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Contrastes monumentales entre los EEUU y Europa

Todo aquel que haya hecho un poco de turismo cultural en cualquier país de Europa, incluida por supuesto España, sabe cuál es el edificio no religioso más destacado en la mayoría de las ciudades o pueblos: el Ayuntamiento, con las distintas denominaciones que en cada país o comarca tal edificio tenga (Casa Consistorial, Casa do Concello…). En las capitales suele haber otros edificios (civiles) más destacados, como los parlamentos o palacios y museos. Pero en cuanto baja un poco el tamaño de la ciudad, lo más probable es que el monumento (civil) más importante lo constituya el ya citado.

Esta situación contrasta con la de los pueblos y ciudades estadounidenses, especialmente en los Estados, por así decirlo, “colonizados” por los originales. En estos casos, es otro el edificio civil que ha permanecido como monumento más importante de la ciudad, como su landmark. Me refiero a la Courthouse, al juzgado. Cuando se atraviesan pueblos de Estados Unidos, y si es que hay algún edificio destacado, normalmente será la Courthouse, cuidada con orgullo por sus habitantes, que presumen de su antigüedad como si de unas ruinas romanas se tratara, aunque normalmente no llegan a los 200 años de existencia.

Esto ocurre no solo en pueblos y pequeñas ciudades, sino en capitales tan importantes como St. Louis, cuya antigua Courthouse es espectacular y constituye, con el Gateway Arch, su verdadero símbolo. Incluso en Nueva York, cuyo ayuntamiento es un buen mamotreto, queda éste pequeño, tanto en tamaño como en monumentalidad, al lado de los cercanos edificios de tribunales.

Si aceptamos una correlación entre la monumentalidad del edificio y la importancia que la función desplegada en él tiene para los ciudadanos residentes en el área, nos sale una lectura alegórica inmediata: para los individuos estadounidenses la función más importante es la justicia; para los europeos, la administrativa. Esta lectura tiene implicaciones directas sobre la valoración que en uno y otro caso se da a la libertad.

Es evidente que ninguna comunidad humana puede organizarse sin servicios de justicia. Incluso aunque se rechace la propiedad privada, e incluso aunque todos los individuos que la conformen sean buenísimas personas, surgirán conflictos entre ellos, no de mala fe, sino de interpretación de la realidad. Y será necesario algún mecanismo para que esa comunidad solucione el conflicto, que es lo que llamamos justicia.

Por tanto, es fácil imaginar a los pioneros americanos llegando a lugares “despoblados” (a efectos del pionero, claro, porque normalmente allí estaban los indígenas), instalándose y viéndose en la necesidad en breve tiempo de habilitar un espacio para la provisión de justicia entre los nuevos propietarios. Cuesta más imaginar que les pareciera importante habilitar una sede para que alguien decidiera por ellos a qué dedicar su propiedad, si a calles, a locales comerciales o a parques recreativos.

Y es que la libertad no solo es compatible con la justicia, sino que requiere de este tipo de servicios para su defensa. Por el contrario, los servicios administrativos de los ayuntamientos suelen ser en muchos casos contrarios a la libertad, y por tanto incompatibles con el espíritu pionero y emprendedor que tenían los habitantes de Estados Unidos.

En Europa, en cambio, las ciudades están dominadas por el Ayuntamiento (a nivel civil, insisto), no por los tribunales. El individuo europeo prefiere delegar más y más aspectos de su vida en entidades administrativas que, supuestamente, conocen mejor las necesidades del individuo que él mismo. No es de extrañar que el Alcalde sea una figura prominente, y que el Ayuntamiento se quiera transformar en símbolo de ese poder (paradigmático el ejemplo de la Casa de Correos en Madrid). No solo eso: el visitante observador podrá detectar entre las calles de cada ciudad un elevado número de inmuebles que corresponden a instancias administrativas de una u otra clase, prolongaciones del edificio del Ayuntamiento penetrando inmisericordemente en los ámbitos de libertad de cada ciudadano.

Esta es la alegoría: Courthouse vs. Ayuntamiento; Justica vs. Administración; Libertad vs. Estado. Cada Courthouse que se observe en un viaje por los Estados Unidos es un símbolo de la libertad que tenían los pioneros a los que allí se dio servicio de justicia; cada Ayuntamiento que se observe en una ciudad europea, supone en estos momentos un símbolo del triunfo del Estado sobre el individuo.

Desafortunadamente para los estadounidenses, su monumento empieza a quedar enterrado entre edificios corrientes pero de finalidad indudablemente administrativa. Y me temo que la alegoría expuesta sigue siendo válida para este revisado contexto urbano.