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Cuando la economía es un "juego de suma cero"

Como sabemos, la economía no es un juego de suma cero. La riqueza necesaria para alcanzar nuestro bienestar puede crearse y podemos ver mejoradas nuestras condiciones de vida sin que sea en perjuicio de otros. Sin embargo, esto, que es cierto para una sociedad libre, no lo es tanto para una sociedad dirigida.

La superestructura estatal gobernada sin los límites adecuados puede bloquear los mecanismos de producción generando entornos en los que la capacidad de creación de riqueza se reduzca drásticamente. Este es el caso de los gobiernos de corte socialista que, en función de su grado de intervencionismo, generan mayores o menores dificultades para la coordinación social, el aprovechamiento de las oportunidades de ganancia y el eficiente uso de los recursos.

La planificación central de la economía es incapaz de dar respuesta a la complejidad de la demanda de las sociedades modernas. Es también incapaz de alcanzar los niveles de producción necesarios, creando ámbitos maltusianos en los que los recursos existentes no son suficientes para alimentar a una población crecientemente numerosa. Los recursos son útiles a los fines de las personas gracias a la capacidad creativa de los ciudadanos. Estos, en un complejo proceso de prueba y error, y buscando su propio interés, descubren qué medios son los más adecuados para facilitar la coordinación social. Destruida esta acción creativa surgida del mercado, los recursos no podrán transformarse para dar respuesta a las cambiantes necesidades de las personas. Como si de una profecía autocumplida se tratase, el socialismo crea economías de suma cero, generando la falsa percepción de que es así como funciona toda economía y de que el reparto de la riqueza es necesario si no queremos que unos vivan a costa de otros.

Bajo el actual esquema legislativo que vivimos en España, esto es perfectamente perceptible. La creación de riqueza se ve constantemente entorpecida ya que el coste burocrático e impositivo con que el gobierno grava cualquier actividad económica es extraordinario. El error empresarial se paga muy caro y las ganancias, en caso de éxito, están fuertemente penalizadas. Ante la imposibilidad de autoemplearse, la gente percibe erróneamente que ellos tienen "poco" porque otros tienen "mucho", exigiendo en consecuencia un reparto de la riqueza que nos lleva, en un círculo vicioso, hacia entornos de juego de suma cero. Este hecho cobra especial trascendencia en el escenario actual de hiperintervencionismo estatal, ya que muchos jóvenes, ante la pauperización progresiva de la sociedad, viven una cultura ajena a la empresarialidad y son incapaces de intuir las innumerables oportunidades profesionales que disfrutarían en países con mayor libertad económica.

Podríamos por lo tanto afirmar que las economías fuertemente intervencionistas generan la percepción de que el reparto de la riqueza es necesario para que la población viva en unas condiciones dignas. Actúa limitando la acción humana, siendo paradójicamente esa limitación que la misma intervención crea la que lo alimenta ideológicamente. Esto le permite justificar posteriores y más intensas intervenciones sumiendo así a las sociedades en espirales empobrecedoras que en muchos casos llevan finalmente al colapso social y al hambre.

El socialismo crea culturas de dependencia e inhibe la función empresarial de las personas. Esta es su gran amenaza. Los problemas que genera son aparentes soluciones a problemas que ha creado previamente, estableciendo de esta forma un sencillo pero temible bucle que embauca fácilmente a una inconsciente parte de la población.