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Asturias, Marinadela y las autonomías

Mientras todas las miradas se centran en lo que ha pasado en las elecciones andaluzas, escribiendo miles de análisis que dan por novedoso algo que ya advertimos por estos lares hace dos años, han pasado desapercibidos dos grandes artículos que definen a la perfección a la España de las autonomías.

En el primero se hace un completo retrato de Asturias. Principalmente de cómo las subvenciones al carbón y una cultura de resentimiento la ha hecho caer en decadencia.

Se habla de Asturias, del carbón y de su orografía, pero se podría eliminar esas referencias y quedaría un artículo que describiría perfectamente la situación en Cantabria, Galicia o cualquiera de las dos Castillas. Comunidades autónomas donde sus clases políticas hace décadas que basan sus promesas electorales en ver qué le sacan a Madrid (o a Europa), mientras que sus pobladores preparan a sus hijos lo mejor posible para que puedan ir a ganarse la vida fuera.

En el segundo artículo se describe algo similar, pero llevado al extremo y a un nivel más local. Un pueblo, Marinadela, una situación de pobreza que se intenta resolver vía socialismo y el proceso habitual de corrupción y decadencia según se va a acabando el dinero de los demás.

Pero más sorprendente que los artículos es la falta de reacción a ellos.

Por un lado, la izquierda hace como si no pasara nada. Hasta tal punto llega su ceguera que se permite realizar programas repulsivos donde reporteras se dedican a perseguir a un puñado de votantes de VOX en el mismo pueblo donde se está produciendo el enésimo fracaso del socialismo, sin hacer una sola referencia a ello.

Por otro lado, la derecha, en su simplismo habitual, ha dictaminado que todo lo que se describe en estos artículos se resuelve desde un centralismo idealizado e irreal. Ya sea llevado al extremo por VOX o en una versión más light de Ciudadanos y el nuevo PP de Pablo Casado.

Las alternativas están claras: no hacer nada y esperar que no se acabe el dinero o volver 30 años atrás esperando que todos los defectos que ya no recordamos no reaparezcan.

Y todo ello con el fantasma de que la propia España en su conjunto se convierta en un territorio en decadencia dentro de la Unión Europea en un futuro a medio plazo. Un sitio bonito al que ir veranear o jubilarse, y del que no quede más remedio que emigrar si se aspira a ganarse la vida fuera de lo público.

Por suerte estamos a las puertas de otro bonito año electoral, así que podremos olvidarnos de todo esto hasta 2020.