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Atesoramiento, consumo, inversión e interés

Un sector de economistas atribuye al atesoramiento del dinero buena parte de las causas de la pobreza. El dinero sale de la circulación, ni se consume ni se invierte, por lo que paraliza la movilización de los recursos reales. Si se lograra sacar al dinero de los baúles tanto el consumo como la inversión se incrementarían y con ellos el número de capitales que permitirían reducir los intereses.

Probablemente, el más radical expositor de estas ideas haya sido el economista alemán Silvio Gesell –al que Keynes calificaría años más tarde "el profeta indebidamente olvidado"– con su libro El Orden Económico Natural. En él defendía el proyecto de instaurar una "libremoneda" consistente en crear un dinero que no conservara su valor a lo largo del tiempo, sino que se degradara como el resto de bienes.

Gesell se quejaba de que los empresarios tenían que producir y acumular bienes que iban deteriorándose, mientras que el dinero podía ser atesorado sin que su valor disminuyera. En su opinión, esto otorgaba a los tenedores del dinero un enorme poder sobre los empresarios, ya que podían abstenerse de consumir para así forzarles a liquidar el inventario mediante reducciones de precios.

Para evitarlo, Gesell propuso que la libremoneda fuera perdiendo periódicamente su valor al devengar un tipo de interés negativo. De este modo, el dinero ya no podría atesorarse, sino que tendría que circular continuamente para aprovechar su valor remanente. Los empresarios venderían siempre todas sus mercancías con lo que los ciclos económicos desaparecerían y la acumulación de capital sería tan superlativa que superaría a su demanda, desapareciendo el tipo de interés.

Por muy bonito que pueda parecer, el proyecto de Gesell atenta contra la función esencial misma del dinero que, como ya vimos, consiste en saldar las posiciones acreedoras netas de todo proceso de intercambio mediante una reserva de valor que permita su rápida conversión futura en otros bienes.

Al eliminar el dinero como reserva de valor, el individuo debe aceptar cualquier otro bien en contraprestación por sus saldos acreedores (mayor oferta de bienes en el mercado que demanda actual), pero como esos otros bienes no existen (ya que en otro caso habría saldado sus posiciones acreedoras sin recurrir al dinero), la solución pasará por no intercambiar el exceso de oferta que motivó el saldo acreedor. Y en la medida en que esos bienes se hubieran producido con el único propósito de venderlos en el mercado, la consecuencia será paralizar su proceso productivo; lo que incluye la fabricación de todos los bienes de capital con los que se operaba.

Regresamos a una economía primitiva de trueque donde la colaboración humana se produce no de manera anticipada, sino como consecuencia de un acuerdo entre las partes donde se estipulen unos términos de intercambio que lo salden por completo. Toda especulación queda eliminada, pues el empresario no trata de prever qué desearán los consumidores, sino que espera a que le pidan producto y una cantidad concreta limitada por los bienes que necesite y estén en disposición de éstos.

Al restringir la especulación, los empresarios sólo podrán poseer rudimentarios bienes de capital muy poco específicos y que sean intercambiables entre los muy diversos pedidos que en cada momento pueden recibir.

Por último, dado que prácticamente toda la producción estará continuamente siendo consumida (ya que se ha producido según lo que se necesitaba en cada momento), el ahorro también desaparecerá. Sin ahorro no habrá préstamos y las pocas transacciones intertemporales que podrán realizarse consistirán en que un individuo produzca por encargo bienes en exceso de los que necesita ahora a cambio del compromiso de su restitución futura por la contraparte.

El exceso de la restitución futura con respecto a la entrega presente sería el tipo de interés del préstamo y su mínimo vendría determinado por la preferencia temporal. Pero dada la carestía de capitales ahorrados, muy pocos individuos tendrían acceso al crédito y sólo a tipos de interés prohibitivos.

Sin dinero que permita atesorar el valor, por consiguiente, la división del trabajo, el intercambio y la inversión se esfuman. A diferencia de lo que creía Gesell, la posibilidad de atesorar el dinero no disminuye ni el consumo ni la inversión y tampoco eleva los tipos de interés.

Sin dinero, el consumo se reduce con la menor producción derivada de unos intercambios limitados a la satisfacción de las necesidades inmediatas. La inversión se limita a bienes de capital muy básicos capaces de atender una demanda polivalente. Y la ausencia de capitales ahorrados (que se correspondían con el exceso de producción global que se venía saldando con el dinero y que ha sido eliminado) sólo lograr elevar los tipos de interés de los pocos préstamos que se terminaran concediendo en especie.

El dinero como depósito de valor, como refugio frente a los malos empresarios, es un requisito de la división del trabajo y del capitalismo. No es de extrañar que tantos socialistas como Gesell estén empeñados en cargárselo.