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Carriles bici norcoreanos

Si alguien tiene interés en conocer la forma de vivir de los habitantes de Corea del Norte, puede bucear por internet y ver algunas de las fotos que un puñado de valientes ha conseguido sacar en aquel país (y de aquel país). Hay un tipo de instantáneas que me llama mucho la atención, pues de alguna manera define el régimen que sufren, y son las que nos muestran unas enormes, anchas y solitarias autopistas que conectan los puntos clave del país. En las fotos, las vías aparecen sin apenas coches, aunque tengan hasta tres o cuatro carriles de anchura, lo que puede parecer, y de hecho lo es, un derroche de recursos. Dichas autopistas tienen dos funciones básicas. La primera de ellas, llevar rápidamente a los pocos usuarios que usan coche y que suelen ser los que ostentan el poder, incluyendo por supuesto a su gran timonel, Kim Jong-un. La segunda, quizá más importante para el futuro del régimen, es permitir que las tropas del ejército puedan desplazarse rápidamente allá donde se las necesita. Los ciudadanos normales, los que no pertenecen al partido único, suelen usar el transporte público o las bicicletas.

En Madrid, los que ahora ostentan el poder en el Ayuntamiento, pero también los que lo ostentaron en legislaturas pasadas, tomaron la decisión de que había que desterrar los malos humos de la capital del reino y que los coches aportaban gran parte de ellos, así que, no sé si fijándose en el modelo norcoreano o en el que hay en los Países Bajos, donde también es muy habitual el uso de las bicicletas, optaron por fomentar su uso, dentro de una política más general ligada a la vida sana y al medioambiente limpio.

Al tirar de presupuesto público, es decir, del dinero de los contribuyentes, llenaron Madrid de carriles para bicicletas, quitando así espacio para automóviles y peatones, que ahora tienen  que cuidarse de que un loco montado en un biciclo a velocidades inauditas no impacte con ellos, o de no meterse en su carril que, precisamente porque no están muy transitados, suelen no verse demasiado bien. La bicicleta es una herramienta estupenda para el que quiere hacer ejercicio, disfrutar del ocio y, en una ciudad no excesivamente grande o relativamente plana, como lo son la mayoría de las ciudades holandesas, un aceptable medio de transporte. Para otros casos, como el de Madrid, ciudad llena de cuestas y demasiado grande, es mucho más eficiente el automóvil, ya sea privado, colectivo o compartido. Precisamente, la bicicleta es un método de transporte más apropiado para países económicamente pobres: tal es el caso de la China de la Revolución Cultural, donde se popularizó, o de Corea del Norte. En ambos casos, la compra de una bicicleta está al alcance de salarios bajos.

En Madrid, ciudad donde vivo, da pena ver los carriles bici diseñados, implementados y pagados por el Ayuntamiento, totalmente vacíos. Algunas veces permanecen tan vacíos que parecen haber sido diseñados en Corea del Norte y ser hermanos delgados de sus autopistas. Precisamente durante los últimos días de enero y los primeros de febrero, han estado asfaltando el tramo de la calle Toledo que va de la Puerta de Toledo a la Glorieta de las Pirámides, y han aprovechado para reordenar el tráfico en la zona. Así, lo que antes era una amplia avenida con tres carriles para los coches en cada sentido, se ha quedado reducido a dos carriles para coches en cada sentido y uno para bicicletas situado en el lado izquierdo, con lo que se ve dificultado el giro a la derecha del ciclista, con el peligro que ello conlleva para su integridad.

 El carril de las bicicletas permanece vacío, mientras que en momentos de afluencia de tráfico, los coches se apiñan, circulando más lentamente y contaminando más. Todo lo contrario de lo que se pretende.

Manuela Carmena, actual alcaldesa de Madrid, Ana Botella, la anterior y, sobre todo, Alberto Ruiz-Gallardón son, además de políticos, ingenieros sociales. No se limitan a gestionar algunos asuntos públicos con el presupuesto más reducido posible, buscando eficiencia y calidad en los servicios prestados, sino que buscan satisfacer grandes metas, cambiar hábitos, enseñar ética y corregir morales extraviadas, sin importar el coste y las consecuencias, por lo que el ciudadano debe aguantar cambios, financiar los proyectos, votarles para legitimarles y, una vez hecho esto, callar o asentir, pues para eso se han convertido en representantes de los ciudadanos, del pueblo, de la gente.

La extrema izquierda, que gobierna ahora en Madrid con el apoyo de los socialistas, ha decidido desterrar el coche del centro de Madrid y, para ello, se ha buscado el mito de la vida sana y de un supuesto nivel de contaminación que hace insoportable la vida en la ciudad. Esta medida terminará por convertir el centro en una trampa para los que allí viven, propiciando que se vayan aquellos que se lo puedan permitir, generalmente el que tiene suficientes ahorros para buscar otro lugar donde vivir con más libertad. Los que no se lo puedan permitir tendrán que aguantar los efectos colaterales de la ingeniería social y, por lo general, no son agradables. La vida sana, el uso de la bicicleta, la reducción de la contaminación o cualquier otra razón que esgriman son excusas perfectas para estas políticas.