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¡Cuánto os lo agradecemos!

Gracias al riesgo de que nos multen puede que hayamos aprendido a llevar puesto el cinturón de seguridad en el coche, a no usar tanto el móvil mientras conducimos, a no ir tan rápido por las carreteras, a llevar casco o a llevar a los niños pequeños en los coches en sillitas especiales, y todo ello, seguramente, ha salvado más de una vida;  se ha ido prohibiendo, en muchos países, fumar en lugares públicos, y eso, seguramente, ha llevado a que la gente fume menos y a que quienes no fumamos tengamos que soportar menos humo, con los consiguientes beneficios para la salud de todos; se ha ido limitando el derecho a poseer armas de fuego, y eso, seguramente, ha reducido la mortalidad y las lesiones por causa de esas armas; se han limitado los pagos en efectivo y ello, seguramente, ha reducido el fraude fiscal con lo que los políticos tienen más dinero para gastar en “beneficio de todos”; existen leyes de prevención de riesgos laborales gracias a las cuales, seguramente, se han evitado accidentes en los lugares de trabajo; existen códigos técnicos de la edificación que obligan a cumplir unos requisitos mínimos de seguridad y salubridad de las viviendas que, seguramente, han contribuido a disminuir los riesgos de accidentes, incendios o derrumbes de edificios; existen prohibiciones de producción y comercio de drogas, y eso, seguramente, ha evitado que más de uno caiga en adicciones; existen leyes que obligan a la educación obligatoria hasta determinadas edades, y eso, seguramente, ha reducido el analfabetismo; dado que, según la Europol, el bitcoin es la “moneda de elección para gran parte del cibercrimen”, su prohibición -y la del resto de criptomonedas-, ayudaría, seguramente, a ponérselo más difícil a los criminales; la ONU parece haber descubierto que cambiar nuestros hábitos de comida tendría beneficios para el medio ambiente, así es que, si acaban obligándonos a ello por real decreto, puede que con ello realmente se mejoren las condiciones ambientales o se reduzcan o disminuyan la obesidad u otras enfermedades… Y así con un larguísimo etcétera.

Puede discutirse si las relaciones causa-efecto implícitas en las afirmaciones anteriores son correctas o no; si con ellas se están obviando -o no- otras consecuencias, nada deseables, de esas imposiciones; si los citados beneficios compensan los costes, etc. Pero, en el fondo, da igual. Aunque las afirmaciones fuesen totalmente ciertas, aunque no hubiese costes implícitos ni consecuencias negativas… el quid no está en discutir si la ONU tiene o no razón en sus teorías sobre “el cambio climático” y en su forma de enfrentarlo.  Puede que vivamos ahora muchísimo mejor, y, sobre todo, con muchísimos menos riesgos, gracias a que nos tratan como a niños esos mismos que tanto se preocupan de los derechos y de la “dignidad” de las personas. ¿Y qué? “La propiedad se respeta, los compromisos se cumplen, los daños se pagan”, y, en lo demás, que cada uno haga lo que quiera, viva como guste, y se incorpore libremente a los grupos -cada grupo con sus propias reglas- que quiera. Sólo cumpliéndose aquéllos tres principios -con esos y con ninguno más que con esos-, se reconoce y respeta nuestra dignidad. Lo demás no son sino imposiciones de arrogantes y prepotentes que se creen con más autoridad moral, más listos y mejores que nadie.