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Asesinatos de periodistas, un atentado contra la libertad

Corren malos tiempos para la libertad de expresión en Europa. El periodista eslovaco Jan Kuciak y su novia, Martina Kusnirova, fueron asesinados hace unos días. Kuciak investigaba una trama corrupta en la que la 'Ndrangheta calabresa está compinchada con altos cargos del Gobierno del socialdemócrata (y antiguo líder de las Juventudes Socialistas durante el régimen comunista) Robert Fico. Los autores materiales del doble asesinato son miembros de la organización mafiosa italiana, pero siempre quedará la duda de hasta qué punto hay implicadas personas del entorno más directo del jefe de Gobierno.

El caso de Kuciak y Kusnirova es terrible, pero por desgracia no tan excepcional como debiera. El eslovaco es el sexto periodista asesinado en el Viejo Continente en algo menos de un año. Todos los casos menos uno, el de la sueca Kim Wall (presuntamente muerta a manos del creador del prototipo de un pequeño submarino civil) en agosto de 2017, apestan a motivaciones políticas. Es difícil no sospechar de la larga mano de Gobiernos y servicios secretos en todos ellos.

El récord de los últimos meses lo tiene, no debería ser ninguna sorpresa, la Rusia de Vladimir Putin. Con un mes de diferencia fueron asesinados Nicolai Andrushchenko (el 19 de abril de 2017, en San Petersburgo) y Dimitry Popkov (el 24 de mayo, en Siberia). Ambos trataban temas incómodos para el poder político ruso, como son los asuntos de crimen organizado, la corrupción o las violaciones de derechos humanos. Teniendo en cuenta el tipo de régimen criminal que ha afianzado Putin, no resulta tampoco llamativo que no se sepa quién asesinó a esos informadores. Y, por desgracia, nunca se sabrá.

Más sorprendente, y con mucho más eco mediático, fue el asesinato con el método de coche bomba de la maltesa Daphe Caruana Galizia. Como en el caso de Kuciak, sus investigaciones periodísticas apuntaban directamente al Gobierno del país, en este caso del laborista Joseph Muscat. Caruana Galiza había logrado ya destapar varios escándalos que vinculaban al Ejecutivo de Malta con los conocidos como papeles de Panamá. Su muerte, una vez más, tan sólo podía beneficiar a personajes que se mueven dentro de las esferas del poder político.

El sexto caso ocurrió en Europa (siempre y cuando se considere a Turquía como parte de la misma), pero está relacionado con Oriente Medio. La víctima fue Saeed Karimian, un productor televisivo británico-iraní perseguido por el régimen de los ayatolás. Fue asesinado en Estambul, y desde el exilio persa han acusado a la Guardia Revolucionaria Islámica de estar detrás de su muerte. No sería la primera vez que la todopoderosa organización paramilitar del régimen de los ayatolás está detrás de asesinatos (hasta de masacres) fuera de su país.

Todos estos casos son muy graves, pero algunos resultan especialmente preocupantes. Que un desalmado asesinara a la sueca Kim Wall es terrible, pero no crea precedente alguno. Que unos sicarios del régimen teocrático de Teherán asesinen en Turquía ya es más alarmante, y posiblemente no preocupe demasiado a un Recep Tayyip Erdogan que también destaca por su odio a los profesionales de los medios de comunicación que no se limitan a loar su Gobierno. Por desgracia, la impunidad en el asesinato de periodistas críticos con el poder es marca de la casa en la Rusia de Putin. El nuevo salto cualitativo es la muerte violenta de Daphe Caruana Galizia y Jan Kuciak, así como de la novia de este, Martina Kusnirova.

La UE debe presionar para que la investigación de estos crímenes cometidos en Estados miembro de la Unión llegue hasta el final. No debe contentarse con que se condene a los autores materiales de los asesinatos, ha de lograrse que se castigue a los cómplices e inspiradores últimos de los sangrientos delitos. Sobre todo si son políticos. El poderoso que se sabe impune puede repetir su crimen antes o después. Y la tentación de intentar acallar a la prensa independiente usando el terror estará siempre presente si no se acaba con ella de raíz.

Europa, con la excepción de Rusia, es un continente seguro para quienes se dedican a informar. Afortunadamente está muy lejos de las 11 víctimas mortales en México el año pasado, las 4 en Filipinas o 29 que suman entre Siria, Irak y Afganistán (siempre según los datos de Reporteros Sin Fronteras). Debe seguir siendo así, pero para que esto sea posible se debe impedir que la impunidad se instaure en ningún país del Viejo Continente donde todavía no está presente. Cada vez que se asesina a un periodista se atenta contra la libertad del resto de ciudadanos. La prensa libre es uno de los bastiones que tiene la sociedad para protegerse de los abusos del poder. Para que siga siendo así, la integridad física de sus profesionales debe estar garantizada.