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Balmes y el marginalismo en España

Este año se celebra el bicentenario del nacimiento de Jaime Balmes, sacerdote y filósofo catalán que también participó activamente en la discusión política durante el reinado de Isabel II. Balmes tuvo una vida breve, muriendo muy joven para nuestro tiempo (38 años). Es verdad que en su época era menos excepcional, y además se compensaría con una cierta precocidad intelectual (comenzó a estudiar Teología con 15 años) y una copiosa producción literaria: en menos de diez años redactó los libros que en sus obras completas abarcan 33 volúmenes.

De manera que voy a aprovechar esta efeméride para sintetizar una comunicación sobre Balmes que presenté el año pasado en el II Congreso de Economía Austríaca; lo que también me sirve de recordatorio para animarles a participar y/o asistir a la III Convocatoria que se celebrará el próximo mes de abril en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

En su conocido manual de Historia de las Doctrinas Económicas, el profesor Lucas Beltrán escribió un brevísimo epígrafe (dos páginas) titulado Un precedente español: Balmes, a propósito de su capítulo sobre el Marginalismo. Beltrán señala que, “aunque sería exagerado llamar a Balmes economista”, en su artículo “la idea de la utilidad marginal se dibuja con suficiente precisión”. Por su parte, en los Nuevos estudios de economía política, Jesús Huerta de Soto hace también una alusión al citado artículo de Balmes, explicando cómo este autor “tomista” fue “capaz de resolver la paradoja del valor y enunciar muy claramente la teoría de la utilidad marginal veintisiete años antes que el propio Carl Menger”.

Así que me parece interesante explicar algo más sobre esas referencias al artículo de Balmes titulado Verdadera idea del valor, que publicó en 1844, siendo que -como sabemos- los trabajos que inician el pensamiento marginalista se datan en 1854 (Gossen) o ya en 1871 (Menger-Jevons). Más allá de buscar una imposible conexión entre el político/filósofo español y estos economistas europeos, sí podemos analizar con algún detalle los orígenes de la aportación balmesiana.

Como quiera que se trata de un argumento ya bien conocido por nuestros lectores, no voy a insistir más en las importantísimas contribuciones de Marjorie Grice-Hutchinson para demostrar cómo los escolásticos españoles del XVI y XVII atisbaron una teoría del valor basada en la utilidad, la escasez y la elección subjetiva. Aquellos doctores, que escribieron al tiempo de la inflación provocada por la plata americana, se dieron cuenta de que el exceso de metal precioso disminuía su valor, encareciendo por el contrario el precio de las mercancías. De manera que tuvieron muy claro que el trabajo, como erróneamente se comenzó a pensar a partir de Adam Smith y -sobre todo- David Ricardo, tenía un peso menor en la determinación del valor de los bienes. Lo cual ratificaron definitivamente los llamados autores de la “revolución marginalista” de finales del siglo XIX; y así ha quedado asentado en la teoría económica, hasta nuestros días.

El pensamiento económico de la Escuela de Salamanca se mantuvo con fuerza en las universidades españolas hasta el siglo XVIII, cuando comenzó a declinar. Sin embargo, las doctrinas escolásticas pudieron seguir explicándose con mayor o menor continuidad a lo largo del XIX y no es de extrañar -por tanto- que Balmes conociera el pensamiento tomista en la Universidad de Cervera, donde sabemos que estudió. Por otra parte, como él mismo relata, tuvo experiencia directa de crisis económica y alteraciones en los precios durante algunos episodios de las Guerras Carlistas en Cataluña.

Leemos en su artículo que “el valor de una cosa es su utilidad. Entiendo aquí por utilidad la aptitud de la cosa para satisfacer nuestras necesidades”. Y avisa de que “en este punto, el error fundamental está en confundir el coste con el valor… ideas que a veces andan en proporción, a veces en suma discrepancia”. Pero se sorprende de que tales errores se mantengan en el ámbito intelectual, cuando el sentido común demuestra claramente la experiencia que todos tenemos de “cosas que cuestan mucho trabajo, y no valen nada”. Lo cual no se opone a que, en algunos casos, “el coste del trabajo contribuya al aumento del valor de la cosa; pero es accidental y nunca depende de aquí el verdadero valor de ella”. Porque la conclusión de Balmes será que “la medida única del valor de una cosa es la utilidad que proporciona”.

No está de más, por todo ello, destacar la perspicacia de nuestro filósofo catalán, en una lógica coherencia con el pensamiento de los doctores de Salamanca. Como señalaba, por ejemplo, Luis de Molina: “Debe observarse, en primer lugar, que el precio se considera justo o injusto no en base a la naturaleza de las cosas consideradas en sí mismas, sino en cuanto sirven a la utilidad humana”.