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Cine nada liberal: el fin del mundo estaba cerca, pero no llegó

En 1968, un conjunto de personalidades de diferentes disciplinas se reunieron para analizar un mundo revuelto, un mundo en plena crisis económica y moral. El Club de Roma fue una iniciativa que pretendía entender por qué Occidente estaba en quiebra, por qué había que rendirse ante un nuevo orden mundial en el que avanzaba el intervencionismo, un nuevo orden mundial donde el comunismo del bloque del Este era una opción, como poco, tan válida como el decadente capitalismo.

Inmerso en esta pesimista visión, el Club encargó a Donella H. Meadows, Dennis L. Meadows, Jørgen Randers, and William W. Behrens III la realización y publicación de un informe que se titularía “Los límites del crecimiento” y que vio la luz en 1972. El agotamiento de los recursos, la destrucción del medio ambiente, el exceso de población, el hambre, la guerra y la crisis económica fueron algunos de los asuntos que abordó. Pero estos problemas, ficticios o reales, ya venían teniendo su sitio en la industria cinematográfica que buscaba nuevos temas con los que llenar las salas.

Nunca he tenido muy claro si el cine refleja la sociedad o la sociedad busca modelos en el cine y en general en las artes y en la actividad presuntamente intelectual, o ambas cosas a la vez. De cualquier manera, la década de los 70 fue una época de derrota, una época en la que Occidente estuvo a punto de tirar la toalla. El final de los años 60 y la década de los 70 quedaron reflejados en un conjunto de películas que mostraban este fututo pesimista, la inevitable catástrofe que se avecinaba.

Que el ser humano sea como un virus para la Tierra no es un mensaje novedoso. Los humanos han jugado a ser Dios demasiadas veces en la ficción cinematográfica y como obstinados pecadores han sido castigados por su arrogancia en multitud de ocasiones. En una de las escenas más famosas de “El Planeta de los Simios” (Planet of the apes, 1968), el coronel George Taylor (Charlton Heston) maldecía a los pies de los restos de la Estatua de la Libertad a una humanidad que había destruido la Tierra a la que él había vuelto siglos después. El resto de las películas de la saga pretendieron, con escasa calidad argumental, explicar cómo el hombre era capaz de destruirse a sí mismo y encumbrar al simio a la punta del la pirámide evolutiva.

No fue el único caso. En el entorno de la Guerra Fría, la guerra bacteriológica había reducido aparentemente la humanidad a un único hombre, de nuevo Charlton Heston, en “El último hombre vivo” (The Omega Man, 1971) y a un montón de seres que parecían vampiros. Basado en un relato de Richard Matheson, “Soy Leyenda” (ya tiene tres versiones este cuento, Vicent Price, Charlton Heston y Will Smith) mostraba de nuevo a una humanidad dispuesta a autodestruirse, pagando su crimen con la desaparición o la mutación. Burt Lancaster, Sophia Loren, Richard Harris y Ava Gadner lo tenían complicado en un tren infectado por un virus mortal que no debía bajo ninguna circunstancia afectar al resto del planeta en “El puente de Cassandra” (The Cassandra Crossing, 1976). El contubernio entre los militares, locos por usar la violencia, y los científicos, jugando a ser el doctor Frankenstein, ha dado grandes momentos al cine conspirativo, pero también ha ayudado a las causas antiliberales.

La escasez de los recursos, su agotamiento y sus consecuencias es otro de los temas propios de las películas de los años 70. Quizá la más famosa sea la saga de Mad Max que empezó en 1979: un mundo donde la falta de petróleo había generado una sociedad loca, violenta, incapaz de sobrevivir cohesionada, de salvaguardar las instituciones que había creado durante siglos, incapaz de buscar alternativas a la falta del oro negro, dominada por mafias violentas que lógicamente disfrutan de la poca gasolina que parecía quedar en carreras y persecuciones destinadas al espectáculo. Está claro que el último mensaje sería: el libre mercado y el capitalismo no es válido pues nos ha conducido a la competencia salvaje, la del más fuerte.

En esta línea, “Cuando el destino nos alcance” (Soylent Green, 1974) nos mostraba un Nueva York superpoblado con una población desesperada, medio muerta de hambre que paradójicamente, no era capaz de huir a otros lugares donde prosperar. Ante tal situación, una empresa saca al mercado una nueva comida sintética (el soylent green que da nombre al título original) que solventaría la hambruna de los habitantes de la ciudad. El protagonista, el detective Thorm (de nuevo Charlton Heston) descubrirá que el nuevo alimento se hacía a base de los cuerpos de los humanos muertos. Curioso y sorprendente sistema de alimentación, desde luego muy poco económico y viable. La película, además de denunciar el problema de la superpoblación y la escasez de recursos, atacaba a la naturaleza de las empresas que buscaban el beneficio rápido, sin ningún tipo de escrúpulo.

