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Conciliando la teoría de las perspectivas de Kahneman con la economía austriaca

El psicólogo Daniel Kahneman ganó el premio Nobel de Economía en 2002 por su prospect theory o teoría de las perspectivas, para explicar las decisiones de los individuos. Como no podía ser de otra forma, Kahneman confiesa en su reciente libro Thinking, Fast and Slow que se quedó horrorizado al saber que los economistas utilizaban la teoría de la utilidad esperada para explicar las decisiones de los seres humanos, teoría que asume que el agente económico es racional, egoísta y que sus gustos no cambian. Este fue el punto de arranque que le llevó, junto al también psicólogo Amos Tversky, a estudiar el asunto para formular una teoría que explicara mejor la realidad observable.

En el presente artículo, se presenta brevemente dicha teoría, para a continuación analizar su compatibilidad con los postulados de la teoría económica austriaca.

El primer punto que se ha de tener en cuenta es metodológico. Kahneman y Tversky llegan a sus conclusiones aplicando el método científico, a partir de sus observaciones de la realidad. Como es bien sabido, este no es el punto de partida para la praxeología (que lo hace de un axioma), aunque el objetivo es el mismo: explicar las cosas que ocurren en el mundo. Esta divergencia metodológica hace tanto más importante analizar la posible coherencia entre ambas teorías.

La teoría de las perspectivas se apoya en tres principios, que reproduzco textualmente (traducción mía) del libro de Kahneman antes citado:

  1. La evaluación (de la decisión) es relativa a un punto de referencia neutral, que a veces se denomina “nivel de adaptación”. Para resultados financieros, el punto de referencia habitual es el statu quo, pero puede ser también el resultado esperado. Resultados mejores que el punto de referencia se consideran ganancias; por debajo del punto de referencia, son pérdidas.
  2. La sensibilidad decreciente aplica tanto a las dimensiones sensoriales como a la evaluación de cambios en la riqueza.
  3. Aversión a las pérdidas. Cuando se comparan directamente con las ganancias, las pérdidas parecen mayores.

¿Son coherentes los principios anteriores con lo que nos enseña la praxeología? ¿Son predecibles con dicha metodología? Recordemos la praxeología explica la toma de decisiones básicamente a partir de las jerarquías individuales de preferencias, que a su vez dan lugar a la teoría del valor. Como sabemos, una de las consecuencias directas de la existencia de tales jerarquías es el principio de la utilidad marginal decreciente, por el que cada unidad adicional de un bien homogéneo tiene menos valor que la precedente para el individuo, puesto que se va a usar para cubrir una necesidad de menor rango.

Así pues, es inmediato afirmar la coherencia con el principio 2 de la teoría de las perspectivas, pues en el fondo dicho principio no es más que una formulación alternativa del principio de la utilidad marginal decreciente. Al que, no se olvide, Kahneman llega a partir de la observación de la realidad, no desde el axioma de que “El hombre actúa”.

El principio 1 antes citado constituye, en la misma línea, un corolario del principio de la utilidad marginal decreciente. En efecto, lo que dice Kahneman es que en nuestras decisiones influye el punto de partida, lo que ya tengamos al tomar la decisión. Aunque parezca obvio, Kahneman explica que la teoría superada (la de Bernouilli) y aceptada durante 300 años, no tenía el punto de partida en consideración. Para Bernouilli, el valor de una manzana adicional era igual para la persona que no tiene que comer, que para el que tiene un huerto de manzanas. Para Kahneman, esto dejar de ser así, como nunca lo había sido para los economistas austriacos.

Lógicamente, el principio de la utilidad marginal decreciente nos lleva de forma inmediata a considerar que el punto de referencia es fundamental para la decisión, porque el valor de cada unidad adicional de un bien depende de las que ya tengamos. Así pues, también es perfectamente conciliable el principio 1 de la teoría de las perspectivas con la teoría económica austriaca. Pero, una vez más, recuérdese que Kahneman llega a su enunciación desde la observación de la realidad, mientras que para el economista austriaco se deduce a priori.

Nos queda el tercer principio, referido a la aversión a las pérdidas. En términos de bienes, creo que de nuevo vuelve a ser coherente con el principio de la utilidad marginal decreciente: el valor de la unidad adicional (la ganancia) es siempre inferior al de la unidad perdida, por lo que se podría explicar de esta forma la aversión a la pérdida.

Pero creo que la aportación de Kahneman es más rica de a lo que podríamos llegar a través de la economía austriaca, pues es una aportación basada en la observación de la psicología.  Se entiende mejor cuando se comparan posibles decisiones en términos de riesgos: ¿Qué preferimos, 500 Euros o una probabilidad del 50% de ganar 1000 Euros? ¿Qué preferimos, que nos quiten 500 Euros o una probabilidad del 50% de que nos quiten 1000 Euros?

Kahneman comprueba empíricamente, que la mayor parte de la gente prefiere los 500 Euros en la primera pregunta, y que en cambio se suele preferir la opción de perder 1000 Euros en la segunda. Psicológicamente, los 500 Euros que seguro se pierden valen más que los 500 Euros que se ganan seguro, y por ello se prefiere jugar la opción de no perderlos, aún a riesgo de perder 1000.

En suma, la teoría de las perspectivas de Kahneman es compatible con la teoría económica austriaca, y dos de sus principios, si bien se han derivado de la observación empírica, son deducibles de la segunda, o sea, son a priori. Es en el principio de la aversión a la pérdida donde verdaderamente se produce  la aportación de Kahneman a la teoría de la decisión, en un principio puramente empírico derivado de la observación de las decisiones de los individuos.

Kahneman encuentra la explicación de este tercer principio en la historia evolutiva: aquellos organismos que dan prioridad a las amenazas  (pérdidas) sobre las oportunidades, tienen mayores posibilidades de sobrevivir y reproducirse.

La pregunta que surge ahora es: ¿cómo variarían los teoremas de la escuela económica austriaca si incorporáramos este tercer principio como axioma en nuestros razonamientos? Pero ello habrá de dejarse para mejor ocasión.