Usted está aquí

Cuando el Estado bloquea la innovación

La imprenta de tipos móviles, inventada por Johannes Gutenberg hacia 1440, revolucionó Europa. Permitió que los libros, antes bienes de lujo al alcance de unos pocos, pudieran empezar a producirse en masa y llegaran a las manos de la gente común. La innovación de Gutenberg fue clave para la llegada del Renacimiento, la difusión del conocimiento entre las masas y, en definitiva, el desarrollo del Viejo Continente. Sin embargo, en 1485, el sultán Bayezid II prohibió el uso de la imprenta en el Imperio Otomano por temor a que se propagaran nuevas ideas entre sus súbditos y se volvieran más difíciles de controlar. La prohibición duró al menos tres siglos. En consecuencia, en 1800 sólo un 2% de la población del Imperio Otomano estaba alfabetizada. En ocasiones los gobernantes bloquean la innovación para controlar mejor a sus gobernados.

La Revolución Industrial en Inglaterra y buena parte de Europa trajo consigo un gran número de innovaciones que permitieron que, como dijo el Nobel Robert Lucas, “por primera vez el nivel de vida de las masas y la gente común experimentara un crecimiento sostenido”. El telar industrial, la máquina de vapor o el ferrocarril permitieron la producción y distribución masiva de bienes para el hombre de a pie. Pero como en el caso anterior, el emperador Francisco I de Austria decidió prohibir las fábricas y la construcción de vías férreas en 1802. Hizo todo lo posible por frenar la innovación en su imperio por el simple miedo a un cambio de paradigma económico. Pasar de una economía agrícola a una industrial perjudicaba de forma notable a nobles y terratenientes, y lo último que el emperador quería es que esta élite, sobre la que el emperador sustentaba su poder, resultara perdedora. Así, la Revolución Industrial llegó con mucho retraso al Imperio Austriaco y su desarrollo siempre fue por detrás de las grandes potencias europeas. Los gobernantes, pues, también bloquean la innovación para evitar que los cambios perjudiquen a las élites o a los grupos de presión.

China fue el líder mundial en innovación durante la dinastía Song, entre los años 960 y 1279. En esta época se inventó la pólvora, el papel, el reloj, la brújula, la porcelana, la imprenta móvil y los altos hornos, entre otras tecnologías. Por aquel entonces, China era una de las economías más prósperas del mundo y el nivel de vida de los chinos era equiparable, o superior, al de los europeos. Pero las posteriores dinastías Ming y Qing intensificaron progresivamente el control del Estado sobre sus súbditos. El emperador Hongwu, que llegó al poder en 1368, decidió prohibir la navegación y el comercio internacional. El motivo: evitar la inestabilidad política que traía el comercio. Los Ming y Qing mantuvieron de forma intermitente la prohibición de la navegación privada durante siglos, llegando incluso a declarar ilegal la construcción de barcos en 1436. La economía china, cada vez más aislada y rígida, se fue quedando atrás, llegando al siglo XX como uno de los países más pobres del mundo. Y es que los gobernantes también bloquean la innovación para evitar poner en riesgo su poder político.

En un artículo anterior nos preguntábamos por qué unos países son más ricos y otros más pobres. Veíamos que una respuesta razonable nos la dan los economistas Daron Acemoglu y James A. Robinson en su libro Why Nations Fail. Estos autores afirman que en lo que hay que fijarse es en las instituciones. Los países con instituciones inclusivas, que garantizan los derechos de propiedad, la libertad individual y limitan el poder del gobernante, favorecen el ahorro, la inversión, la innovación y, en definitiva, el desarrollo económico. En otros países, por el contrario, en lugar de instituciones inclusivas se han instalado instituciones extractivas: unas élites, mediante el poder político, extraen rentas de la población, quebrantan su libertad, violan sus derechos de propiedad y se enriquecen a su costa. Los países con instituciones extractivas, dicen los autores, tienden a frenar su desarrollo económico y a perpetuarse en la pobreza.

Un aspecto en el que hacen mucho énfasis Acemoglu y Robinson, y que merece ser tratado en este artículo aparte, es el letal bloqueo de la innovación que, de forma recurrente, se tiende a promover desde las instituciones extractivas. El economista austriaco Joseph Schumpeter decía que la innovación es un proceso creador que impulsa el desarrollo económico, por el que nuevas ideas, descubrimientos o métodos productivos permiten una producción mayor, menos costosa o de nuevos productos. Pero también hacía énfasis en que tan importante es que surja lo nuevo como que se destruya lo viejo: la innovación también es un proceso de destrucción creativa. Acemoglu y Robinson hacen del concepto de destrucción creativa otro elemento central en su teoría sobre por qué fracasan los países.

El crecimiento económico, dicen los autores, “es un proceso transformador y desestabilizador asociado con una destrucción creativa generalizada. Por lo tanto, el movimiento solamente avanza si no queda bloqueado por los perdedores económicos, que prevén que perderán sus privilegios económicos, y por los perdedores políticos, que temen que se erosione su poder político”. Y añaden: “la élite, sobre todo cuando ve amenazado su poder político, forma una barrera enorme frente a la innovación”. Acemoglu y Robinson ilustran esta idea con los ejemplos con los que comienza este artículo. Y es que otra de las grandes causas de la pobreza han sido los propios gobernantes cuando han decidido bloquear la innovación para controlar mejor a sus súbditos, para beneficiar a las víctimas de la destrucción creativa o para no poner en riesgo su poder político. Bayezid II, Francisco I de Austria y los emperadores de la dinastía Ming y Qing tomaron la decisión de impedir el uso de innovaciones clave para su propio beneficio. Pero cuando el Estado bloquea la innovación, sea en el pasado o en pleno siglo XXI, con ello empobrece a los ciudadanos.