Otro de los conceptos que manejaron los creativos fue el posible conflicto nuclear entre las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, que no sólo iba a dar películas de espionaje al estilo 007. En “Ultimátum a la Tierra” (The Day the Earth Stood Still, 1951) un extraterrestre nos avisaba en nombre de su especie (un tanto maternal y autoritaria) de las consecuencias de la carrera armamentística atómica (décadas después lo haría sobre el cambio climático, no sin antes iniciar un genocidio entre la humanidad). Unos años después, en 1959 se estreno “La hora final” (On the beach) que cuenta la lucha desesperada de los supervivientes del holocausto nuclear recluidos en Australia, esperando la muerte y visitando en un submarino una ciudad americana de la que surgen aparentes señales de vida.

En la película “Punto Límite” (Fail-safe, 1964) el presidente de los Estados Unidos, interpretado por Henry Fonda, daba su permiso para que los rusos bombardearan Nueva York tras un incidente en el que un avión americano sin control bombardeaba Moscú. El mismo argumento, el mismo año, pero desde una perspectiva más paródica y desenfadada se podía ver en la película “Teléfono rojo, volamos hacia Moscú” (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb) que rodara Stanley Kubrick. Tan mal estaba Occidente que no era capaz de defender a sus propios habitantes. Siniestra simetría en la que el presidente americano dejaba que mataran a sus compatriotas. El colofón a las películas con la apocalipsis atómica la tuvo “El día después” (The Day After, 1983) que si bien fue rodada para televisión, se llegó a estrenar en cine en España y mostraba el día después de un ataque nuclear contra una ciudad estadounidense.

Antes de “Avatar”, antes de “El día del mañana”, la conciencia ecologista, la destrucción de hábitat natural por parte del ser humano despiadado tenía cabida como idea central en “Naves silenciosas” (Silent Running, 1972) que mostraba una humanidad que tenía las últimas reservas de plantas y animales orbitando en torno a la Tierra. La ausencia de dinero y de voluntad política era la razón por la cual las autoridades decidían destruir estas naves orbitales. El protagonista humano, Freeman Lowell (Bruce Dern) y unos cuantos robots (antepasados probablemente de R2D2), seguramente con más conciencia que el despreciable humano medio, se rebelaban y luchaban por salvar las últimas plantas y animales de la Tierra que de manera melancólica se perdían en el espacio exterior.

Lo cierto es que el cine de los años 70 es un cine triste, donde el “happy end” propio de décadas anteriores queda relegado a unas pocas comedias, donde lo social se pone de moda, donde todo supuesta calidad pasa por una guion socialmente comprometido, una moralina final, si puede ser pesimista, y unos mensajes muy concretos. En la película de Sidney Pollack, “Danzad, danzad, malditos” (They Shoot Horses, Don't They?, 1969) el protagonista terminaba suicidándose tras, en plena Gran Depresión, participar en un concurso de baile en el que pretendía ganar un premio que le permitiera sobrevivir en un entorno hostil y deprimente. La relación que se crea entre Jane Fonda y Michael Sarrazin no es suficiente para que este último termine eligiendo la vía más fácil de escapar, pero la lucha no estaba de moda.

Los 70 es la época donde el policía pasa de héroe a villano, donde el sistema se muestra corrupto por su propia naturaleza, donde Charles Bronson, Clint Eastwood o Steve McQueen protagonizan personajes duros, ajenos a la ley, hartos de un mundo sin principios morales, que inician su propia caza del enemigo, una época donde el gánster se convierte en héroe cuya actividad delictiva es fruto, no de su codicia, sino de la sociedad que no ha sabido educarle adecuadamente, de unos principios morales conservadores, castrantes, desafortunados, egoístas que lógicamente deben ser cambiados. Principios morales en los que se empieza a apuntar, por ejemplo, a modelos “familiares” novedosos como el que crean los protagonistas de “Los aventureros del Lucky Lady” (Lucky Lady, 1975), Gene Hackman, Liza Minelly y Burt Reynolds, que en plena época de la Ley Seca terminaban formando un trío-matrimonio perfecto mientras realizan sus actividades ilegales (por otra parte, bastante liberales como el contrabando de alcohol).

No se confunda el lector. Casi todas las películas que antes he nombrado son grandes películas con grandes actuaciones de maravillosos actores y actrices. De la primera a la última, recomiendo su visionado, al menos una vez. Siempre me ha gustado el cine por sí mismo, no busco mensajes y si los veo es bastante posible que los ignore si me parecen irrelevantes o que los medite si me parecen más profundos y me da por ello. Pero me ha parecido interesante destacar que el cine que vemos es muchas veces reflejo de la época que le ha tocado vivir y sus fobias y filias son las fobias y filias de la gente, si el mercado es libre, o de los que lo manejan: políticos, productores y sindicatos de actores, si está subvencionado y se usa como herramienta de adoctrinamiento. Pero más allá de todo eso, el cine es un arte vivo e imprescindible para el que quiera entender una sociedad.