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Capitalismo y religión cristiana

El pasado Viernes Santo apareció un artículo, en Religión en Libertad, titulado: “Jesús no murió por Dios, murió por denunciar a los opresores del pueblo”, del  sacerdote Faustino Vilabrille, en el que, entre otras, hace manifestaciones como:

Jesús no murió por Dios, porque a Dios no le hacía falta para nada la muerte de su Hijo. Jesús murió por su compromiso con el pueblo, murió por denunciar a los opresores del pueblo, tanto políticos, como sobre todo religiosos oficiales “que ataban cargas pesadas, y las echaban a las espaldas de la gente sin arrimar ni un dedo para ayudar a llevarlas” (ver Mateo 23,4) (…) ¿Dónde está hoy Viernes Santo? Hoy Viernes Santo está en África, en Jesús crucificado en los empobrecidos de Sudán del Sur, en Burundi y Malaui, cuyos habitantes no disponen ni de 1 euro al día; está en Sierra Leona, en República Centroafricana, en Mozambique, en Madagascar, en R.D. del Congo, en Níger o en Liberia, donde no disponen ni de 2 euros al día. Son los 10 países más empobrecidos de África que suman 217 millones de habitantes (…). La muerte de Jesús no fue un acto de expiación a Dios por los pecados de los hombres, ni un acto de devoción, ni de ofrenda sacrificial. El Dios verdadero no puede necesitar ni exigir esas cosas a nadie, ni menos a su propio Hijo.

Al margen de consideraciones cristológicas, en las que no vamos a entrar, el tono general de dicho artículo, lo que dice y lo que omite, nos sirve como excusa para recordar, una vez más, que atendiendo a los fundamentos éticos y morales de la doctrina establecida por Jesucristo, y mantenida por la Tradición en el seno de su Iglesia, parece indiscutible que el capitalismo, como sistema económico basado en la libertad individual, la propiedad privada y el mercado, es superior a los modelos que pretenden socializar los medios de producción, siendo, capitalismo liberal y socialismo, hasta la fecha, y con todas las matizaciones, puntos intermedios y edulcoraciones que se quieran, los dos modelos fundamental que están, aún hoy, sobre la mesa. Y ello por cuanto:

1.- Es cierto que la Iglesia no propone ningún modelo económico-social como preferible en abstracto y a priori, y se limita a dar las pautas orientativas e indispensables que, a su juicio, no deben olvidarse a la hora de valorar las distintas opciones. En efecto, como señala la encíclica Centesimus Annus (CA):

43. La Iglesia no tiene modelos para proponer. Los modelos reales y verdaderamente eficaces pueden nacer solamente de las diversas situaciones históricas, gracias al esfuerzo de todos los responsables que afronten los problemas concretos en todos sus aspectos sociales, económicos, políticos y culturales que se relacionan entre sí. Para este objetivo la Iglesia ofrece, como orientación ideal e indispensable, la propia doctrina social (CA, 43).

2.- Ello no obstante, no hace falta entrar en grandes disquisiciones dogmáticas para entender que, desde un punto de vista cristiano, se preferirá, como éticamente superior, aquel sistema económico-social que mejor contribuya al progreso humano, tanto desde un punto de vista político (facilitando relaciones humanas que se basen y permitan alcanzar cada vez mayor libertad, equidad y paz), como desde un punto de vista estrictamente técnico o económico (facilitando un mejor desarrollo de las fuerzas productivas que mejoren la calidad de vida de los individuos que viven en esa sociedad).

3.- En el caso de comparar el capitalismo con el socialismo en los términos señalados más arriba, el capitalismo sale claramente vencedor si se parten de los presupuestos cristianos:

a) Basta analizar la historia del siglo XX (o la que llevamos de este siglo XXI) para constatar que los derechos humanos, el ejercicio de las libertades individuales y  la posibilidad de ejercitar libertades democráticas y políticas son gravemente entorpecidos en sociedades con estructura económica socialista, en los que todo está subordinado a una jerarquía administrativa única, en el que las que no existen procesos de rotación de las élites, y en los que la libertad individual brilla por su ausencia. Así, la propia CA, basándose en encíclicas anteriores, señala el error de carácter antropológico del socialismo y sus consecuencias para la dignidad de la persona:

Ahondando ahora en esta reflexión y haciendo referencia a lo que ya se ha dicho en las encíclicas Laborem exercens y Sollicitudo rei socialis, hay que añadir aquí que el error fundamental del socialismo es de carácter antropológico. (…) De esta errónea concepción de la persona provienen la distorsión del derecho, que define el ámbito del ejercicio de la libertad, y la oposición a la propiedad privada. El hombre, en efecto, cuando carece de algo que pueda llamar «suyo» y no tiene posibilidad de ganar para vivir por su propia iniciativa, pasa a depender de la máquina social y de quienes la controlan, lo cual le crea dificultades mayores para reconocer su dignidad de persona y entorpece su camino para la constitución de una auténtica comunidad humana. (…)

