encontrado desprotegidos e incautos, es difícil explicar un escenario futuro cuyas magnitudes hoy somos incapaces de prever, aunque con algún esfuerzo algunos tratan de aproximarse al resultado del día después para descifrar las consecuencias de la pandemia en una sociedad global con ya profundas contradicciones previas.

El debate político queda en un plano lineal. Las diferencias ideológicas, si para una gran minoría alguna vez importaron, mañana importaran menos y el peso de las políticas e iniciativas que se planteen en el afán de mejorar la convivencia y la vida de los ciudadanos quedará reducido a la atenuación de una crisis sanitaria sin precedentes desde la mal llamada gripe española de principios del siglo XX. Las propuestas y programas económicos, las ideas sobre la mejora y fortalecimiento de la sanidad pública, el gran debate siempre presente sobre los derechos y libertades de los ciudadanos pasarán, inevitablemente, el filtro de la experiencia que vivimos hoy. A partir de allí, en el análisis cabe la modalidad política y social que uno quiera, en la praxis ya veremos.

Pero hablando del presente, que es lo que hoy nos ocupa, la cuestión que se plantea si se quiere reflexionar con algo de detenimiento la situación que atraviesa el mundo en general y España en particular es, verdaderamente, la eficacia en la actuación y el rigor de las medidas que se impulsen con el objetivo de frenar el avance de la pandemia y, a posteriori, las iniciativas para la adaptación de una sociedad desorientada a una crisis ineludible.

Lo que no podemos permitirnos por salud democrática es la omisión de la autocrítica como sociedad en conjunto y, en este caso, debemos referirnos a la sociedad global porque los límites del poder y del Estado empiezan por la elección y decisión de los ciudadanos independientemente del país del que se trate, dentro del marco que los valores de la democracia y la libertad nos permiten.

Una crisis de esta magnitud pone en evidencia lo mejor y peor de las personas y, por tanto, de sus gobernantes. Bajo estas circunstancias afloran el valor y la capacidad no solo técnicas y políticas, sino de reacción y liderazgo que hoy echamos tanto en falta. Atrás quedó la impronta de los discursos churchillianos capaces de arrastrar hacia la luz a todo un pueblo devastado. Frente a aquella impronta, en las antípodas tenemos delante a un presidente americano que usa el virus como pretexto para exacerbar sus ánimos nacionalistas y posicionar su mensaje contra la inmigración que tanta polémica ha generado los últimos años, ufanándose al manifestar que se trata de un virus extranjero -chino-, exagerado por los medios de comunicación que intentan, como es de costumbre, empañar su gestión y a él mismo.

Justo al lado, López Obrador, el presidente de una potencia latinoamericana como es México, considera que el amor al prójimo es la herramienta más eficaz para enfrentar el coronavirus, mientras el mundo entero advierte y se lamenta de la gravedad de la situación que ha ocasionado la pérdida de vidas humanas y una desaceleración precipitada de la economía, cuyas consecuencias confirmaremos los próximos meses.

Y, finalmente, mucho ya se ha dicho de Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España. Todos fuimos testigos de sus últimas comparecencias e intervenciones, poco hace falta agregar. No obstante, los que vivimos en carne propia la gravísima situación que hoy afronta España somos aún más conscientes de su nivel y el de sus socios frente a la crisis. Basta con remitirnos a los datos oficiales: a día de hoy hay casi 3.000 fallecidos y más de 40.000 infectados.

Pero en un peldaño más elevado nos encontramos con las organizaciones “supranacionales” que han demostrado, una vez más, que sus funciones principales son generar burocracia y controlar el mercado europeo y no así afrontar y encontrar una rápida solución a una crisis como esta a la que muchos mandatarios se han referido como la peor desde la Segunda Guerra Mundial. ¿Cuál es el objetivo y qué representan, entonces, organizaciones creadas a raíz, precisamente, de aquella crisis como la OTAN, la Unión Europea y las Naciones Unidas? Tímidamente la Unión Europea se limita a exponer medidas financieras y hacer recomendaciones sobre lo que la mayoría de los agentes y Gobiernos ya conoce y ha dejado al libre albedrio a los países miembros para encarar la solución de la crisis sanitaria, mientras el Gobierno de España, no sin razón, intenta unificar la política sanitaria a nivel nacional y afrontar de forma homogénea, aunque tarde y sin resultado, la crisis provocada por la veloz expansión del coronavirus. Eso sí, cuando hay que intervenir se interviene sin rechistar o, mejor dicho, cuando conviene.