Según la Rerum novarum y la doctrina social de la Iglesia, la socialidad del hombre no se agota en el Estado, sino que se realiza en diversos grupos intermedios, comenzando por la familia y siguiendo por los grupos económicos, sociales, políticos y culturales, los cuales, como provienen de la misma naturaleza humana, tienen su propia autonomía, sin salirse del ámbito del bien común. Es a esto a lo que he llamado «subjetividad de la sociedad» la cual, junto con la subjetividad del individuo, ha sido anulada por el socialismo real (CA, 13).

b) En cuanto a los resultados económicos de uno u otro modelo, y aunque muchos se escuden en la dificultad de medir la “eficiencia” estrictamente económica, abstrayendo diferencias que obedezcan a otros condicionantes (humanos, geográficos, históricos, culturales o sociales), el diferente desempeño económico de las dos Alemanias o de las dos Coreas, durante el siglo XX, partiendo de situaciones similares, es suficientemente elocuente. La explicación teórica de los motivos de esas diferencias ha sido expuesta infinidad de veces a lo largo del siglo XX desde, entre otros, el libro Socialismo de Mises, de la década de los 20 del siglo pasado, como para que algunos afirmen, todavía, que esas diferencias obedecen a la casualidad, o a una mala aplicación de los principios marxistas. En línea con lo anterior, la propia Centesimus Annus remarca, en el punto 41, que:

“(…) la experiencia histórica de los países socialistas ha demostrado tristemente que el colectivismo no acaba con la alienación, sino que más bien la incrementa, al añadirle la penuria de las cosas necesarias y la ineficacia económica.

4.- Pero es que, además, la DSI critica al marxismo no sólo por el fracaso económico, político y social de los países que adoptaron sus postulados como base de su modelo de organización social, sino por sus propias bases teóricas, por el error antropológico al que nos referíamos antes (CA, 13), y por la consiguiente equivocada concepción de la alienación:

El marxismo ha criticado las sociedades burguesas y capitalistas, reprochándoles la mercantilización y la alienación de la existencia humana. Ciertamente, este reproche está basado sobre una concepción equivocada e  inadecuada de la alienación, según la cual ésta depende únicamente de la esfera de las relaciones de producción y propiedad, esto es, atribuyéndole un fundamento materialista y negando, además, la legitimidad y la positividad de las relaciones de mercado incluso en su propio ámbito (CA, 41).

5.- Así, la propia DSI, es categórica: de nuevo en la encíclica Centesimus Annus señala expresamente que si por “capitalismo” se entiende “un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía”, en el que la libertad, en el ámbito económico, “esté encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso”, el citado sistema capitalista es claramente vencedor y preferible, para la citada DSI, al socialismo marxista (punto 42), sin perjuicio de las “indicaciones”, “matizaciones” u “orientaciones” que la propia DSI hace para que con la implementación de aquél sistema -el capitalista- se persiga la mejor aplicación de los fundamentos éticos y morales predicados por Jesucristo.

6.- Todo lo anterior no quita para que en el seno del modelo capitalista también pueden producirse situaciones, injustas y moralmente reprobables desde un punto de vista cristiano, que impidan el natural desarrollo y mejora paulatina y constante de las condiciones económicas de todas las personas, si los comportamientos de sus miembros, aun respetando el marco institucional de ese modelo, no están a la altura de las exigencias éticas y morales -ahí es donde debe estar el papel de la Iglesia fundamentalmente- derivadas de la predicación de Jesucristo.

De hecho, dichas situaciones cristianamente reprobables en el seno del modelo capitalista nada tiene ver con el modelo de organización social en sí, sino con la forma en que los individuos hacen uso de la libertad que les ha dado su Creador (tan poco preocupada por la justicia y la moralidad puede ser la actuación del directivo de una empresa privada como la del burócrata de una empresa o institución pública, con el inconveniente de que la del segundo suele tener muchas peores consecuencias). Una libertad, recordemos, que algunos, basándose en las enseñanzas de El Hijo de ese Creador, pretenden hurtarnos, quizás porque se creen más sabios que Aquél que nos la dio, y aunque sea para abocarnos a una verdadera “alienación”, falta absoluta de libertad individual y a la ruina sin solución.

A la vista de lo anterior, entiendo que la labor de todos aquéllos preocupados por los pobres y los oprimidos, desde la perspectiva de la Buena Nueva del Evangelio, y entre ellos también los liberales cristianos, deberá centrarse en fomentar un comportamiento individual basado en el Mensaje de Jesus y su Evangelio, en el seno de un cada vez mejor sistema económico capitalista liberal, que es el único que, a día de hoy, facilita la libertad y subjetividad del individuo, y un desarrollo material que vaya liberando cada vez más al hombre de las servidumbres materiales impuestas por la naturaleza. Aunque no lo diga expresamente, entiendo que debería ser también la postura de don Faustino.