En la otra orilla la ciudadanía se comporta de forma ejemplar, es consciente de la gravedad que acompaña la expansión acelerada del virus y tiene la disposición de actuar en consecuencia. Es evidente que esta crisis nos invita a una reflexión profunda de los acontecimientos, sus causas y consecuencias, y a poner en valor la estabilidad de un modelo que vale la pena defender desde el espacio en el que nos desarrollemos. No olvidemos que el concepto “crisis” suele ser aprovechado por demagogos y revolucionarios de todo el mundo en el intento de formular idearios a partir de los cuales se pone en duda la democracia como régimen político que defiende la institucionalidad y el Estado de derecho, y el sistema de libertades individuales que tanto beneficio ha procurado a los ciudadanos y a los estados.

Frente a los nacionalismos exacerbados cuya pretensión es dividir a los ciudadanos, delante de los populismos que ponen en cuestión la estabilidad del sistema democrático y en oposición a la intención de algunos gobiernos de aprovechar la coyuntura para poner nuevamente el debate sobre la mesa acerca de la estabilidad del modelo democrático-liberal, debe primar nuestro sentido de la responsabilidad. En el nuevo contexto que se viene los próximos meses debemos ser capaces de defender aquellos valores que han caracterizado a la sociedad de Occidente tal y como hoy la conocemos. Una vez más debemos recordar aquella contundente frase de T. Jefferson que nos convoca a actuar: “El precio de la libertad es la eterna vigilancia”.

Comentarios

Anónimo

Hace 97 años, Hitler y sus cuates decidieron intentar un golpe de Estado a la república alemana. Estaban en medio de la hiperinflación. Todavía quedaba un año para que Schacht asumiera el control y diera carpetazo al asuntillo. A Hitler lo condenaron. Pero su partido empezó a crecer electoralmente. Y luego, lo sacaron de la cárcel, porque el pueblo lo había elegido como padre salvador de la patria. Una historia muy parecida a la de Hugo Chávez.

Podemos aprender de esto varias cosas: la hiperinflación es mala, y es producto de la estupidez vengativa de aquellos que controlan las finanzas internacionales. Es muy peligroso prestar dinero a los estados para que hagan la guerra, y es también muy peligroso tratar de recuperar el dinero prestado mediante sanciones y guerras comerciales. La respuesta a eso es intentar aplastar a los acreedores bajo el peso de millones de toneladas de papel, aunque te cargues tu propio país y causes la muerte de miles de tus propios ciudadanos. Todos tuvieron culpa. Segundo: nunca hay que sacar a un golpista de la cárcel. Y sus partidos políticos deben ser laminados, prohibidos y sañudamente marginados de la vida pública. La democracia no puede tolerar la existencia de movimientos y partidos antidemocráticos. La libertad de expresión es un derecho de los individuos que no se puede emplear para justificar la vioelncia de unos colectivos contra otros.

Finalmente, España debe convertirse en una confederación (rey o no rey no es importante), armar a los ciudadanos y darles instrucción militar a los que puedan y quieran recibirla (debe permitirse la objeción de conciencia), y decirles que la principal obligación de los ciudadanos es exterminar a los déspotas que quieran destruir las libertades. Los ciudadanos no pueden esperar que los policías les defiendan de los déspotas. Antes bien, los policías deberían ser los primeros en revolverse contra los déspotas, superando su esclavitud moral y monetaria. Así que, llegado el momento, los policías deberán elegir si defienden la ley y se ponen en contra de los déspotas, o si prefieren rebelarse contra la ley y pasarse al bando de los tiranos. Los que no están a favor de las libertades están en contra y son enemigos, aunque sean compatriotas. El humano es más peligroso que cualquier virus, porque el segundo solo infecta y mata al cuerpo, pero el primero legisla y mata la cultura, la justicia y la libertad. ¡Cuidado con nosotros mismos!

Los que se nieguen a defender las libertades civiles y se declaren siervos de los déspotas deben ser expulsados de la confederación hispana. A España se va a ser libre, y el que no quiera ser libre que se vaya a Francia o a Nueva Zelanda.

Anónimo

En la misma línea, Juan Ángel Soto sobre la diferencia entre los estados de excepción y de alarma en la actual constitución española, y el referente de la figura del dictador en Roma, en el acertado artículo "Ave, César": https://civismo.org/es/ave-cesar/

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